jueves, 7 de octubre de 2010

EDITORIAL DE "LA PRENSA" - HOMENAJE

VÍCTOR ANDRÉS BELAUNDE


Editorial de La Prensa, Lima 16 de Diciembre de 1966

Era tan extraordinaria la vitalidad de Víctor Andrés Belaunde que la noticia de su muerte, ocurrida en la víspera de su octogésimo tercer cumpleaños, aún se antoja difícil de creer. Horas antes había pronunciado en las Naciones Unidas un sabio y enérgico alegato en defensa de los poderes de la Asamblea General.

Los más fervorosos entusiasmos de sus dos últimas décadas de vida fueron dedicados por Belaunde a la organización mundial, en la que había representado al Perú desde la conferencia inaugural de San Francisco y en la que había presidido el Consejo de Seguridad, primero, y la Asamblea General, después. Su nombre está ligado a muchos debates esclarecedores e hitos importantes en la vida de las NU., y singularmente a la genuina universalidad de la organización, por haber sido Belaunde el gestor de la fórmula de arreglo que rompió el “impasse” que se oponía a la admisión de nuevos miembros.

Pero la figuración internacional de Víctor Andrés Belaunde no puede opacar su esencial significado peruanista, del que aquella fue la manifestación externa. “Peruanidad” fue precisamente el título de una de sus obras principales, contribución sañera a una filosofía de la historia del Perú.

El Perú fue también el personaje principal de sus libros “Meditaciones Peruanas” y “La Crisis Present”, colecciones de ensayos políticos y sociológicos; “La Realidad Nacional”, respuesta a los 7 ensayos de Mariátegui; “La Constitución Inicial del Perú”, y “Nuestra Cuestión con Chile”, exposiciones ambas de los derechos territoriales del país. Entre los muchos otros volúmenes de la copiosa bibliografía de Belaunde, no se pueden olvidar su biografía de “Bolívar”, sus intervenciones parlamentarias de la Constituyente de 1931 recogidas en “El Debate Constitucional”, su reciente libro sobre las Naciones Unidas y sus tan esperadas pero ya, por infortunio, inconclusas Memorias, de las que había alcanzado a publicar los dos volúmenes sobre la Arequipa de su infancia y sobre su juventud en la Universidad. Hay que mencionar también sus libros filosóficos, como “La Filosofía del Derecho”, y “El Cristo de la Fe y los Cristos Literarios” de honda raíz agustiniana. Hasta la víspera de su muerte, Belaunde hacía vigilia cada madrugada para leer devotamente algunas páginas de San Agustín.

La intervención de Belaunde en la vida pública peruana no se limitó a la diplomacia, en la que sirvió desde los 17 años hasta los 83, sin más interrupción que el curul y el exilio. Este le fue impuesto por la defensa que, como maestro universitario, hizo de los fueros del Poder Judicial. Se ha dicho ya que integró la Constituyente y habría que añadir que, como uno de los redactores del Anteproyecto y como miembro de la Comisión que lo dictaminó, estuvo entre los padres de la actual Constitución de la República.

Sólo a los 74 años, aunque en pleno vigor de su formidable salud física y espiritual, se le encomienda el Ministerio de Relaciones Exteriores al más eminente internacionalista del Perú. Él habría de sacrificar esa posición para que la misma justicia se hiciera, aunque también tardíamente, a otro ilustre postergado, Raúl Porras.

Maestro universitario de impar sabiduría, Víctor Andrés Belaunde fue Maestro también en la más difícil y noble de las enseñanzas: la de vivir a plenitud, con generosa entrega de sí mismo, al servicio de su país y de la humanidad.

miércoles, 6 de octubre de 2010

DISCURSO DEL DOCTOR ANDRÉS TOWNSEND ESCURRA

Homenaje del Parlamento
DISCURSO DEL DOCTOR ANDRÉS TOWNSEND ESCURRA, DIPUTADO POR LAMBAYEQUE, EN HOMENAJE AL DR. VÍCTOR ANDRÉS BELAUNDE
Sesión del 15 de Diciembre de 1966

El señor TOWNSEND EZCURRA.-
Señor Presidente:
En nombre de la Célula Parlamentaria Aprista quiero asociarme al homenaje que esta mañana se tributa a la memoria del que fuera en vida don Víctor Andrés Belaunde Diez Canseco.

Lo hacemos desde la trinchera partidaria e ideológica de quienes tuvimos con el doctor Víctor Andrés Belaunde diferencias profundas; que lo combatimos y que fuimos combatidos por él. Pero en esta hora póstuma, de la reconsideración y del recuerdo, sólo cabe de nuestra parte, para esta figura descollante de las letras, de la política y de la diplomacia nacionales, nuestro sentido y profundo homenaje.

Víctor Andrés Belaunde perteneció a una generación por muchos títulos, notable en la historia del país y es el último que se extingue de esa promoción humana que contó entre sus valores sobresalientes a José de la Riva Agüero, a Francisco y a Ventura García Calderón, a José Gálvez y a tantos otros.

Víctor Andrés Belaunde identificó su destino y su vocación con los problemas del Perú: desde su ingreso temprano al servicio del Ministerio de Relaciones Exteriores, hasta su culminación patriarcal y patricia de la noche de ayer, ejerciendo la Representación del Perú ante las Naciones Unidas, cargo que le correspondió desempeñar con breve interregno, desde el nacimiento de la Organización.

Belaunde fue un intelectual proteico, fecundo, laborioso e imaginativo como pocos en la historia contemporánea del país. Entregó su preocupación intelectual a los más diversos quehaceres. Fue habilísimo diplomático, eximio orador de escuela clásica, polemista, tribuno parlamentario, ensayista, místico en sus momentos supremos de interés por los problemas trascedentes del hombre, hombre cordial, peruano enterizo en todas sus cualidades.

Víctor Andrés Belaunde tuvo un puesto como representante por Arequipa en este mismo hemiciclo y tomó parte de las deliberaciones históricas que culminaron en la redacción de la Carta Constitucional de 1933, sabio instrumento que todavía nos rige. Belaunde manifestó su preocupación por incorporar a esta Carta nuevos dispositivos adecuados para resolver problemas del estado moderno, tanto en lo social como en lo político. Realzó la importancia del Parlamento, y subrayó la necesidad de establecer un Consejo de Economía Nacional, coincidiendo con tesis que había postulado nuestro Partido durante la campaña electoral. Aportó en suma, el vasto repertorio de su erudición, de su conocimiento y de su ardido desvelo por los destinos del país en aquellos años fecundos y dramáticos del 31 al 33.

Víctor Andrés Belaunde tomó asiento en el sector de la derecha y tuvo frente a él, en los momentos cenitales del debate constitucional a las grandes figuras de nuestra primera Célula Parlamentaria Aprista. Entre las páginas más notables de la historia parlamentaria peruana, habrán de figurar siempre, con valor de antología, los debates que entonces protagonizaron Víctor Andrés Belaunde en nombre de un pensamiento tradicional y conservador del país, renovado por las proyecciones que le diera el autor de “La Realidad Nacional” y el pensamiento que irrumpía vigoroso, pujante y revolucionario del Apra, a través de Manuel Seoane, de Luis Alberto Sánchez, de Pedro Muñiz, de Manuel Arévalo, de toda aquella falange que debió dirimir posiciones y aclarar ideologías en el gran debate con Víctor Andrés Belaunde.

Yo sé bien, porque fui amigo de hombres de uno y otro bando, -en algunos, con cercanía de hermano-, en otros, con la amistad que me brindó en sus últimos años Víctor Andrés Belaunde, sé como estas figuras se respetaron y cómo alternaron con dignidad en el debate de las ideas y para mí, será siempre un hecho infortunado que Víctor Andrés Belaunde a partir de 1933, cuando definió una figura de ideólogo, no continuara esta trayectoria política y no diera a nuestra derecha peruana, lo que tanto tiempo ha venido necesitando, es decir una creación ideológica, un programa, una norma política. La ausencia de un creador y de un estilista de las ideas al modo de Víctor Andrés Belaunde, cooperó a que la tendencia tradicional y conservadora de nuestro país buscara los caminos de la fuerza y no se interesara por darse, como lo intentó Belaunde en 1930, la norma y la disciplina ideológicas que tanto necesitaba el país para bien de ese grupo y para bien de los grupos que se le oponían.

Debo recordar como Parlamentario que el doctor Víctor Andrés Belaunde tuvo aquí, en esta Cámara, una actitud valerosa y enérgica de solidaridad con los Diputados Apristas, cuando estos fueron extraídos violentamente por el régimen dictatorial iniciado a partir del 15 de febrero de 1931, y que entonces, como a lo largo del debate constitucional, don Víctor Andrés Belaunde levantó su voz en defensa de los fueros parlamentarios brutalmente atropellados.

Fue otro después el cauce de su vida. Volvió a sus primeras inquietudes de la diplomacia, sirvió al país con singular nombradía y alcanzó lo que debe considerarse la cina y culminación de una carrera, como fue la Presidencia de la Asamblea de las Naciones Unidas en 1959. Tuve entonces el privilegio de conocerlo y de acompañarlo en representación del Perú y me consta que esta figura patriarcal, vinculada a la obra de la organización desde la Carta misma de San Francisco, vehemente, gestuosa, llena de brío no obstante su ancianidad, llegó a convertirse en una de las figuras clásicas y respetables de esa gran comunidad internacional que lo reconocía implícitamente como el Decano de los representantes ante las Naciones Unidas.

Debo completar esta apresurada silueta del gran desaparecido recordando su ingente cultura y las preocupaciones de orden religioso y de orden peruano que influyeron en su fecunda producción. Belaunde vivió preocupado por el tema de Dios; desde los instantes juveniles de la disconformidad y de la protesta, similar a la de sus compañeros de generación, hasta el regreso al seno de la Iglesia para profesar, como ellos, con devoción ascendrada y hasta espectacular, la religión de sus mayores, Belaunde cultivó, entre los valores esenciales de la catolicidad, a dos grandes figuras, una santa y una laica. A San Agustín, el gran converso y a Pascal, el filósofo del siglo XVII contaminado, empero del austero pensamiento jansenista. Se movió entre estas dos figuras con afecto y hasta con ternura y profundizó, en múltiples lecturas, las fuentes mismas de los Libros Sagrados y la sabiduría escolástica. Se abrió siempre, con su mocedad intelectual e irredimible de anciano victorioso, hacia los problemas de la modernidad. Todos los que le conocieron recordarán, esta capacidad de Víctor Andrés Belaunde por interesarse por las cosas nuevas, los autores recientes, los libros inéditos, la frescura de un aporte original. En nuestro país y en nuestros países latinoamericanos, donde la inteligencia se riega con tanta generosidad, pero que se agosta y marchita con tan lamentable prontitud, la presencia de ancianos como Víctor Andrés Belaunde es motivo para reconfortar nuestro optimismo en la capacidad de juvenilia de la raza.

Señor Presidente: Tuvimos, como señalé al comenzar, este homenaje, graves diferencias con el doctor Belaunde. Mantuvimos con él serias discrepancias y luchamos en los terrenos de la ideología y de la política contra ideas y actitudes que tuvieron el él defensor. Pero en este momento supremo de su muerte, cuando entrega su alma a ese Creador, cuya presencia y cuyo mensaje tanto le apasionaron durante su vida, no tenemos que decir sino nuestra palabra de solidaridad de peruanos en el duelo que afecta a su familia y conmueve al país.

DISCURSO DEL DR. JOSÉ LUIS BUSTAMANTE Y RIVERO - HOMENAJE

Discursos en el Cementerio

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL DR. JOSÉ LUIS BUSTAMANTE Y RIVERO, EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA Y JUEZ DE LA CORTE INTERNACIONAL DE LA HAYA, A NOMBRE DEL COLEGIO DE ABOGADOS DE AREQUIPA
Hay hombres cuyo paso por el mundo suscita una sensación de permanente plenitud: Lleno de lumbre el espíritu, colmada de eficacia la obra, rebosante de ejemplos la conducta, henchido de nobleza el corazón.

El hombre que aquí yace fue uno de ellos. Sin riesgo de redundancia, cabe decir que en Víctor Andrés Belaunde se daba un caso de plenitud integral, la cual, por lo que hace al tiempo, tuvo expresión en todas las épocas de su vida y, en lo que concierne el espacio, abarcaba con docto señorío los ilimitados dominios del pensamiento para encontrar en ellos un ámbito de dimensión universal. Examinemos estos dos aspectos de la plenitud de Belaunde.

Plenitud en el tiempo. Cuando joven, él mostraba junto al ímpetu de la sangre nueva la jugosa sapiencia de un espíritu en madurez. Y en sus años provectos, la carga de experiencia de los largos lustros vividos se vestía de la ágil ligereza de un magisterio juvenil. Era así Belaunde una especie de síntesis en cuyos crisoles se fundían los más preciosos atributos de juventud y de vejez, para transmitir a quienes le rodeaban la impresión inequívoca de un mago que ha detenido el tiempo con el designio de dar longevidad siempre lozana a su misión sobre la tierra. Por eso, la sorpresa de su muerte nos ha sumido en estupor: Nadie esperaba la extinción del recio anciano que día a día le ganaba batallas a la vida para sobrevivir en plenitud, sin rendirse jamás a la asechanza de las decadencias otoñales. Mas esa fue, precisamente, su postrera lección: acaba de legarnos el ejemplo de una vida tan plena, tan cabalmente plena, que hasta el último día estuvo consagrada con obstinado e incansable dinamismo al ejercicio de su humanísimo apostolado.

Plenitud en el espacio. Belaunde fue filósofo y jurista, historiador y sociólogo; buceaba con angustia en las nuevas técnicas nucleares para descubrir átomos de paz; su poderosa fantasía le hacía ser poeta y había en sus transportes oratorios destellos de creador. Lujosa pluralidad, en suma, de un ecumenismo enciclopédico. A través de ese mundo intelectual en que se movía, él creía en los altos destinos del hombre; y fascinado por esa perspectiva buscó en las instituciones ecuménicas del orbe un escenario fructuoso para sus ansias de acción. Docencia universitaria, diplomacia internacional, Iglesia son organismos universales dentro de cuyas órbitas se forjan los ideales de la juventud, el porvenir de las naciones y los supremos objetivos del alma. A todos esos campos, variados al parecer, pero coincidentes en su finalidad de superación humana dedicó Belaunde el ahínco impetuoso de su mente universalista y de su voluntad soñadora. Consagróse a ellos plenamente, integralmente, con la totalidad de su ser. “Maestro” le han llamado con unanimidad sin restricciones varias generaciones de peruanos y muchos extranjeros. En la Universidad Católica del Perú dictó cátedra dentro y fuera del aula con la sabiduría del pensador, con la versación del erudito, con el puritanismo de su conducta, con el acento fervoroso de su peruanidad. En certámenes y debates internacionales y muy particularmente en el seno de las Naciones Unidas puso su talento y su oratoria al servicio de la causa de la paz con la convicción de un apóstol y el arrastre convencido de un iluminado. Finalmente, como abanderado civil de la Iglesia Católica Peruana se hizo un teólogo laico para dar testimonio del mensaje de Cristo; y en su vida privada, la sinceridad de su catolicismo suscitó el respeto de los miembros de otras religiones. Practicó Belaunde, en una palabra, la plenitud de una trascendente acción social y humana, cifrada toda ella en su afán de depuración progresiva del hombre en sus aspectos educativo, cívico, comunitario y religioso.

Y hubo en él, todavía, otra forma de plenitud más íntima y modesta si se quiere, pero sentimentalmente más honda: la plenitud de su alegría interna en el campo privado de las relaciones humanas. Belaunde rebosaba optimismo y jovialidad. La fresca juventud de su espíritu practicaba el deleite de la conversación y manejaba magistralmente los resortes del humorismo. Poseía el don de DAR: se daba él mismo todo entero a los demás en la agudeza de su ingenio, en la finura de sus apostillas, en la delicada exteriorización de sus afectos. Era un millonario de generosidad que, sin ostentación ni apego por los bienes materiales, supo dilapidar sin tasa los caudales de su auténtica riqueza espiritual. Maravillosa plenitud de sembrador de sensaciones que infundía en sus amigos grandes y pequeños, pobres o afortunados, la ilusión bienhechora del goce de vivir.

El Perú debe mucho a Víctor Andrés Belaunde. Su deuda para con él es inconmensurable porque él le donó valores no susceptibles de cotización. Valores intangibles pero excelsos de probidad moral, de ejemplaridad sobresaliente, de fe inquebrantablemente optimista, de sensato equilibrio humano, de honroso prestigio internacional. Por eso el Perú está aquí presente en este instante penoso, con sus Poderes Públicos en duelo, con sus armas rendidas, con su pueblo entristecido y en congoja. Ese homenaje unánime de la Nación está llegando, estoy seguro, hasta la intimidad de este féretro como un voto de compañía de emocionada gratitud.

El mundo personificado en las Naciones Unidas, reconoce igualmente una deuda sagrada para con Belaunde, porque en él tuvo un permanente y esforzad adalid de nobles causas y un promotor sin desmayos de la paz universal. Por eso aquí, delante de sus restos, la diplomacia del mundo presente con las personas de sus conspicuos representantes, trae también su despedido a uno de sus colegas más egregios.

Arequipa está también está presente para decir su mensaje al gran arequipeño. Y en su mensaje de madre tiembla el duelo de esta partida sin retorno que ha estremecido sus extrañas con el dolor de una tremenda desgarradura. Las instituciones tutelares de la ciudad se hermanan en el luto por éste que fue uno de sus hijos más dilectos; y el Colegio de Abogados de Arequipa, que le contaba con orgullo entre sus miembros eméritos, me ha conferido el encargo de traer a esta ceremonia el testimonio de su admiración y de su condolencia. Al cumplir este encargo, no puedo menos que llamar a evocación la más preciada característica de la tradición arequipeña: La ciudad del Derecho vio una vez más confirmada su estirpe jurídica con la aparición de Belaunde; y tras la reseña de esa vida tan afanosamente consagrada a la defensa de los fueros humanos y de la fraternidad en la justicia viene a las mentes la certidumbre de que, una vez más también, la tierra de Martínez y Pacheco ha añadido en la figura de Belaunde un nuevo eslabón de honor a sus ya viejos lauros de tierra de juristas.

Y los amigos de Belaunde reclamamos, finalmente, un rincón de este homenaje para decir nuestros adioses a ese entrañable camarada que fuera en vida para todos un profesor de sana alegría, un señor del buen consejo y un poseído de la eterna esperanza. Por el bien que nos hicieron vuestras palabras, por el ánimo que nos infundieron vuestras actitudes, por el recuerdo que nos deja vuestro afecto, gracias. Maestro amigo. Si en el conjunto de voces de despedida que mudamente vibran en el silencio de este cementerio quisiéramos los aquí presentes deciros algo que, más allá de este sarcófago, pueda halagar vuestro oídos terrenos, os diríamos sin vacilar, doctor Belaunde, invocando vuestra vocación de hombre pacífico y bueno: ¡Que la paz dé sombra a vuestra tumba!











PALABRAS DEL R.P. FELIPE MAC GREGOR A NOMBRE DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA - HOMENAJE

Discursos en el Cementerio

Formando parte del cuerpo de nuestra nación, de sus leyes, instituciones, disposiciones administrativas, pero formando parte sobre todo del alma de nuestra nación de sus ideales, sus aspiraciones, sus angustias como del pulso de sus días, unida con una maternidad intelectual y moral a muchos hombres en quienes parece como anhelar más hondo el espíritu de la patria, vive hace 50 años, la Universidad tuvo en el Maestro Belaunde un apoyo, una inspiración y una guía.

Comprenderéis por qué al callar ahora su voz, el silencio nos sobrecoge primero y nos obliga después a oír los otros modos, a buscar los otros vestigios, cómo su inspiración, su guía pueden llega hasta nosotros.

Nos sobrecoge el silencio de quien fue voz, palabra ardiente, imagen modulada por la emoción, la inteligencia.

Nos sorprende la rigidez de un cuerpo cuya actividad pasmosa lo hacía casi diáfano, transparente, dócil al espíritu.

Nos confunde la falta de la luz en sus ojos, esa luz que no sólo era el fulgor, el brillo de su inteligencia, sino también la mirada amiga, amable, la que censura, como la que atrae.
El frío de su cadáver contrasta tanto, es tan opuesto al calor ardiente de su afecto de amigo, de maestro, de creyente, de buscador incansable, de peregrino del mundo!

Esto es irreversible: Cuando vuelvan su voz, su mirada o el calor de su cuerpo se habrá acabado el tiempo que contamos los hombres, y empezará el día del Señor, cuando Él marcará el tiempo si orillas.

Es cierto, pues, que no podemos ya ir tras el llamado de su voz amiga, ni podemos leer en su mirada la decisión de su voluntad, ni sentir la fineza de su afecto; por otros vestigios hemos ahora de andar para encontrar su inspiración.

La Universidad es la certeza firme que se afianza en el saber iluminado por la fe.

La Universidad es la búsqueda incesante de las verdades a que ese saber se extiende y con las que se ilustra.

La Universidad es el amante, apasionado empeño, de que la verdad ilumine la vida de las naciones, los pueblos, o la humanidad entera: por eso la Universidad es la patria hecha lección, preocupación y amor intelectual como el que Spinoza reserva para las más grandes entre las cosas.

La Universidad es, además, el trabajoso esfuerzo, el trajín sin desmayo para que aprender y estudiar, dialogar y buscar la verdad, puedan ser hechos con decoro, libertad y seguridad.

El testimonio de su vida, la “Palabras de Fe” ó “El Cristo de la Fe” del Maestro Belaunde, son algunos de sus muchos testimonios, de cómo la tensión entre saber y creer es una tensión real, son además, la prueba viva de que esa tensión tiene solución, pero que la solución no es una fórmula sino un espíritu, una actitud que la Universidad Católica tiene la misión y la obligación de crear.

No hay Universidad donde no hay búsqueda de verdad, ya sean las verdades de unos límite territoriales, como las leyes internas que dan consistencia y dinamismo a una síntesis que vive. Para la Universidad Católica será siempre una inspiración la inquietud de este constante buscador que enseñó a buscar, despertó en muchos la ambición de conocer.

La fe del Perú, la vida del Perú, la historia del Perú, los hombres del Perú, conformamos una síntesis viviente que es la peruanidad. Belaunde fue el alquimista que estudió esa síntesis y su taller, sus alambiques y redomas para el análisis o las pruebas, fueron su casa y nuestra casa: la Peruanidad y su estudio estarán siempre asociados al Maestro Belaunde y a la Universidad Católica del Perú.

Pero, además de dedicarse en la Universidad a las grandes urgencias intelectuales, Belaunde también trabajó con tesón y desinterés admirables en su gobierno. Su título de Rector Emérito es quizá el más justamente concedido por la Universidad: desde que ingresó a ella fue miembro del Consejo Superior, más de 35 años en el máximo órgano del gobierno de entonces y en los que después se sucedieron al perfeccionarse la estructura y sistema de gobierno de la Universidad Católica.

Por estos caminos de síntesis de fe viviente, ardiente pasión intelectual, amor sin fronteras al Perú y amor a la Universidad leal y sacrificado, como todo amor auténtico, podremos los hombres de la Universidad encontrar la voz amiga, la guía, la inspiración de Belaunde.

Estas palabras no son nuestro homenaje, su homenaje es la obra por él hecha y la que muchos otros han hecho y hacen la Universidad inspirados por él.

Con Belaunde muere uno de los hombres que Dios providencialmente asoció con el Padre Jorge para establecer la Universidad, tales fueron José de la Riva-Agüero, Cristóbal de Lozada, Raymundo Morales de la Torre.

Menciono a algunos de los fallecidos. Nos queda a los que vivimos y fuimos testigos de la dedicación de Belaunde y estamos como él convencidos de la importancia de la obra, no sólo continuar sino mejorar la Universidad Católica.

Siento frío ante la grandeza de la misión, afectivamente siento la falta de este amigo y consejero, por eso mi fe de cristiano me vuelve a Dios y a un nuevo intercesor que la Universidad tiene ante Él y le encomiendo, le pido, que continúe velando desde el cielo por lo que tan noble, tan celosa, tan abnegadamente trabajó en la tierra.

ADIOS AL MAESTRO INOLVIDABLE - HOMENAJE

DISCURSOS EN EL CEMENTERIO

César Pacheco Vélez, en nombre de sus discípulos

De pronto, una ráfaga fulminante se ha llevado a Víctor Andrés Belaunde, como si un rayo hubiera caído sobre el viejo árbol enhiesto, pletórico de fronda, cuajado de frutos todavía, a cuya sombra hospitalaria todos nos acogíamos y al que nos abrazábamos intentando preservarlo de las contingencias inexorables del tiempo. Lejos de esta patria peruana que fue su pasión y fue su ensueño, per a unos pasos apenas de ese foro mundial en que se debatían los destinos de su patria ecuménica y donde su palabra, unánimemente reconocida y respetada, encarnaba la milenaria prestancia de esta tierra, al caer la noche, junto a su esposa y compañera, ha dado su última batalla y ha pasado de la juventud a la eternidad, casi de pie, al concluir la última jornada de su prodigiosa ancianidad, que no conoció la fatiga ni el lento declinar de la senectud.

A él no lo ha sorprendido la muerte: la esperaba como buen cristiano y dialogaba diariamente con ella en sus vigilias, en la dulce compañía de sus propios muertos, de sus sabios y de sus santos, Bossuet y Pascal, Martín de Porras y Teresa de Jesús. Se ha despedido con serenidad de esta vida que amaba entrañable y desbordantemente. Y aunque estaba adherido a la tierra, al paisaje y a sus gentes con entusiasmo y alegría, trashumante incansable, se ha ido preparado para este viaje que ya lo urgía y apremiaba, vislumbrando con resignación y con nostalgia el desasimiento final de los seres y las cosas queridas de este mundo. Era un exultante amador de la vida, pero en su sangre y en sus huesos la había transido luminosamente de espíritu. Vida era para él la liturgia y la plegaria cotidiana de su fe conmovedora; vida el paisaje con su contorno y su confín, inundando los estadios de su alma; vida, el diálogo abierto a todos los horizontes que animaba con el fuego de su comunicación diáfana, de su simpatía rebosante; vida la tarea intelectual, de idealidad fervorosa, de intuitiva creación incesante, de expresión apotegmática; vida, la lectura fecunda, el trabajo estimulante, el servicio abnegado de su causa; vida, la contemplación de la belleza que siempre lo deslumbraba y conmovía, en el crepúsculo o el sosiego del campo, en la mujer, que consideraba la más hermosa creación divina, o en las acciones buenas de los hombres; vida el yantar afable y sencillo, rodeado de los suyos; vida en fin, la vida misma, particular y concreta de cuantos lo rodeaban para descubrir en todos sus virtualidades positivas ¡con qué generosidad y nobleza!

No sólo ha culminado una biografía eminente, con sus luchas y sus abatimientos, sus ilusiones y sus desengaños, sus glorias y sus triunfos extraordinarios: se ha ido una humanidad de leyenda, una manera anchurosa, cálida y confortante de vivir y de amar, una forma auténtica y cabal de ser bueno. Dice el Eclesiastés que “la sabiduría del hombre ilumina su rostro y muda la rudeza de su semblante”. Así, iluminada por su sabiduría y su bondad, queda indeleble en mi memoria conmovida su imagen patricia y venerable de claro patriarca, hidalgo arequipeño universal de hondos surcos y mirada penetrante y vivaz, que agitaba los brazos para estrechar la amistad efusiva y la comunidad de los ideales o para sellar sin discordia la altiva y honesta discrepancia. Así lo veo: volviendo a su sitio el rebelde mechón que le caía sobre la noble frente, o el supérstite lazo negro de la corbata, expresivo de la simbólica trabazón de las generaciones que en él confluían y desde él se proyectaban; su caminar increíblemente ágil y erguido; el énfasis, el vigor, el pastoso don suasorio de su voz y su palabra, rica de matices, desde el grito enardecido hasta el susurro, cuya elocuencia nunca puso al servicio del rencor ni la envidia; la eficacia definitiva de su ademán y de su gesto, que ejercitaba espontáneo y libérrimo, sin el mezquino freno de los respetos humanos; la vertical reciedumbre de su talante, que surgía desde sus más profundas raíces telúricas y atávicas, prodigando el aroma de su buen humor, eufórico y risueño, sencillo y de verdad humilde.

Más allá de las ceremonias convencionales y de las honras póstumas, se ha ido un hombre excepcional y por eso nos hiere un dolor lúcido y desgarrado que ningún homenaje puede disipar. Los peruanos, aún aquellos que no han vibrado con su oratoria, ni aprendido la lección medular de sus libros, ni comprendido en toda su dimensión el desamparo de esta hora, saben que él era un hombre grande y bueno en quien la Nación había concentrado muchas de sus virtudes seculares para que él las expresara luego en la maravilla de sus fórmulas y de sus iluminadas teorías. Trabajó sin descanso por la paz y fraternidad entre los pueblos, y por eso una onda de emoción ha recorrido los cables de todos los confines para traernos el testimonio de un sincero duelo internacional.

¿Qué voy a decir Víctor Andrés ante tus restos mortales, en nombre de tus discípulos, que fueron tantos y mejores que yo? Apenas la promesa balbuciente de mantener vivas esas parcelas de tu hermosa heredad que nos hiciste compartir contigo: las páginas de la revista que fundaste hacen ya casi cincuenta años y en las que nos enseñaste a comprender que el tiempo es experiencia y no distancia, porque supiste ser el vínculo cordial de cinco generaciones y nos diste la lección de tu perenne juventud y de tu insobornable voluntad de forjar las solidaridades en el trabajo, en el amor y en la fe; las aulas del Instituto que creaste para perpetuar la memoria ejemplar de tu compañero de ideales, pero sobre todo para acendrar la esencias del Perú, sin impíos olvidos, para afirmar y enriquecer la síntesis viviente que tú has descubierto y rescatado para siempre del fondo de los siglos, dándole un sentido primaveral a nuestra historia.

Te has ido Víctor Andrés, súbitamente, conforme nos lo habías anunciado. Ante tu muerte idónea, como la ansiaba Rilke para sí, podemos decir que se ha cumplido la parábola de tu vida como tú la quisiste: inquietud incesante, que es el ansia de Absoluto; serenidad, de trecho en trecho, que es la ilusión o la esperanza de poseerlo. Y en ese ritmo espiritual de inquietud y serenidad que ha dado sentido a tu existencia, al culminarla y presentarte ante Dios: la Plenitud a que estabas llamado, para decir las palabras de San Agustín, tu predilecto: “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no repose en Ti”.

Adiós maestro noble y querido, maestro inolvidable. Te has ido, pero bien sabemos que no estarás ausente de nosotros. Vives ya en la conciencia de la patria peruana, que palpita de dolor en este día triste, pero también de fe en los destinos que tú le iluminaste. Vives ya en los corazones de los hijos de tu espíritu, como una llamarada que abrazaremos siempre con devoción y con ternura.

EL DEBATE CONSTITUCIONAL - EL PROBLEMA INDÍGENA

EL PROBLEMA INDÍGENA

Sesión del 2 de Setiembre de 1932

El señor BELAUNDE.- El dictamen de mayoría ha consagrado ya le reconocimiento jurídico de las comunidades indígenas y ha aceptado el principio en mi concepto inconcuso sobre la propiedad colectiva, expresando el propósito olvidado en cien años de vida independiente, de dar para el indígena una legislación que reemplazara a la antigua. Si bien es cierto que el dictamen en mayoría contiene esos principios fundamentales, ha omitido dos, que eran esenciales y que completan el imperioso programa del momento actual. La comisión presidida por el doctor Villarán y a la que tuve el honor de pertenecer, respondiendo no sólo a vieja convicción de muchos de sus miembros, sino al ambiente espiritual que se había creado por obra no sólo de escritores de extrema izquierda, como el señor Mariátegui, sino de derecha, o centro, como el que habla, aceptó el principio que no era nuevo en la legislación peruana, ni en los antecedentes de la reforma americana, en virtud del cual el Estado debería procurar dotar de tierras a las comunidades indígenas que carecen de ellas, tomándolas de la propiedad particular en caso necesario. La comisión incluyó también otro principio fundamental, consecuencia lógica del primero: “La Constitución reconoce la autoridad de los funcionarios indígenas elegidos en la forma en que acostumbran las poblaciones campesinas; ejercerán funciones municipales en los “ayllos” y serán amigables componedores en la forma consuetudinaria”. Estoy de acuerdo con la tesis que sostiene que no puede incluirse en la Constitución el articulado detallado que corresponde a la ley; pero al mismo tiempo creo que existe un compromiso moral y en cierto modo un compromiso político de incluir en la Constitución los fundamentos de la legislación indígena que el Perú está obligado a dar.

Estos principios de respeto a las autoridades consuetudinarias, o sea el derecho consuetudinario indígena, y la promesa de que faltando tierras para las comunidades el Estado procurará dárselas expropiándolas aun del dominio particular, no son ninguna novedad que pueda alarmar a los conservadores. En primer término, ese respeto al derecho consuetudinario no supone para el indígena una posición de inferioridad sino al contrario una posición de privilegio. Es una realidad que nuestros indígenas no han sido asimilados por la nacionalidad, y el error de la revolución, fue querer aplicar al indígena aquel concepto de igualitarismo geométrico para el cual no estaba el indígena preparado. No son hombres de derecha, sino de izquierda, los que afirman que la legislación española, y la misma política general de la Colonia respecto de los indígenas ha sido superior a la política general de la República. Ha llegado, pues, el momento en que nosotros debemos rectificar la preterición y el injusto olvido en que se encuentra la raza aborigen, estableciendo las bases de una nueva legislación.

Acepto la tradición en un sentido evolutivo para depurarla y superarla. Así traigo a la Cámara el recuerdo de hermosos precedentes reformistas del siglo 18. Tomar la tierra del Estado para darla al indígena, cuando el indígena no tiene tierras, y no solamente esto, sino expropiar el latifundio inexplotado o el latifundio inconvenientemente explotado, no es una idea socialista de hoy. Hace más de un siglo, en 1798, Fray Antonio de San Miguel, Arzobispo de Michoacán, presentó un informe el Rey de España, acerca de la raza indígena, informe que fue obra de su vicario Abad y Queipo. En él se decía que las tierras del Estado que son baldías y las improductivas de particulares había que darlas a los indígenas. Ya veis que la idea de la expropiación del latifundio es una idea de 1798, y no es una idea radical. Esa idea debe ser consignada en la Constitución del Perú. El gran Humboldt elogia aquel informe de 1798. En el famoso libro sobre “Nueva España”, trascribe el texto completo del famoso documento. Desgraciadamente la reforma se orientó en el sentido de procurar la propiedad individual para el indígena, porque en aquella época dominaba el concepto individualista. Siguiendo esa tendencia las Cortes de Cádiz establecieron la propiedad con carácter individual. Reproduciendo lo ordenado por las Cortes de Cádiz, Bolívar dictó su decreto estableciendo la división de la propiedad de las comunidades. Pero lo principal en este movimiento, no fue la individualización de la propiedad que, como he dicho, fue una desviación; lo principal era defender al indio propietario ya hacerlo propietario con las tierras del Estado o con las tierras del latifundio improductivo. ¿Qué excusa tendría la Constituyente de 1932 si no toma en cuenta un movimiento a tono con el sentimiento de justicia social que hoy reina en el mundo y que tiene tan hermoso precedente en lo que podemos llamar el reformismo autóctono de América? Yo, hombre de derecha en moral y en religión, siento orgullo de traer ese precedente a la Cámara y decirle a esta Asamblea, principalmente izquierdista: señores de derecha e izquierda, hagamos una Constitución justiciera y declaremos que el Estado dará tierras suficientes a los indígenas que no las tengan, tomándolas de los latifundios o de las tierras del Estado. (Aplausos). En esto no me aparta un punto del magnífico código social del Instituto de Estudios Sociales que presidió el Cardenal Mercier en Bélgica, porque acepta la expropiación de las tierras improductivas, con indemnización. Y aquí me separo del señor Feijóo Reyna. Creo que es necesario establecer el principio de la indemnización; porque sólo dentro del concepto de que toda propiedad pertenece al Estado no cabe la indemnización; pero yo no creo que toda propiedad pertenece al Estado, pues acepto el principio de la propiedad particular con el control de normas jurídicas para castigar los abusos de este derecho. De acuerdo con aquel mismo Código Social y con nuestra tradición jurídica, podemos aceptar el artículo que formuló el ante-proyecto, tan injustamente desdeñado por la comisión de Constitución.

La adición se impone. No es posible que dejemos a una legislación que puede o no darse, el principio aquel que representa una promesa que el Estado debe hacer y que representa, la parte social del programa indígena; porque al indígena hay que defenderlo cuando es propietario, y cuando no es propietario, hacerlo propietario. (Aplausos).

El otro punto, señor, a que se refiere la adición que presento con el señor Vara Cadillo, es el relativo al respeto del derecho consuetudinario. Nosotros tenemos que rectificar el criterio geométrico, el criterio de absurda simetría artificial que ha inspirado nuestra legislación. No es desdeñar al indígena aceptar la situación especial en que el indígena se encuentra. Al contrario, aceptar esa situación realista para proteger al indio y defenderlo, imponiendo al Estado especiales obligaciones y aún limitando el ejercicio de ciertos derechos que en el indígena serían un mero convencionalismo, no es colocar al indio en condición de inferioridad desde que la ley le da los elementos para que hallándose en capacidad y en la condición de los demás ciudadanos ejerza los mismos derechos. Es algo muy curioso, nos preocupamos sólo de darle al indígena un voto cuando el indígena no necesita voto: lo que el indígena necesita es cultura y pan. Ahora bien, si estamos de acuerdo en que no es ofensivo para el indígena aceptar esta situación especial en que se encuentra; si estamos de acuerdo en que poco a poco aquellas instituciones consuetudinarias deben evolucionar hasta armonizar con las demás instituciones del país, si estamos de acuerdo en que la legislación debe colocar al indio en pie de igualdad con los demás, o mejor diré, darle un privilegio hasta que obtenga ese pie de igualdad, no encuentro inconveniente para que se diga que aceptamos la personería de las comunidades indígenas y que la Constitución reconoce la autoridad de los funcionarios indígenas elegidos en la forma en que acostumbran las poblaciones campesinas y agreguemos que ejercerán funciones municipales en los ayllus y serán amigables componedores en forma consuetudinaria. La situación de la raza indígena exige que se mantengan aquellas autoridades porque esas autoridades los conocen mejor y los tratan mejor.

El problema indígena representa dos aspectos más que yo no puedo dejar de tocar en la Cámara: la lucha contra el alcoholismo y la formación de escuelas especiales. La lucha contra el alcoholismo entraña salvar la salud y el vigor de la raza indígena. Me decía el señor Campusano, un boliviano ilustre cuando era yo Encargado de Negocios en La Paz: quizá fuimos derrotados en la guerra del 79 como una especie de sanción inmanente porque el Perú y Bolivia no trataron de asimilar definitivamente la raza aborigen a la nacionalidad peruana y a la nacionalidad boliviana.
Si aquella asimilación se hubiera realizado, habríamos tenido recursos inagotables. El concurso de la raza aborigen nos permitió la resistencia heroica de 4 años, pero quizás si hubiéramos asimilado aquella raza no sólo habríamos tenido esa resistencia heroica sino que habríamos obtenido la victoria definitiva. (Aplausos prolongados).

El alcohol envenena al indígena. En un estudio que publiqué el año diecisiete, probé que el Estado le sacaba al indígena en razón del impuesto al alcohol la misma suma que le había sacado proporcionalmente la Colonia por el tributo. Quiero decir, que el Estado republicano había revivido el tributo en una forma hipócrita. Hubo una época en que la quinta o la sexta parte del presupuesto nacional, estaba representado por el producto de los alcoholes que pagaban principalmente los aborígenes. Una quinta o una sexta parte del presupuesto colonial, estaba representado por el tributo de los indígenas.

Este problemas, señor, tiene que estudiarse y tiene que resolverse. Los grandes ferrocarriles que se construyeron y que han determinado el progreso de la región del Centro y de la región del Sur, tuvieron el inconveniente de hacer posible la conducción del alcohol de caña de la costa y facilitar que el indio consumiera el alcohol de caña en lugar de consumir su tradicional chicha. (Aplausos prolongados). Esto exige una reforma, quizá heroica. Castilla dio un paso radical cuando prescindió de los dos o tres millones que daba el tributo en 1854. Es verdad que tuvimos en esa época la compensación providencial del guano; alguna otra compensación providencial podemos obtener en esta época recaudando mejor las rentas públicas. Hay que ir franca y decididamente al monopolio del alcohol, para que éste se emplee en fines industriales e impidiendo el consumo del alcohol por la raza aborigen…

El señor FREIRE (por lo bajo).- Suprimamos las fiestas religiosas…

El señor BELAUNDE (continuando).- Si estas fiestas religiosas son causa de trastornos, en buena hora que se supriman; por eso es conveniente que el Estado esté unido a la Iglesia.

El otro punto fundamental es el relativo a las nuevas escuelas indígenas; y como esas escuelas deben tener un carácter religioso, mi empeño es establecer la mejor armonía entre la Iglesia y el Estado, para transformar las antiguas parroquias individuales en las parroquias conventuales que sean a la vez escuelas. El párroco individual, en medio de las inclemencias de la sierra, no está en aptitud moral para conservar su celo religioso, ni está en aptitud física para atender suficientemente a la cultura religiosa y a la instrucción de los feligreses. La idea es establecer parroquias escuelas, para dar a los indígenas la instrucción religiosa, y al mismo tiempo la instrucción cívica y la instrucción general, reviviendo la obra de los primeros misioneros, de la que ha dicho Vasconcelos que no sólo no ha sido superada, ni igualada siquiera. (Aplausos). Me refiero a estos dos puntos, pero creo indispensable agregar además otro concepto de la ponencia del señor Vara Cadillo que me parece muy apreciable, respecto de que los concejos municipales no intervengan en la administración y recaudación de las rentas de los bienes indígenas. Creo que la comisión en mayoría no tendrá inconveniente en aceptar estos tres puntos que representan el compromiso que nosotros, como hombres modernos, hemos contraído con el país, de darle una legislación que en este caso no sólo esté a tono con las ideas de la época sino que responda a las más hermosas tradiciones reformismo americano. (Aplausos).

LA REALIDAD NACIONAL - EL PROBLEMA DEL INDIO

CAPÍTULO II
EL PROBLEMA DEL INDIO

EL MÉRITO PRINCIPAL DE LOS Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana es haber dado el primer lugar en la sociolo­gía nacional, al problema del indio, y el haber afirmado que su nuevo planteamiento supone el problema de la tierra. Sorprenderá seguramente mi aserto a los que, ignorando mis opiniones, vertidas desde hace veinte años en artículos, discur­sos y conferencias, tomen a lo serio la gratuita afirmación de Mariátegui, de estar yo vinculado por educación y temperamento a la casta feudal del Perú.

Permita el lector esta disgresión de orden personal, en gra­cia al derecho de legítima defensa. El autor, que ignora el me­dio y centros de mi primera formación y que no me ha tratado íntimamente, no tenía derecho a dogmatizar sobre mi educación y temperamento. Tenía, sí, para conocer mis tendencias, el do­cumento vivo de mis declaraciones. Voy a referirme a ellas rá­pidamente.

Cuando el Centro Universitario inició la discusión, en 1908, del problema indígena, frente al criterio biologista y anti-indi­genista, sostuve con todo calor la siguiente tesis: “La cuestión social del Perú es la cuestión indígena; ningún pueblo puede re­nunciar a su destino y el del Perú es resolverla, cualesquiera que sean los obstáculos y los sacrificios que haya que hacer para vencerlos”.Mi discurso en la apertura universitaria del año 14 fue un ­ataque a fondo a las posiciones del feudalismo y del gamonalis­mo en el Perú, al proponer la supresión de la base provincial del sufragio, que nos había dado feudos electorales como los bur­gos de bolsillo de la Inglaterra anterior a 1832. La idea cen­tral de ese discurso era sustituir, mediante la implantación del escrutinio departamental, la influencia de los gamonales, por la democracia de la burguesía y de los obreros de los centros poblados.

En 1915, en mi conferencia dada en el teatro Municipal de Arequipa, reiteré la idea de que el aspecto típico del problema social del Perú es el indígena, “que entrañaba la existencia mis­ma de la nacionalidad”. Probé, en forma parecida a la que ha empleado Mariátegui, que la república había agravado el pro­blema por la absorción de las comunidades y el mantenimiento del enganche, agregando un aspecto que él apenas ha tratado en una nota: el del impuesto del alcohol que yo llamé desde entonces el sustitutivo del tributo. “Vive entre nosotros - dije en esa época - el régimen feudal; un feudalismo sin religión, sin poesía y sin gloria”. Proponía la medida inmediata de la li­mitación de la producción del alcohol y la creación de una le­gislación tutelar.

Mis ensayos sobre “La realidad nacional”, publicados en el diario El Perú, en 1917, respiran una honda preocupación indigenista. Entresaquemos algunas citas: “Es inaceptable y simplista la conclusión de los etnólogos que han dogmatizado tanto so­bre inferioridad racial de la raza aborigen... El criterio para apreciar el valor de una raza es el de su aptitud para dominar su medio. No puede imaginarse una raza más adecuada a las ba­ses económicas del ambiente en que vive... Su psicología, tan refractaria al régimen individual y tan propicia y fecunda en los trabajos colectivos... La república, viviendo a espaldas de la población indígena, la ha convertido en fauna humana”.

Para juzgar nuestra ideología política tenía una piedra de to­que: la cuestión indígena. Así critiqué la obra civilista del 86 por la constitución “de los congresos con los elementos extraídos del caciquismo o feudalismo provincialista; por la contribu­ción personal que no era sino la degradante resurrección del tri­buto y por el impuesto al alcohol en lugar del monopolio que limitara su consumo”. Al analizar el ideario del radicalismo, la­menté que se limitara a la recuperación de los terrenos de las comunidades sin exigir además su reforma y una legislación es­pecial. Idéntica crítica hice de la declaración del partido demó­crata, a pesar de mi simpatía por ella.

En época en que la plutocracia costeña, productora del al­cohol, era omnipotente en el Perú y no se la podía atacar impu­nemente como hoy, no vacilé, en ensayo especial publicado en El Comercio, en 1917, en probar con acopio de datos estadísti­cos, mi tesis del año 15 sobre que el impuesto al alcohol era el sucedáneo del tributo, proponiendo la prohibición de la interna­ción del alcohol en la sierra y su industrialización, en unos ca­sos, o el cambio de cultivo en otros. Por último, en el trabajo a que se refiere Mariátegui, el cargo más grave que hice a la Universidad fue el de no haber estudiado la comunidad, cuestión central en el problema indígena, que “simbolizaba la personalidad histórica y la personalidad ética del Perú”.

Como ve el lector, mi posición ideológica ha sido perfecta­mente definida. Sin llegar al planteamiento radical e integral de la cuestión agraria, para la cual nos faltaban entonces y aún nos faltan hoy serias investigaciones, ocupé dentro de la ideo­logía demolibera1, común en esa época, un puesto de avanzado reformismo o intervencionismo, es decir, lo contrario a toda oli­garquía y feudalismo.

En la formación y expresión de mi pensamiento no puedo atribuirme el mérito de haber tenido que contrarrestar mi me­dio hereditario, mi educación u otras influencias posteriores. Al contrario, todos estos factores contribuyeron a él. Arequipa, ciu­dad en que nací y recibí mi primera educación, no es, como Tru­jillo o Lima, una ciudad señorial, sino tierra de medianos hidal­gos, cristianos viejos de exiguo solar y escasa hacienda, peque­ños propietarios en la campiña o en los valles, obligados a tra­bajar sus propios fundos o dedicados al comercio o al transporte: industrias de clase media. Hice mi instrucción primaria y media en el Seminario que fundó el celo apostólico del padre Duhamel. En sus clases reinaba un ambiente de cristiana democra­cia. En los claustros universitarios los maestros que más influ­yeron en mí fueron: Villarán, un realista, y Maúrtua, ade­más mi jefe en las cuestiones de límites, a quien Mariátegui con justicia reconoce un criterio reformista. Me liberté bien pronto del positivismo y del biologismo imperantes. Mi profunda heren­cia cristiana me hizo ver en Nietzsche el teórico del aristocratis­mo vital, tan leído en ese tiempo, un formidable poeta y un creador de paradojas, pero no un director espiritual. La reac­ción idealista de Boutroux y de Bergson, por mi encuentro con PascaL, me orientó hacia el espiritualismo ético y no al vitalismo estético, en el que se quedaron otros. En mi cátedra de filoso­fía expliqué, sobre los textos, a Pasca1, Spinoza y a Kant, tratan­do de conciliar el primero y el último en un cristianismo inde­pendiente, que es la base metafísica del reformismo liberal. Pa­ra los problemas nacionales, ansioso de un criterio realista y no encontrándolo en el radicalismo retórico y jacobino, ni en el po­sitivismo universitario, cientificista y libresco, busqué la inspira­ción de los grandes maestros: Bolívar, Sarmiento, ALberdi. Los Dis­cursos y las Cartas, el Facundo y Las Bases fueron mis libros preferidos. Convencido de que los pueblos europeos de com­plicada estructura capitalista e industrial no guardaban analogía con el nuestro, y que sí la tenía España, me sustenté largamente con el olvidado Macías Picavea y el formidable Costa. El problema nacional, Oligarquía y caciquismo, Política hidráulica, Europeización de España fueron leídos ávidamente por mí. Respecto de política europea, me seducía el audaz reformismo de Lloyd George. ¡Buenos maestros de feudalismo Costa y Lloyd Geor­ge! Me separaron siempre del socialismo ortodoxo, no obstante el bello ideal de la supresión del salariado, su metafísica ma­terialista y anticristiana, su sociología antirrealista, fundada en el milagro de las transformaciones súbitas, y su psicología he­cha de complejos de envidia y de odio, forjadora de rebeldes candidatos a dominadores.Todos hemos evolucionado en la época presente, decisiva y dramática. Los jacobinos, por lógica en la utopía, se han hecho socialistas. Larga residencia en países protestantes me llevó del cristianismo independiente al catolicismo y, de un modo parale­lo y lógico, de la democracia liberal a la democracia gremial, funcional o corporativa. Creo tener hoy una visión más humana y más simpática del problema social que la de mi antiguo re­formismo. Se dirá que esto es medioevalismo y colonialismo. Es fácil jugar con los vocablos; pero hacerlo sería faltar a todo principio de honradez mental. El medioevo es el feudo; pero lo son también la corporación y el gremio; la colonia es el enco­mendero; pero es también la obra misionaria. La corporación, la unión de los hombres de una misma actividad económica es, después de la familia, la más natural de las asociaciones huma­nas; indestructible como ella. No hay que basar la sociedad política ni en el individuo ni en la masa, extremos que se tocan (Rousseau y Marx se entienden), sino en la familia, en el gre­mio. Sin los gremios no habría habido control para el feudalis­mo. La utopía de Rousseau nos dio, bajo el estado liberal, el dominio de una casta industrial. Las corporaciones reviven en las trade-unions y en muchos sindicatos del siglo XIX que han sido la gran fuerza controladora. La ilusión de Marx nos dará, en rea­lidad, el dominio de una casta de demagogos. Para prevenirla o para libertarse de esta dominación no hay otro remedio que el corporatismo. Lo que quedará de la revolución rusa no será la dictadura del proletariado con su fachada de soviets, co­mo la plutocracia tuvo la fachada del parlamentarismo, sino la pequeña propiedad y las cooperativas que nunca estuvieron en el programa del marxismo ortodoxo, así como lo que quedará del fascismo no será el ideal nacionalista y la estatolatría, sino la organización sindical que se hará más flexible y más libre.

Necesaria era esta apología que ha resultado también una confessio fidei. Es tiempo de cerrarla y de volver con sereni­dad filosófica a la Interpretación de la realidad peruana.

El capítulo sobre el “Nuevo planteamiento del problema del indio” contiene una sustanciosa revista de los distintos­ criterios anteriores al económico respecto del problema indíge­na. Son fundadas sus conclusiones sobre la ineficacia de una política simplemente gubernativa, la inferioridad de la repúbli­ca respecto de la colonia en este punto, lo arbitrario de los car­gos de los biólogos y lo ingenuo de las esperanzas de un cruce migratorio. No da valor a la prédica humanitaria y se lo niega, absolutamente, en el momento actual, al criterio religioso re­conociendo que él se situó hace siglos, con mayor energía, o por lo menos con mayor autoridad. Es evidente que el huma­nitarismo sin una base religiosa crea una ética sentimentalista y verbalista; generosa pero deficiente. Por desgracia la ética mo­derna, fuera del catolicismo, es sólo eso. No comprendemos có­mo el autor, reconociendo más posibilidades de éxito en la pré­dica religiosa, descarta dogmáticamente su actualidad conside­rando la “solución eclesiástica como la más rezagada y antihis­tórica de todas”. Sus dos argumentos: la menor capacidad espi­ritual e intelectual de la Iglesia hoy, y el papel atribuido a los misioneros por un distinguido escritor católico de mediadores entre el indio y el gamonal, no son convincentes. El primero está desmentido por el vigor del renacimiento católico moderno, institucional e intelectual, y por la política nacionalista respecto de las razas inferiores que sigue, hoy más que nunca, la Iglesia romana. El segundo no es tampoco pertinente. En el momento actual de incoherencia y de falta de una legislación indígena, tal vez los misioneros no podrán hacer otro papel que el de me­diadores; pero la verdadera solución religiosa supondría una le­gislación inspirada en ella, nuevas estructuras eclesiásticas, reemplazo de los curatos por los conventos, convertidos en parroquias y escuelas misionarias; en síntesis, la constitución de una auto­ridad en las misiones, no de simple mediación, sino de franca defensa y protección de los intereses indígenas.

Exagera su desdén el autor por la solución pedagógica del problema. En la pedagogía hay incuestionablemente una cues­tión de ambiente, pero hay también una cuestión técnica. Ambas van indisolublemente unidas. El error de los pedagogistas han sido confiar en la técnica sin crear un ambiente de justicia social para el indio. Sin desconocer en el problema indígena el aspecto técnico o pedagógico creo que las fases principales de él son la religiosa y la económica. Ambas eran contempladas en el programa de una legislación tutelar indígena que pedía yo en 1915. Había que adaptar a las necesidades y técnica moder­na lo que había de mejor en la legislación española “que con­templó con mayor realismo la situación indígena”.

Mariátegui está en lo cierto al afirmar que el fraccionamien­to de los latifundios para crear la pequeña propiedad no es una solución bolchevique o revolucionaria. La solución de la pequeña propiedad no puede aplicarse exclusivamente. En esto el realismo es esencialmente relativista. Para el mestizo o el indio transformado en el ambiente de los grandes centros mineros o agrí­colas y que ha adquirido así la psicología individualista, la solución será la pequeña propiedad; para la masa indígena adherida a las comunidades, la solución será la defensa, vitalización y modernización de éstas. No creo en una solución única reformista como existe una solución única socialista: la nacionalización total de la tierra.