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jueves, 7 de octubre de 2010

MI HOMENAJE A DON VÍCTOR ANDRÉS - HOMENAJE

Por JOSÉ A. DE LA PUENTE Y CÁNDAMO

De El Comercio, 22 de Diciembre de 1966

Con inmensa pena, convocadas por el recuerdo, se agrupan memorias de toda la vida para decir por lealtad y gratitud y como una manifestación externa del dolor, la imagen de Víctor Andrés Belaunde que descubrí desde mis años infantiles en que la vinculación entre nuestras familias me lo presentaba risueño y amenísimo, y que enriquecí en la Universidad Católica y especialmente en los veinte últimos años en el trato diario en el Instituto Riva Agüero, su obra queridísima. En un entretejido aparentemente antagónico al dolor de la pérdida temporal se une la alegría de la esperanza cierta en la resurrección de la carne; y a la muerte de un amigo consecuente y alegre –joven hasta la última hora- la tristeza legítima se alivia al reconocer en su vida la fecundidad de los talentos y la riqueza de una inteligencia que se encarnó con señorío en el amor. La muerte del justo no puede ser triste, nos lo enseña la fe y lo canta la liturgia de la Iglesia.

Vea ahora a Don Víctor Andrés con mayor precisión, que viene del afecto, sin la tangible limitación de la distancia. Lo veo llegar a la Facultad de Letras en su espectacular automóvil gris que conducía con aplomo sin alterar la intensidad y la mímica de la conversación; lo veo en sus clases de filosofía y derecho; lo descubro en la tertulia de los viernes en el Centro Fides; lo imagino cuando “ensayaba” sus discursos y me parece que está en la misma mesa con una taza de té y entre los recuerdos del archivo de límites y textos de Bossuet que tanto amaba, y no olvido sus palabras de esperanza cuando en nombre de la Universidad Católica despidió a Carlos Pareja, a Riva Agüero y al Padre Jorge.

En fin, mi generación universitaria conserva a Belaunde en la íntima entraña de sus nostalgias.

Fue maestro en todos los rincones de su alma y de su múltiple labor sin egoísmo. Enseñó con su vida amor a la lectura que está con él en sus insomnios felices; enseñó del mismo modo, afecto al libro capital que vence al tiempo, y delicado desdén ante los efímeros textos de moda; exhortó diariamente a la fidelidad a la vocación intelectual y al rigor en el método del trabajo, y profesó en su actitud sin rencores –fueron sus palabras en cierta ocasión- la solidaridad en el amor y rechazó la solidaridad en los odios.

Luego de las solemnes ceremonias, después de las legítimas condecoraciones, más lejos de los triunfos diplomáticos y más profundo que la consagración académica, queda de Víctor Andrés Belaunde decantada la sencillez cordial del hombre limpio que vivió la amistad sin excusas ni disimulo, que proclamó su creencia en el Señor sin alarde ni respectos humanos, que encarnó siempre el cristiano y tradicional sentido de familia, y que expresó en fin, con sus libros definitivos, la virtud intelectual que Dios le entregó con largueza.

En la Universidad Católica fue el Instituto Riva Agüero su obra entrañable de los últimos veinte años, cuando dividió su tiempo entre la casa de Lártiga, la ONU, la Comisión Consultiva de Relaciones Exteriores, el íntimo retiro de Chosica y sus proyectos de vital agricultor en Huacho.

Todo en el Instituto Riva Agüero es obra de Don Víctor Andrés, de su vocación de intelectual, de su creencia en el Perú, de su afecto al compañero de generación y de ilusiones. Con diaria constancia y con seguridad en su pensamiento luchó –no sin dificultades- por crear seminarios de investigación donde el alumno ganara libremente certidumbre frente al empeño intelectual y transformara su anhelo juvenil en dedicación permanente; vió con gran alegría cómo la formación de profesores universitarios era constante y cómo la tribuna del Instituto, al lado de la Biblioteca y de las publicaciones de la Casa, era una voz como él la imaginaba siempre, testimonio de seriedad en la vida de la inteligencia y de afirmación de la cultura cristiana y del destino unitario del Perú.

Belaunde gozó en el Instituto Riva Agüero. Lo veo en 1946 en las tareas de reconstrucción y adorno de la casa, en los planes de los primeros seminarios, en la preparación de los programas de becas para los alumnos, y nunca lo olvidaré en el sillón de su despacho en el cual se hermanaban, como en la sobremesa de una gran familia, los serios asuntos académicos, los originales de una próxima publicación, con la visita de un personaje diplomático y con la llegada de una señora sencilla en busca de la recomendación de todos los días. A cada tema le concedía afectuosa dedicación y a todas las personas les mostraba su cariño, su cortesía; le era muy duro decir que no. Buena parte de la biografía de Belaunde queda en su escritorio y en la sala de espera que podría decir mucho de su tomo humano.

Y lo veo seguro y feliz en la tribuna del Instituto al pie del retrato de Riva Agüero y frente a sus amigos Garcilaso, Bartolomé Herrera, y el Padre Jorge; lo veo ahí con sus esquemas y lógica excelentes y con su oratoria que no resistía el apremio del papel, y lo recuerdo cuando visitaba a la Virgen del Rosario antes de llegar a la sala de conferencia siempre con el tono nervioso de creación que vivió en sus manifestaciones intelectuales. De verdad gozaba Belaunde luego de un acto académico al formular la reflexión oportuna, deducir analogías y establecer conclusiones.

Y qué decir del Perú que él nos enseñó en sus libros y en la tertulia frecuente. Para estudiar lo nuestro, hombres de todos los extremos ideológicos necesariamente tienen que acudir a la cantera de doctrina, de erudición y de crítica que se encuentra en los múltiples libros peruanistas de Don Víctor Andrés. Él vivió con gozo la interpretación del Perú como síntesis y afirmación humana. Hispanista, subrayó en el hombre español el sentido del honor y la alegría para encarar la muerte, y defensor de los Incas en Peruanidad enaltece los valores del Imperio Incaico que están presentes en el alma del Perú. Sufría hondamente Belaunde cuando advertía interpretaciones unilaterales y siempre reafirmaba con énfasis orgánico cómo todo el Perú es mestizo y cómo debemos asumir en nuestro afecto los aportes humanos creadores de la nacionalidad.
En su concepción de nuestro país, en el conocimiento de su historia y de su vida, en el cariño a sus tradiciones y a sus formas, en la defensa de los derechos de la República, en su ser completo, íntegro, muéstrase Belaunde como un peruano con todas las consecuencias. Arraigado en la historia y con la mirada alegre cara al porvenir dijo en el siglo XX el entusiasmo frente al ser mestizo que proclamó Garcilaso trescientos años antes; vivió la prestancia académica de Baquíjano y Carrillo, el amor a la naturaleza de Hipólito Unanue, la intensidad vital de Sánchez Carrión o de Vidaurre, la vocación teológica de Herrera, y entendió al Perú con la sonrisa de Palma y la maciza seriedad de Riva Agüero.

En el coloquio inefable de las almas él está muy cerca de nosotros y de sus deudos queridos, y con sus libros y con la prestancia de su ejemplo acompañará a muchas generaciones de peruanos. Él, que amó a Dios y no ocultó su afecto, vive ahora con sus muertos entrañables y sin duda quiere decirnos el bello texto agustiniano: no llores si me amas, si supieras el don de Dios y lo que es el cielo.

LA MUERTE DE UN NOVECENTISTA - HOMENAJE

VÍCTOR ANDRÉS BELAUNDE

Por HUGO NEYRA

De Estampa, suplemento dominical de Expreso, 18 de Diciembre de 1966


Ha muerto Víctor A. Belaúnde. Ha muerto pues, el último de los novecentistas. Destaco este hecho entre otros aspectos que son contingentes a este duelo. Porque el silencio ha descendido no sólo sobre un hombre, sino también, sobre una generación. He aquí, pues, lo esencial y significativo de este acontecimiento con Belaunde se extingue la generación del 900. La generación, es preciso decirlo, que funda el Perú contemporáneo. La historia viva de nuestro tiempo, de la Guerra con Chile a nuestros días, el derrotero intelectual del Perú, moderno, la aparición de toda meditación radical sobre el país, el inicio del ensayo y la reflexión social, en suma, el quehacer de las generaciones siguientes, son el legado que nos dejó la “elite” intelectual del 900.

Así, con los libros de los García Calderón, de Riva Agüero, de Javier Prado, de Encinas y Manuel Vicente Villarán, de V.A. Belaunde, arranca la preocupación por la esencia del país, por el paisaje, por la conquista, por la conquista de nuestra geografía, por el conocimiento de nuestra historia. Son ellos el origen del compromiso. Del arraigo, Fundan los novecentistas, entre nosotros los peruanos, la moderna Historia, la Sociología y la Economía. Preparan el país a las grandes ideas y corrientes del siglo. Esos “profesores de idealismos” que sin embargo, en el Perú actual tan poco se conocen y leen. Son, en suma, nuestros primeros intelectuales. Pero eso no es todo. La obra de los novecentistas no sólo tiene un primado intelectual y magisterial. Ellos están unidos a la raíz y los cimientos del Perú actual. El Perú moderno comienza con los novecentistas. Y el período de apogeo de éstos, entre 1895 y 1919, es decir, entre Piérola y Leguía, coincide también con uno de los períodos más estables y dinámicos de nuestra economía. En esos años se dibuja definitivamente el actual paisaje productor y social del Perú. A este período de auge social y financiero que coincide con el auge intelectual de esta elite, Basadre ha de llamarlo “período de reconstrucción y progreso”. No se puede hacer, pues, ni historia económica ni social, ni trazar el itinerario de las ideas en el Perú contemporáneo sin relevar a Belaunde y a su generación. Ellos marcaron el rumbo cultural del país desde los albores del siglo. El signo de la obra y de la vida de Víctor Andrés Belaunde se explica pues, ubicándolo en el horizonte de esa generación a la que encarnó y prolongó hasta nuestros días.

UNA REPARACIÓN

Esta nota, es también, una reparación. La obra y el valor de esa generación, a excepción de Riva Agüero, no ha sido suficientemente destacada. Se les ignora en nuestras Universidades. Están ausentes en los libros de enseñanza. No existe el estudio, tesis o antología que reúna los textos de estos pensadores, sin cuya obra no se explica la aparición de Mariátegui, Haya, ni todo pensamiento y meditación posteriores.
Bajo las grandes bóvedas de la Biblioteca Nacional de París leí, con doble congoja de peruano y escritor, el admirable ensayo de Francisco García Calderón, “Le Perou Contemporain” (1907) hasta hoy sin traducir. La obra misma de Mariano H. Cornejo, cuyo aniversario se cumple en este año, sus discursos parlamentarios, esos dos tomos de sociología general que dieron lecciones de positivismo desde la Argentina a México, son sólo conocidos por eruditos o curiosos. La misma obra de Belaunde merece ser recopilada. Y aquel admirable ensayo de 1914, “La Crisis Presente”. O “Meditaciones Peruanas”. Sin embargo, ¿por qué este olvido?

1923: LA GENERACION POLÉMICA

Porque los novecentistas fueron víctimas de la querella entre generaciones. El drama y la gloria de este “elite”, se puede resumir en dos frases: señorearon sobre la vida y la cultura peruanas, desde 1895 a 1919. Pero, la llegada de Leguía de un lado, y del otro, la emergencia de la generación de 1923, provocó el desplazamiento, el voluntario exilio, la muerte civil de los positivistas y liberales del 900. El oncenio los desalojó del poder político. La generación de la Reforma Universitaria, el Marxismo, el Apra, Amauta y la CTP, los desalojó del poder político y también del liderazgo ideológico. Lo sabemos, Riva Agüero y Belaunde parten al destierro (1919-31). Pero eso no es todo. Al volver al país una generación iconoclasta, que ha descubierto el poder del sindicato y el valor de la masa, la lógica del marxismo y el sabor de la acción directa, los esperan en las universidades, en las curules, en las calles. Frente a los García Clderón, los riva Agüero, los Belaunde, están los Mariátegui, los Haya, los Sánchez, los Seoane. Es una querella de generaciones, cierto. Pero hay algo más: las de la generación del 23 exagerarán sus méritos y harán olvidar al país los de los que les precedieron. Los arielistas no reconocen el valor de los anatolianos. Y sin embargo…

¡La obra misma de la generación de 1923, la que hoy preside nuestras imágenes, nuestros mitos, nuestra interpretación de la literaria y de la historia peruanas, sólo se entiende como una polémica sin tregua con la sombra de los Novecentistas!

Es Mariátegui respondiendo con sus siete ensayos a Belaunde que publicara en 1917 varios artículos sobre esos mismos temas. Mariátegui, además, es el ensayista de la generación de 1923, que ensaya una interpretación de la realidad peruana, para responder en el plano de la comprensión global del país, o la visión elitaria, positivista y pragmatista de García Calderón. Es Haya que recoge la difusión de las ideas de Rodo, por la unidad de la “América Latina”, hecha justamente por esos profesores de idealismo del 900. Es Basadre, y Porras y Sánchez, continuando los trabajos de Riva Agüero, de Wiesse; es una generación respondiendo a otra. Así, el indigenismo, tiene su origen en los primeros trabajos de Riva Agüero, en los ensayos de Encinas sobre legislación indígena; la cuestión social, que ocupa a los hombres de 23, se preludian en los trabajos de una Manzanilla; la preocupación por la educación, en los de Villarán.

Pero no es la intención de esta nota reivindicar por completo a esa generación. Constato tan sólo a la ocasión de la desaparición de Belaunde, el sino trágico que los rigió y los separó, en parte, del país real y su cultura.

¡BALANCE Y LIQUIDACIÓN!

Es preciso restablecer el equilibrio. El equilibrio roto desde hace años por una actitud batalladora pero parcial, por un libro injusto como el escrito por Luis a. Sánchez, que condensa el humor de esos días: “Balance y Liquidación del 990”. Sin publicar sus obras, sin incorporarlos a nuestra cultura cuotidiana, sin librarnos de los prejuicios que pesa sobre ellos, no es posible reconstruir el cuadro espiritual de la vida peruana de este siglo. Es tiempo que la obra de la generación del 900 emerja de la penumbra. A la cual muy interesadamente la sometió los críticos que llegaron al quehacer peruanista en la altura de los años 23. No fueron ellos, sin embargo, los hombres que crecieron bajo el oncenio, los primeros en intentar la comprensión global, totalizante de la sociedad peruana. A los positivistas, que introdujeron Comte y Spencer, que leían a Tarde y a Wundt, corresponde ese mérito. Nuestros primeros científicos sociales fueron en realidad, los positivistas. Los primeros, no digo que los más acertados. Queda en pie pues la necesidad de una empresa: la reconstrucción del proceso ideológico en el Perú contemporáneo. Entonces, los méritos de V.A. Belaunde y su generación serán más visibles por encima de críticos interesados y de fiebres generacionales.

BELAUNDE: EL ORIGEN DE UNA ESCUELA DE SOCIOLOGÍA PERUANA

Víctor A. Belaunde ha muerto. Y pienso en su generación: el viaje por la Sierra de Riva Agüero; a mula; los ensayos claros, cartesianos, bien dibujados, de García Calderón; la obra del mismo Belaunde, que inicia entre nosotros con criterio realista, la preocupación por el problema indígena (La Realidad Nacional) sus ensayos sobre la clase media, y el estado funcional. Y sobre todo, la búsqueda de las características, escondidas, hondas, de la nacionalidad.

¿No fue Belaunde quien pauteó una posible escuela de sociología peruana al señala que el país era dominado por una “plutocracia costeña, una casta militar y un caciquismo parlamentario”?

-Y confieso hallar, por momentos en esa generación una plenitud de síntesis de la que careció la de los años 1919-31. Generación la del 900 que vivió una altura de los tiempos, una plenitud histórica, de la cual Belaunde desde entonces hasta su muerte, ha dado diario y abrumador testimonio.

Debo decir por último, que la derivación del Maestro hacia los temas internacionales no fue sino una consecuencia de ese exilio del Perú, fruto de esa querella de generaciones. El verdadero Belaunde está en sus libros de ensayo, los de 1914, 1917 y 1931.

LOS NIETOS DEL 900

(Otros hablarán, Maestro, de tu obra de profesor trotamundos, de diplomático, de humanista. Habrá quienes, recordarán al político: desterrado por Leguía, al polemista frente a Manuel Seoane en la Constituyente de 1933; no faltará quienes contarán tus anécdotas. Es inevitable, está dentro de los ritos: saldrá a relucir tu encuentro con Vishinsky en las Naciones Unidas.

-Muchos invocarán –por último-, la amistad que desperdigaste generoso. Nada de esto debe salir en esta nota. Nuestra misma amistad es algo que queda entre tu sombra y mi conciencia.

Pero no es eso lo que interesa. Quizá, te interese ahora que dialogas con las Grandes Sombras saber que por curiosa paradoja los nietos del 900, habrán de leer tus libros. Que quizá así, García Calderón será traducido. Que con la ocasión de tu muerte se levantará el veto a los novecentistas, en la final reconciliación y síntesis que es toda cultura. Que es la cultura del Perú).

VICTOR A. BELAUNDE, MAESTRO DE LA TRASCENDENCIA - HOMENAJE

In Memoriam

Por JOSÉ HERNÁNDEZ DE AGÜERO

La Gaceta, Trujillo, 14 de Enero de 1967; trascrito en Correo, Lima, Domingo 22 de Enero de 1967.


Veinticinco de julio de 1921. No sé cómo sería esa mañana lejana de invierno en el Callao. Me la imagino triste y doliente, con girones de niebla flotando sobre el puerto.

Víctor Andrés Belaunde aguardaba la hora de partir rumbo al destierro. Había cometido el delito de no poner su talento al servicio del gobernante de entonces, quien decretó el exilio. El motivo aparente fue una célebre conferencia en la Universidad de San Marcos, donde el fogoso tribuno arequipeño hizo la defensa vehemente de los derechos civiles.

Apenas tuvo tiempo, en San Lorenzo de escribir apresuradamente unas apasionadas líneas de adiós a Teresa Moreyra y Paz Soldán, quien dos años más tarde se uniría a él, mitigando con amor y abnegación su soledad de exilado.

Nadie puede precisar la medida en que los diez años de destierro, con su secuencia de penurias y tristezas, cambiaron el destino de un hombre eminentemente dotado para servir a su país.

Tal era, sin embargo, su vocación de servir, que colocado en cualquier circunstancia, no podía dejar de cumplirse ese destino. Y se cumplió.

La noche del 16 de diciembre de 1966, casi medio siglo después en aquel mismo puerto que le vio partir en plena juventud, el viejo luchador regresó, por fin, del gran exilio, envuelto su cuerpo en la bandera que tanto amó. El Perú, emocionado, recibió sus restos y por un instante se detuvo también el corazón de la Patria. Con su muerte logró efímeramente, la gran ilusión de su vida: la unión de todos los peruanos.

Extraño país el nuestro que tantas veces en el pasado se permitió la dispendiosa práctica de exilar sus más altas inteligencias, sacrificando su “élite” en el ostracismo.

En cierta forma Víctor Andrés Belaunde siempre fue un exilado. Su prestigio en el país nunca rayó a la altura del que gozaba en el extranjero. Fue solamente hacia el final de su vida, cuando la evidencia de este reconocimiento exterior se hizo abrumadora, que le hicimos justicia en nuestra tierra, en su propia tierra.

De esta manera sólo su muerte pudo romper del todo lo que él mismo denunció como “la confabulación del silencio” en un agudísimo ensayo sobre la psicología nacional que conserva intacta su dolorosa vigencia.

Fue, quizás, su largo apartamiento de estas fuerzas negativas que constituyen gran parte de nuestra idiosincrasia nacional, lo que le permitió alcanzar la plenitud de su personalidad.

Cabe como peruanos preguntarnos en un examen de conciencia sincero y no carente de angustia, ¿cuántas figuras cuajadas de promesas, cuántos destinos se han frustrado entre nosotros por lo que el ilustre desaparecido llamó: “nuestros rencores”, “nuestra reticencia”, “el rumor anónimo”, “la suspicacia sutil”, “el frívolo afán de burla y de cháchara?”.

Víctor Andrés Belaunde puede esperar tranquilo el juicio de la historia. Sus libros, sus innumerables discursos, conferencias y ensayos sobre temas tan variados como correspondía a su talento humanista, son ahora material invalorable a disposición de investigadores y biógrafos del futuro.

Lástima grande que muchos de sus momentos más brillantes se perdieran irremediablemente.

Como buen exponente de la inteligencia mediterránea, gustaba de improvisar teorías en amenas tertulias. Era peripatético y departía generosamente en largas caminatas, deteniéndose para contemplar el paisaje, la belleza de un atardecer, la naturaleza, en fin, que aprendió a amar desde muy niño bajo el fulgor del cielo de su ciudad natal, la Arequipa de su infancia.

En aquellos momentos alcanzaba a menudo una originalidad de pensamiento y una claridad de expresión que, de haber alcanzado la forma escrita, hubieran constituido páginas magistrales de antología.

A veces, en la soledad de Chosica o en el íntimo calor de su biblioteca de Lima, tomábamos conciencia de que no siempre estaría entre nosotros. Sentíamos la necesidad imperiosa de aprovechar plenamente su presencia, con las enseñanzas que podía dispensarnos y los invalorables recuerdos que guardaba en su memoria privilegiada. Le hacíamos entonces preguntas de la más variada índole, como hurgando en aquel archivo viviente que una suerte generosa ponía a nuestro alcance por tiempo limitado. A cada pregunta nos gratificaba con una disquisición en la que ponía idéntico entusiasmo y talento del que hubiera exhibido ante una sala colmada de público.

Difícil será encontrar persona alguna capaz de improvisar una conferencia con la erudición, la maestría del lenguaje y el encadenamiento lógico de los argumentos que desplegaba en tales circunstancias. En el calor de la exposición se revelaba como un actor consumado. Tenía un sentido musical o rítmico del discurso que llevaba del “adagio” al “vivace”, acompasando la palabra con movimientos expresivos de las manos.

En ocasiones se lanzaba en una polémica encendida con algún contrincante imaginario. Adquiría entonces una “terribilitá” de gran intensidad dramática y se esforzaba por expresar una determinación implacable de aniquilar al enemigo. Poseído de una santa ira, lanzaba vituperios pintorescos, los que acompañaba con ademanes contundentes. El presunto contrario simbolizaba para él la maldad, el egoísmo, la codicia, la soberbia, la falta de patriotismo, vale decir todos los vicios y defectos que aborrecía.

Aquello hacía pensar en el noble delirio de Cyrano, evocaba los viejos mitos de la eterna lucha entre el bien y el mal, Ormuz y Ahrimán, San Jorge y el dragón.

Pero muy pronto recuperaba la calma, pues pocas personas habrán tenido más fácil la indulgencia y menos vocación para el odio.

Dijimos que en la noche del 16 de diciembre retornó para siempre a la tierra peruana. Si tratáramos de sintetizar su vida; de expresar en pocos conceptos los afanes fundamentales de su existencia, el día siguiente, en que estuvo de cuerpo presente entre nosotros desde la madrugada hasta el anochecer, nos da la respuesta cabal.

De la casa en San Isidro, donde sus familiares y amigos le velaron, pasó al Instituto Riva-Agüero de la Universidad Católica. De allí a la Catedral de Lima. Más tarde al Ministerio de Relaciones Exteriores y, por último, al bucólico cementerio de La Planicie.

Toda su vida está en este postrer itinerario: su amor a Dios, su vocación de maestro y de humanista; su apasionada defensa de los intereses nacionales y su maravillada contemplación de la naturaleza.

Quiso la tarde en su última jornada revestirse de inusitado esplendor. La púrpura y el oro del atardecer eran las únicas pompas que él amaba.

Y ahora ha entrado para siempre en el recuerdo. Su ausencia ha ampliado prodigiosamente nuestra capacidad de evocación y la memoria se niega, entrañamente, a representárnoslo en sus horas graves o solemnes. Más bien lo vemos en sus momentos íntimos, en sus simples quehaceres cotidianos que revelaban la pureza entrañable de una alma infantil.

Le recuerdo en la soleada calleja de Chosica, volando cometas con sus nietos, ante el asombro de los vecinos que contemplaban su figura patricia compartiendo la ruidosa alegría de los niños.

Le veo en su departamento de Nueva York, a la hora gozosa del desayuno que gustaba de preparar él mismo, haciendo el elogio de la toronja a la que atribuía misteriosas virtudes taumatúrgicas.

Se me aparece en la playa sonora de Guañape, bañado en la luz crepuscular que tanto amaba, desarrollando su teoría del contorno y del confín.

Le recuerdo, nuevamente, por las claras mañanas de Chosica, discutiendo animadamente con las fruteras, en el mercado con sabor aldeano donde solía hacer compras para la casa.

Le veo, finalmente, cruzar el gran parque solitario y escucho el golpe acompasado de su bastón sobre las lajas del jardín familiar al regresar de misa, en actitud meditativa, bajo el recogimiento de la noche estrellada.

Ahora que su ausencia se eterniza, qué tristeza nos da la carta que no le enviamos, el abrazo que no le dimos, la pregunta que no llegamos a formularle, la visita que no le hicimos, el pequeño disgusto que le dimos y la noche aquella que le dejamos solo, a él que no podía vivir sin sentirse rodeado de calor humano.

Durante los últimos años le preocupaba, en veces hasta la obsesión, una teoría suya sobre la trascendencia. Decía que éste sería el tema de su último libro y a menudo se explayaba fervorosamente sobre tal proyecto. Citaba a El greco como el pintor que mejor expresaba en sus lienzos la agonía trascendental y le angustiaba el implacable transcurrir del tiempo ante la obra inconclusa.

Si trascender es dejar detrás de sí el ejemplo luminoso de una vida intachable y fecunda en el esfuerzo creador. Si trascender es haber perseguido sin desmayo ideales de justicia y fraternidad entre los hombres. Si trascender es haber dejado su nombre grabado para siempre en el corazón de sus compatriotas, entonces, maestro bueno y querido amigo inolvidable, aquel libro está escrito y su obra está completa.


REQUIEM PARA VÍCTOR ANDRÉS BELAUNDE - HOMENAJE

Por ENRIQUE CHIRINOS SOTO

(*) De Correo, 18 de Diciembre de 1966

La vida de Víctor Andrés Belaunde estuvo permanentemente presidida por el signo de fecundidad.

Hubiera podido decir, como Rubén:
“Y la primera ley, creador: crear. ¡Bufe el eunuco! Cuando una musa te dé un hijo, queden las otras ocho en cinta”.

Él tuvo encinta siempre a la musa de la elocuencia. Alguna vez acompañé a Belaunde, a las afueras de Nueva York, para que le impusieran un doctorado honoris causa en una universidad anglicana. Era a la sazón Presidente de las Naciones Unidas. Le tocó hablar en la capilla. Se expresó en inglés. No podía decirse que el tema señalado fuera particularmente ameno: los problemas y las perspectivas del máximo organismo mundial. Pero él tenía la virtud de animar las palabras con el gesto vivaz y con los ojos soñadores y profundos. El idioma de Shakespeare, en definitiva extraño, adquiría, en la versión de Belaunde vivacidad meridional. Lo escuchaba un auditorio juvenil y recogido. A la mitad y al final del discurso, estallaron los aplausos. Nunca antes en cincuenta años de historia, se había aplaudido a nadie en la severa capilla episcopal, según informó el asombrado Rector a los amigos peruanos que rodeábamos al Maestro.
Tanto como las ideas lo entusiasmaban las palabras. Ya he tenido oportunidad de decir que, para él como para Ortega, las palabras valían no por sí mismas sino en cuanto fuesen logaritmos de conceptos. Vivía, con fruición lúdica, en una especie de orbe intelectual aparte, emparentado con el juego de abalorios de la novela de Hermann Hesse. Era un atleta infatigable del pensamiento: y, si conseguía ensartar palabras en la sonoridad de una frase redonda y, en lo posible paradójica, que él elevaba de inmediato a la categoría de apotegma, entonces su deleite llegaba al máximo.
De vuelta de uno de sus últimos viajes, contaba en Lima que, comensal en un banquete en Nueva York, le había tocado pronunciar el primer brindis como al más antiguo de los diplomáticos presentes. Empezó con estas palabras: “The right of seniority is the only right that is excercised with regret”, lo que libremente traducido al español, podría significar: “La preminencia que dan los años es la única que suele ejercerse con pesar”.

En otra ocasión, fue asediado por una periodista noruega. La bella dama quería entrevistarlo y, además ejercer con él alguna forma fascinante de la coquetería nórdica. Como dramático resumen del conflicto, en Víctor Andrés perenne, entre su fuego de varón entero y su sentido religioso del pecado, me dijo este apotegma: “He descubierto que la fidelidad conyugal es más difícil de sobre llevar que el celibato eclesiástico”. El Maestro me perdonará la travesura de esta infidencia.
Era millonario de teorías. De las mujeres, acostumbraba decir que se dividen, zoológicamente, en gatas y gacelas. Gata es la que acomete; gacela es la que huye. La mejor es aquella que, siendo gacela en lo esencial, tiene un elemento indispensable de gata. Respecto de la política, acuñó una enérgica definición quevediana: “el poder es lujuria sin orgasmo”. Inventó una teoría gramatical sobre el uso peyorativo del plural, que en cierta ocasión expuso en Madrid ante el regocijo de los académicos de la lengua.
El singular, decía, es noble en español, en tanto que, con el plural, las palabras se plebeyizan. Así, por ejemplo, la Verdad es Dios mismo, pero verdades son las que se dicen las comadres. Así, el honor es virtud cardinal del alma, pero honores son las condecoraciones y medallas. Y, a propósito del parentesco que pueden tener el inglés y el castellano, al través del latín, observaba que, en inglés, curiosamente, a los heridos los llaman injuriados; a los enamorados, los llaman infatuados; y a los pródigos, los llaman extravagantes; y así sucesivamente.
De la teoría, se elevaba, en brazos de la inspiración fantástica, como un patriarca bíblico, a la leyenda. Yo no sé si ha llegado a escribir la leyenda de la maldición implícita. En todo caso, oralmente la narró muchas veces. La esencia del argumento es esta: en el Paraíso Terrenal, después de la caída, Dios condenó al hombre a ganar el pan con el sudor de la frente; y a la mujer, a parir con dolor. Ambas maldiciones explícitas han sido levantadas. La del trabajo, por el milagro de la civilización. La de la preñez por la recompensa inefable que representa, para la recién parida, el hijo que es carne de su propia carne. He aquí, sin embargo que el dolor no desaparece de la historia de la humanidad. Hay que pensar, por lo tanto, que además de las maldiciones explícitas, ya levantadas, Jehová descargó una maldición implícita, que todavía padecemos. Esa maldición no es otra que la de haber condenado al hombre a ser gobernado por el hombre. En una palabra: haberlo condenado a la política.
Orador por sobre todo y, además, historiador, jurista, filósofo, sociólogo, diletante en el mejor sentido de la palabra, abierto a todas las inquietudes posibles del alma, a todos los placeres del espíritu y de los sentidos, a la buena mesa, al humo del cigarrillo, al dorado vino de Andalucía, al rojo vino de Francia, a la lectura, a la tertulia, me parece, empero, que no lo rondó nunca la musa de la inspiración poética. Si hubo encuentros casuales, no produjeron resultados duraderos ni, en su propia estimativa, dignos de elogio o de recuerdo. No obstante, gustaba intensamente de la poesía. Entre picaresco y melancólico, repetía un dístico que, por fin, nunca supe si era suyo o de Bossuet:

“Por le passé, pas de regrets;
Por l’avenir, pas d’illusions”.

Me atrevo a traducirlo de este modo:

“Para el pasado, ninguna lamentación; por el porvenir, ninguna ilusión”.

Enamorado de Rubén, como todos los hombres de su generación y como todo el que conoce de poesía castellana, citaba de memoria el célebre pasaje del Coloquio de los Centauros:

“Ni es la torcaz benigna ni es el cuervo protervo;
Son formas del enigma la paloma y el cuervo”.

Protervo es un adjetivo ciento por ciento rubendariano: Protervo –“pájaro protervo”- vuelve a llamar Rubén al mismo cuervo en el hermosísimo Responso a Verlaine. Además de conjugar misteriosa y conceptualmente, la palabra “cuervo” y la palabra “protervo” llevaban a Víctor Andrés al delirio. Por eso, puso el nombre de “protervia” –La Protervia- a la peña intelectual que él presidió en Lima en sus años mozos.
No creo, en cambio, que la poesía de César Vallejo se acomodase a su sensibilidad. Pero le profesaba un profundo respeto.

Alguna vez conseguí convertir ese respeto en entusiasmo, lo que en el caso de Víctor Andrés no era tarea de romanos, recitándole las estrofas vigorosas y marciales del Himno a los Voluntarios de la República:

Miliciano de España,
Voluntario de huesos fidedignos,
Cuando marcha a morir tu corazón,
Cuando marcha a matar, con su agonía mundial,
No sé, verdaderamente, qué hacer, dónde ponerme,
Corro, escribo, aplaudo…

Desconfiaba del arte nuevo. O del arte novísimo. Olfateaba el contrabando. “Tengo la impresión –me decía- de que Picasso se burla de nosotros”. Significativamente, acabo de leer que, en opinión del crítico de arte de “The Times” de Londres, la obra de Picasso, de treinta o cuarenta años a esta parte, es una broma deliberada, con excepción de cuadros como “Les Demoiselles d’Avignon” o “El Bombardeo de Guernica”. El descubrimiento de esta coincidencia de pareceres ahora me entristece porque no podrá ya nunca, en este mundo, comunicárselo al Maestro.

A propósito de pintura, no conozco ejercicio intelectual más extraordinario que el de visitar, por ejemplo, del brazo de Víctor Andrés, el Museo Metropolitano en Nueva York. Delante de cada obra maestra, podía pronunciar un discurso. Delante de un bellísimo cuadro de El Greco –un Cristo que apenas carga la cruz como una pluma, y tiende hacia el cielo los ojos inmensos, los ojos inmensamente dolorosos- podía derramar y hacer derramar lágrimas. La espiritualidad castigada, atormentada y a la postre sensual de El Greco, como la de San Juan de la Cruz, lo conmovía particular y poderosamente.

En Nueva York, hace años, compartí con él una habitación a lo largo de semanas. Enemigo de la televisión, del cinema, de todos los agente de la barbarie contemporánea, transigía con la radio como vehículo de noticias y de buena música. “Me acuesto con Bach; me levanto con Beethoven”. Ese era su lema en lo musical. En lo periodístico, lo homologaba con el siguiente: “Me acuesto con el Herald; me levanto con el Times”.
Se iba a la cama muy temprano. Dormía con la facilidad de un niño. Ero se despertaba a las tres o cuatro de la mañana para la lectura cotidiana de San Agustín o de Pascal. A las siete, debajo de su abrigo, acudía a San Patricio para recibir la comunión. Ni los cuidados de su cargo ni la enfervorizada preparación de sus discursos, le disminuyeron nunca las ganas de organizar un buen desayuno a base de huevos revueltos y sazonados por él mismo y de “corn flakes”.
Yo no puedo, por lo menos no podría ahora, decir el elogio del hombre público; del diplomático que se quemó las pestañas en todos nuestros pleitos de límites; del político que sufrió destierro a todo lo largo de la dictadura de Leguía; del parlamentario que contribuyó, con el que más, a la Constitución que nos rige. No. Con Víctor Andrés, he perdido al primero de mis maestros, al mejor de mis amigos, al hombre a quien más quise, después de mi padre.
En la generosidad de su afecto, me confundía a mí con mi padre, al extremo de que nunca pudo llamarme por mi nombre sino por el patronímico de mi padre –Carlos- con quien lo unía, desde la Arequipa de su infancia, una fraterna amistad.
Como no puedo eludir la obligación periodística de escribir sobre Belaunde he tenido que cumplirla desde la ventana de mi más acongojada y traspasada intimidad.
Para despedirme hoy de Víctor Andrés, me vienen a la memoria las palabras que, en ocasión semejante, usó Manuel Machado para despedirse de Rubén:

Como cuando viajabas, maestro, estás ausente
Y llena está de ti la soledad…

¡CUÁNTO LO SIENTO, MAESTRO!

Por LUIS FELIPE ANGELL

De Correo, 15 de Diciembre de 1966

Lo imagino dormitando su muerte con la misma placidez que le reflejaba el rostro cuando, entre los discursos interminables y el aire caliente de los salones herméticos, cedía a la fatiga su atinada vigilia de hombre inteligente y navegaba una siesta, imperceptible tras el rostro senatorial y el adusto gesto acumulado en los dos informes bosques de sus cejas.

Imagino su dinámico brazo pedagógico, muerto con él al movimiento y al trazo de invisibles argumentos en el aire; batuta del índice arrugado con que dirigía la amena partitura de su conversación, torrencial y magnífica; mano cordial la suya, que transmitía, en el saludo o la palmada, un oportuno poco de su optimismo y de su humana cordialidad.
La noticia de su muerte me lo llena de vida en el recuerdo y encadena, caprichosamente, uno con otro, los heterogéneos episodios que a lo largo de varios años me tocó vivir a su lado. Desde que me nombró su “cuasi-secretario” en la Universidad Católica hasta que nos vimos, por última vez, hace poco tiempo, en una calle de Lima. Fui su Secretario Privado –yo tenía 23 años- en la Cancillería y me llevó a las Naciones Unidas, como Secretario de la Delegación del Perú, para que “aprendiera cuál es la forma correcta de no pronunciar un discurso”.

Hablar de su inteligencia es caer, ya –ahora más que nunca- en un lugar común. Era deslumbrante, de una formidable capacidad mímica para reforzar el argumento o robustecer la anécdota. Su memoria electrónica escapa a toda ponderación y todavía recuerdo el impacto que hizo en el canciller colombiano Zuleta Angel, cuando le ganó una discusión jurídica citándole –de memoria y al pie de la letra- párrafos interminables de la Constitución vecina. ¿Qué cosa, en el orden formal del conocimiento, la experiencia, la calidad y su trascendencia en el alto plano cultural de nuestro país, quedará sin señalarse, ahora cuando se ha inscrito en la muerte y comienza a cobrar formas en el bronce?

A mí, cuando muchacho, recién iniciándome en la carrera diplomática, me tocó recoger aspectos de su vida personal y propia, donde pude conocerlo más allá de la periferia absolutista y egocéntrica de su carácter. Tenía un formidable sentido del humor, una gran capacidad para comprender las fallas ajenas y un amor a la vida que trascendía la suya propia y llegaba hasta las más increíbles preocupaciones. Recuerdo particularmente una noche de invierno, en Nueva York. Un diálogo de esa tarde con Vishinsky, Presidente de la Delegación Soviética, lo había mortificado al extremo de llamarme para que lo acompañara a “dar una vuelta”. Recorrimos diez o doce cuadras de la Quinta Avenida y regresábamos por Park Avenue, hacia el Hotel Ambassador, en que se alojaba, cuando encontrábamos una paloma con el ala rota. Ya han pasado diecisiete años pero todavía ahora, mientras escribo estas líneas (pocos minutos después de conocer su muerte) lo estoy viendo quitarse la bufanda, envolver con ella al animalito y entrar en el hotel preguntando por una clínica veterinaria, para llevarlo.

Ya era entonces un hombre maduro y casi viejo, pero ahora lo recuerdo curiosamente moteado de gestos infantiles. Tenía la poco frecuente habilidad del diálogo polifacético, que lo hacía atractivo y ameno interlocutor para todo el mundo. A veces sugería, con la cordial o inteligente presencia de Manuel Félix Maúrtua, que tomáramos un “milkshake”, puntualizando que él no tomaría de chocolate… Cierta vez lo vi enfrascarse en una larga discusión sobre las ardillas con un niño de diez años, al que dejó deslumbrado, un poco por sus conocimientos sobre el tema y otro poco por la forma tan particular que tenía de hablar inglés.

En las Naciones Unidas se le estimaba y consideraba con gran afecto. Hasta su viejo problema con Vishinsky, cuya trascendencia y violencia alcanzó las primeras páginas de los diarios, culminó en un almuerzo al que me cupo asistir y donde el enigmático embajador soviético terminó abrazándolo y ofreciéndole su amistad. Es muy difícil y hasta innecesario juzgarlo a través de una luz imparcial, porque él dejaba una huella cordial y grata por donde pasaba. Tenía, como dijo alguna vez el embajador Luis Fernán Cisneros, que estaba con nosotros, “material para diez conversaciones simultáneas”. Yo diría que, además, era un hombre profundamente bueno y en el calificado sentido de la palabra. Oficialmente, ha muerto uno de los más brillantes internacionalistas del Perú y de América. La noticia dará la vuelta al mundo por los grandes valores propios que con él mueren. Perdemos un hombre muy valioso, un patriarca de la diplomacia, un ex Ministro y un ex Presidente de las Naciones Unidas. Es cierto que su fallecimiento representa una pérdida al país en diversos campos pero fundamentalmente, en lo que atañe al derecho internacional.

Pero en lo atañente al pequeño grupo de estudiantes que lo acompañó desde la Universidad Católica hasta la Cancillería; de ese pequeño grupo en el que sembró raíces hondas de afecto y admiración, y del que fue –al mismo tiempo- un amigo, un profesor y, en cierto modo un padre, su desaparición se envuelve en un halo de pesada nostalgia y la profunda huella que su personalidad y sus enseñanzas dejaron en nosotros, cobra vida en este recuerdo cálido con que se inaugura su muerte.

¡Cuánto lo siento, Maestro…!

DON VÍCTOR ANDRÉS Y YO - HOMENAJE

DON VÍCTOR ANDRÉS Y YO

Por Ciro Alegría

De Expreso, 19 de Diciembre de 1966

El título de esta crónica quizás parezca demasiado presuntuoso. Confieso que me acojo a él para establecer una delimitación necesaria. De otro modo no podría escribir hoy sobre don Víctor Andrés Belaunde, cuyo fallecimiento lamenta la nación. Sus actividades fueron tan múltiples, su actuación tan fecundamente prolongada, (inició su carrera diplomática y literaria antes de que yo naciera), que no me sería posible enjuiciarlo con pleno conocimiento.

Mi ausencia de veinticinco años en el extranjero me impidió, además, leer y observar con la debida atención en todos los casos. Al regresar, para ponerme al día en materia de lecturas solamente, el tiempo me ha resultado corto. Es así como debo escribir acerca de don Víctor Andrés Belaunde en relación conmigo. Mi homenaje será también, aunque fragmentariamente, el testimonio inicial de un escritor de mi generación.

El año 1960, al poco tiempo de haber regresado al Perú para quedarme, fui elegido miembro de la Academia Peruana de la Lengua, correspondiente de la Española, institución de cultura que don Víctor Andrés presidía con acierto y prestigiaba con su nombre de escritor sumamente diestro. Me dirigió entonces una elogiosa nota comunicándome la designación e invitándome a las sesiones. Así lo hice y pude conocer, personalmente, a un anciano de muy avanzada edad que no había mellado su corazón animoso y cuyo pensamiento claro dominaba los más variados temas, discurriendo con verbo fácil y elegante dentro de su sencillez. Era también propenso al humor. Diré mejor que su pensamiento severo a menudo sonreía.

En la Academia de la Lengua, la vasta cultura y la múltiple inquietud intelectual de don Andrés, determinaban que se hablara de todo y no sólo de problemas relacionados con el idioma y la vida institucional. En los últimos tiempos, estaba muy empeñado en que la Academia publicara una serie de clásicos peruanos, comenzando por el Inca Garcilaso. Y así se encontrara en el fin del mundo debido a su actividad diplomática, regresaba siempre a Lima para celebrar con la que “limpia, fija y da esplendor” el día de Cervantes.

A poco de conocernos, me dijo se sopetón: “¿Qué le parece lo que digo sobre Ud. en Peruanidad?”. Admití que no conocía tal libro. Me leyó entonces la siguiente página: “En la Realidad Nacional hicimos una simpática apreciación de la obra de Mariátegui que, es justo reiterar ahora en lo que ella tiene de sinceridad. Pero los marcos y las teorías de influencia marxista no son lo importante en la obra de Mariátegui. Su aporte de valor permanente es su aguda presentación de muchos aspectos de la realidad peruana, sus observaciones e intuiciones concretas y su orientación a la vida nacional en la cual no puede negarse el valiosos antecedente de García Calderón, Riva Agüero y, en general, de la generación novecentista. Las novelas de Ciro Alegría, sobre todo El Mundo es Ancho y Ajeno, dieron respuesta a un anhelo nuestro expresado al final del capítulo de réplica a Mariátegui sobre nuestra evolución cultural: el surgimiento de una obra que recogiera el mensaje de la tierra y el grito de dolor y protesta de la raza aborigen. En estilo cuya modernidad y peruanismo no ahoga las nobles esencias hispánicas, Ciro Alegría ha pintado de un modo magistral e impresionante no sólo magníficos cuadros de nuestros paisajes sino también escenas profundamente representativas de la peculiar vida peruana. En la emoción de la tierra de la raza palpita un aliento de poseís en que se funden el sentimiento telúrico, la nostalgia adolorida y el ansia de infinito del hombre andino”.

Le agradecí sus elogiosos conceptos y luego nos enfrascamos en una discusión larga, un tanto aguerrida y siempre amena. “¡Vaya, Ud. Es un doctor en peruanidad!”, me dijo en cierto momento. No pudimos ponernos de acuerdo en muchos puntos, pero la ponderación que empleaba al discutir y la forma honrada con que admitía algunos ajustes de cuentas a las conservadores del país (Belaunde se decía “conservador democrático”) me hicieron apreciarlo grandemente.

Con el tiempo y a medida que lo fui conociendo más, el aprecio se volvió admiración por el escritor que sostenía con indeclinable honradez sus ideas.

EDITORIAL DE "LA PRENSA" - HOMENAJE

VÍCTOR ANDRÉS BELAUNDE


Editorial de La Prensa, Lima 16 de Diciembre de 1966

Era tan extraordinaria la vitalidad de Víctor Andrés Belaunde que la noticia de su muerte, ocurrida en la víspera de su octogésimo tercer cumpleaños, aún se antoja difícil de creer. Horas antes había pronunciado en las Naciones Unidas un sabio y enérgico alegato en defensa de los poderes de la Asamblea General.

Los más fervorosos entusiasmos de sus dos últimas décadas de vida fueron dedicados por Belaunde a la organización mundial, en la que había representado al Perú desde la conferencia inaugural de San Francisco y en la que había presidido el Consejo de Seguridad, primero, y la Asamblea General, después. Su nombre está ligado a muchos debates esclarecedores e hitos importantes en la vida de las NU., y singularmente a la genuina universalidad de la organización, por haber sido Belaunde el gestor de la fórmula de arreglo que rompió el “impasse” que se oponía a la admisión de nuevos miembros.

Pero la figuración internacional de Víctor Andrés Belaunde no puede opacar su esencial significado peruanista, del que aquella fue la manifestación externa. “Peruanidad” fue precisamente el título de una de sus obras principales, contribución sañera a una filosofía de la historia del Perú.

El Perú fue también el personaje principal de sus libros “Meditaciones Peruanas” y “La Crisis Present”, colecciones de ensayos políticos y sociológicos; “La Realidad Nacional”, respuesta a los 7 ensayos de Mariátegui; “La Constitución Inicial del Perú”, y “Nuestra Cuestión con Chile”, exposiciones ambas de los derechos territoriales del país. Entre los muchos otros volúmenes de la copiosa bibliografía de Belaunde, no se pueden olvidar su biografía de “Bolívar”, sus intervenciones parlamentarias de la Constituyente de 1931 recogidas en “El Debate Constitucional”, su reciente libro sobre las Naciones Unidas y sus tan esperadas pero ya, por infortunio, inconclusas Memorias, de las que había alcanzado a publicar los dos volúmenes sobre la Arequipa de su infancia y sobre su juventud en la Universidad. Hay que mencionar también sus libros filosóficos, como “La Filosofía del Derecho”, y “El Cristo de la Fe y los Cristos Literarios” de honda raíz agustiniana. Hasta la víspera de su muerte, Belaunde hacía vigilia cada madrugada para leer devotamente algunas páginas de San Agustín.

La intervención de Belaunde en la vida pública peruana no se limitó a la diplomacia, en la que sirvió desde los 17 años hasta los 83, sin más interrupción que el curul y el exilio. Este le fue impuesto por la defensa que, como maestro universitario, hizo de los fueros del Poder Judicial. Se ha dicho ya que integró la Constituyente y habría que añadir que, como uno de los redactores del Anteproyecto y como miembro de la Comisión que lo dictaminó, estuvo entre los padres de la actual Constitución de la República.

Sólo a los 74 años, aunque en pleno vigor de su formidable salud física y espiritual, se le encomienda el Ministerio de Relaciones Exteriores al más eminente internacionalista del Perú. Él habría de sacrificar esa posición para que la misma justicia se hiciera, aunque también tardíamente, a otro ilustre postergado, Raúl Porras.

Maestro universitario de impar sabiduría, Víctor Andrés Belaunde fue Maestro también en la más difícil y noble de las enseñanzas: la de vivir a plenitud, con generosa entrega de sí mismo, al servicio de su país y de la humanidad.

miércoles, 6 de octubre de 2010

DISCURSO DEL DOCTOR ANDRÉS TOWNSEND ESCURRA

Homenaje del Parlamento
DISCURSO DEL DOCTOR ANDRÉS TOWNSEND ESCURRA, DIPUTADO POR LAMBAYEQUE, EN HOMENAJE AL DR. VÍCTOR ANDRÉS BELAUNDE
Sesión del 15 de Diciembre de 1966

El señor TOWNSEND EZCURRA.-
Señor Presidente:
En nombre de la Célula Parlamentaria Aprista quiero asociarme al homenaje que esta mañana se tributa a la memoria del que fuera en vida don Víctor Andrés Belaunde Diez Canseco.

Lo hacemos desde la trinchera partidaria e ideológica de quienes tuvimos con el doctor Víctor Andrés Belaunde diferencias profundas; que lo combatimos y que fuimos combatidos por él. Pero en esta hora póstuma, de la reconsideración y del recuerdo, sólo cabe de nuestra parte, para esta figura descollante de las letras, de la política y de la diplomacia nacionales, nuestro sentido y profundo homenaje.

Víctor Andrés Belaunde perteneció a una generación por muchos títulos, notable en la historia del país y es el último que se extingue de esa promoción humana que contó entre sus valores sobresalientes a José de la Riva Agüero, a Francisco y a Ventura García Calderón, a José Gálvez y a tantos otros.

Víctor Andrés Belaunde identificó su destino y su vocación con los problemas del Perú: desde su ingreso temprano al servicio del Ministerio de Relaciones Exteriores, hasta su culminación patriarcal y patricia de la noche de ayer, ejerciendo la Representación del Perú ante las Naciones Unidas, cargo que le correspondió desempeñar con breve interregno, desde el nacimiento de la Organización.

Belaunde fue un intelectual proteico, fecundo, laborioso e imaginativo como pocos en la historia contemporánea del país. Entregó su preocupación intelectual a los más diversos quehaceres. Fue habilísimo diplomático, eximio orador de escuela clásica, polemista, tribuno parlamentario, ensayista, místico en sus momentos supremos de interés por los problemas trascedentes del hombre, hombre cordial, peruano enterizo en todas sus cualidades.

Víctor Andrés Belaunde tuvo un puesto como representante por Arequipa en este mismo hemiciclo y tomó parte de las deliberaciones históricas que culminaron en la redacción de la Carta Constitucional de 1933, sabio instrumento que todavía nos rige. Belaunde manifestó su preocupación por incorporar a esta Carta nuevos dispositivos adecuados para resolver problemas del estado moderno, tanto en lo social como en lo político. Realzó la importancia del Parlamento, y subrayó la necesidad de establecer un Consejo de Economía Nacional, coincidiendo con tesis que había postulado nuestro Partido durante la campaña electoral. Aportó en suma, el vasto repertorio de su erudición, de su conocimiento y de su ardido desvelo por los destinos del país en aquellos años fecundos y dramáticos del 31 al 33.

Víctor Andrés Belaunde tomó asiento en el sector de la derecha y tuvo frente a él, en los momentos cenitales del debate constitucional a las grandes figuras de nuestra primera Célula Parlamentaria Aprista. Entre las páginas más notables de la historia parlamentaria peruana, habrán de figurar siempre, con valor de antología, los debates que entonces protagonizaron Víctor Andrés Belaunde en nombre de un pensamiento tradicional y conservador del país, renovado por las proyecciones que le diera el autor de “La Realidad Nacional” y el pensamiento que irrumpía vigoroso, pujante y revolucionario del Apra, a través de Manuel Seoane, de Luis Alberto Sánchez, de Pedro Muñiz, de Manuel Arévalo, de toda aquella falange que debió dirimir posiciones y aclarar ideologías en el gran debate con Víctor Andrés Belaunde.

Yo sé bien, porque fui amigo de hombres de uno y otro bando, -en algunos, con cercanía de hermano-, en otros, con la amistad que me brindó en sus últimos años Víctor Andrés Belaunde, sé como estas figuras se respetaron y cómo alternaron con dignidad en el debate de las ideas y para mí, será siempre un hecho infortunado que Víctor Andrés Belaunde a partir de 1933, cuando definió una figura de ideólogo, no continuara esta trayectoria política y no diera a nuestra derecha peruana, lo que tanto tiempo ha venido necesitando, es decir una creación ideológica, un programa, una norma política. La ausencia de un creador y de un estilista de las ideas al modo de Víctor Andrés Belaunde, cooperó a que la tendencia tradicional y conservadora de nuestro país buscara los caminos de la fuerza y no se interesara por darse, como lo intentó Belaunde en 1930, la norma y la disciplina ideológicas que tanto necesitaba el país para bien de ese grupo y para bien de los grupos que se le oponían.

Debo recordar como Parlamentario que el doctor Víctor Andrés Belaunde tuvo aquí, en esta Cámara, una actitud valerosa y enérgica de solidaridad con los Diputados Apristas, cuando estos fueron extraídos violentamente por el régimen dictatorial iniciado a partir del 15 de febrero de 1931, y que entonces, como a lo largo del debate constitucional, don Víctor Andrés Belaunde levantó su voz en defensa de los fueros parlamentarios brutalmente atropellados.

Fue otro después el cauce de su vida. Volvió a sus primeras inquietudes de la diplomacia, sirvió al país con singular nombradía y alcanzó lo que debe considerarse la cina y culminación de una carrera, como fue la Presidencia de la Asamblea de las Naciones Unidas en 1959. Tuve entonces el privilegio de conocerlo y de acompañarlo en representación del Perú y me consta que esta figura patriarcal, vinculada a la obra de la organización desde la Carta misma de San Francisco, vehemente, gestuosa, llena de brío no obstante su ancianidad, llegó a convertirse en una de las figuras clásicas y respetables de esa gran comunidad internacional que lo reconocía implícitamente como el Decano de los representantes ante las Naciones Unidas.

Debo completar esta apresurada silueta del gran desaparecido recordando su ingente cultura y las preocupaciones de orden religioso y de orden peruano que influyeron en su fecunda producción. Belaunde vivió preocupado por el tema de Dios; desde los instantes juveniles de la disconformidad y de la protesta, similar a la de sus compañeros de generación, hasta el regreso al seno de la Iglesia para profesar, como ellos, con devoción ascendrada y hasta espectacular, la religión de sus mayores, Belaunde cultivó, entre los valores esenciales de la catolicidad, a dos grandes figuras, una santa y una laica. A San Agustín, el gran converso y a Pascal, el filósofo del siglo XVII contaminado, empero del austero pensamiento jansenista. Se movió entre estas dos figuras con afecto y hasta con ternura y profundizó, en múltiples lecturas, las fuentes mismas de los Libros Sagrados y la sabiduría escolástica. Se abrió siempre, con su mocedad intelectual e irredimible de anciano victorioso, hacia los problemas de la modernidad. Todos los que le conocieron recordarán, esta capacidad de Víctor Andrés Belaunde por interesarse por las cosas nuevas, los autores recientes, los libros inéditos, la frescura de un aporte original. En nuestro país y en nuestros países latinoamericanos, donde la inteligencia se riega con tanta generosidad, pero que se agosta y marchita con tan lamentable prontitud, la presencia de ancianos como Víctor Andrés Belaunde es motivo para reconfortar nuestro optimismo en la capacidad de juvenilia de la raza.

Señor Presidente: Tuvimos, como señalé al comenzar, este homenaje, graves diferencias con el doctor Belaunde. Mantuvimos con él serias discrepancias y luchamos en los terrenos de la ideología y de la política contra ideas y actitudes que tuvieron el él defensor. Pero en este momento supremo de su muerte, cuando entrega su alma a ese Creador, cuya presencia y cuyo mensaje tanto le apasionaron durante su vida, no tenemos que decir sino nuestra palabra de solidaridad de peruanos en el duelo que afecta a su familia y conmueve al país.

DISCURSO DEL DR. JOSÉ LUIS BUSTAMANTE Y RIVERO - HOMENAJE

Discursos en el Cementerio

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL DR. JOSÉ LUIS BUSTAMANTE Y RIVERO, EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA Y JUEZ DE LA CORTE INTERNACIONAL DE LA HAYA, A NOMBRE DEL COLEGIO DE ABOGADOS DE AREQUIPA
Hay hombres cuyo paso por el mundo suscita una sensación de permanente plenitud: Lleno de lumbre el espíritu, colmada de eficacia la obra, rebosante de ejemplos la conducta, henchido de nobleza el corazón.

El hombre que aquí yace fue uno de ellos. Sin riesgo de redundancia, cabe decir que en Víctor Andrés Belaunde se daba un caso de plenitud integral, la cual, por lo que hace al tiempo, tuvo expresión en todas las épocas de su vida y, en lo que concierne el espacio, abarcaba con docto señorío los ilimitados dominios del pensamiento para encontrar en ellos un ámbito de dimensión universal. Examinemos estos dos aspectos de la plenitud de Belaunde.

Plenitud en el tiempo. Cuando joven, él mostraba junto al ímpetu de la sangre nueva la jugosa sapiencia de un espíritu en madurez. Y en sus años provectos, la carga de experiencia de los largos lustros vividos se vestía de la ágil ligereza de un magisterio juvenil. Era así Belaunde una especie de síntesis en cuyos crisoles se fundían los más preciosos atributos de juventud y de vejez, para transmitir a quienes le rodeaban la impresión inequívoca de un mago que ha detenido el tiempo con el designio de dar longevidad siempre lozana a su misión sobre la tierra. Por eso, la sorpresa de su muerte nos ha sumido en estupor: Nadie esperaba la extinción del recio anciano que día a día le ganaba batallas a la vida para sobrevivir en plenitud, sin rendirse jamás a la asechanza de las decadencias otoñales. Mas esa fue, precisamente, su postrera lección: acaba de legarnos el ejemplo de una vida tan plena, tan cabalmente plena, que hasta el último día estuvo consagrada con obstinado e incansable dinamismo al ejercicio de su humanísimo apostolado.

Plenitud en el espacio. Belaunde fue filósofo y jurista, historiador y sociólogo; buceaba con angustia en las nuevas técnicas nucleares para descubrir átomos de paz; su poderosa fantasía le hacía ser poeta y había en sus transportes oratorios destellos de creador. Lujosa pluralidad, en suma, de un ecumenismo enciclopédico. A través de ese mundo intelectual en que se movía, él creía en los altos destinos del hombre; y fascinado por esa perspectiva buscó en las instituciones ecuménicas del orbe un escenario fructuoso para sus ansias de acción. Docencia universitaria, diplomacia internacional, Iglesia son organismos universales dentro de cuyas órbitas se forjan los ideales de la juventud, el porvenir de las naciones y los supremos objetivos del alma. A todos esos campos, variados al parecer, pero coincidentes en su finalidad de superación humana dedicó Belaunde el ahínco impetuoso de su mente universalista y de su voluntad soñadora. Consagróse a ellos plenamente, integralmente, con la totalidad de su ser. “Maestro” le han llamado con unanimidad sin restricciones varias generaciones de peruanos y muchos extranjeros. En la Universidad Católica del Perú dictó cátedra dentro y fuera del aula con la sabiduría del pensador, con la versación del erudito, con el puritanismo de su conducta, con el acento fervoroso de su peruanidad. En certámenes y debates internacionales y muy particularmente en el seno de las Naciones Unidas puso su talento y su oratoria al servicio de la causa de la paz con la convicción de un apóstol y el arrastre convencido de un iluminado. Finalmente, como abanderado civil de la Iglesia Católica Peruana se hizo un teólogo laico para dar testimonio del mensaje de Cristo; y en su vida privada, la sinceridad de su catolicismo suscitó el respeto de los miembros de otras religiones. Practicó Belaunde, en una palabra, la plenitud de una trascendente acción social y humana, cifrada toda ella en su afán de depuración progresiva del hombre en sus aspectos educativo, cívico, comunitario y religioso.

Y hubo en él, todavía, otra forma de plenitud más íntima y modesta si se quiere, pero sentimentalmente más honda: la plenitud de su alegría interna en el campo privado de las relaciones humanas. Belaunde rebosaba optimismo y jovialidad. La fresca juventud de su espíritu practicaba el deleite de la conversación y manejaba magistralmente los resortes del humorismo. Poseía el don de DAR: se daba él mismo todo entero a los demás en la agudeza de su ingenio, en la finura de sus apostillas, en la delicada exteriorización de sus afectos. Era un millonario de generosidad que, sin ostentación ni apego por los bienes materiales, supo dilapidar sin tasa los caudales de su auténtica riqueza espiritual. Maravillosa plenitud de sembrador de sensaciones que infundía en sus amigos grandes y pequeños, pobres o afortunados, la ilusión bienhechora del goce de vivir.

El Perú debe mucho a Víctor Andrés Belaunde. Su deuda para con él es inconmensurable porque él le donó valores no susceptibles de cotización. Valores intangibles pero excelsos de probidad moral, de ejemplaridad sobresaliente, de fe inquebrantablemente optimista, de sensato equilibrio humano, de honroso prestigio internacional. Por eso el Perú está aquí presente en este instante penoso, con sus Poderes Públicos en duelo, con sus armas rendidas, con su pueblo entristecido y en congoja. Ese homenaje unánime de la Nación está llegando, estoy seguro, hasta la intimidad de este féretro como un voto de compañía de emocionada gratitud.

El mundo personificado en las Naciones Unidas, reconoce igualmente una deuda sagrada para con Belaunde, porque en él tuvo un permanente y esforzad adalid de nobles causas y un promotor sin desmayos de la paz universal. Por eso aquí, delante de sus restos, la diplomacia del mundo presente con las personas de sus conspicuos representantes, trae también su despedido a uno de sus colegas más egregios.

Arequipa está también está presente para decir su mensaje al gran arequipeño. Y en su mensaje de madre tiembla el duelo de esta partida sin retorno que ha estremecido sus extrañas con el dolor de una tremenda desgarradura. Las instituciones tutelares de la ciudad se hermanan en el luto por éste que fue uno de sus hijos más dilectos; y el Colegio de Abogados de Arequipa, que le contaba con orgullo entre sus miembros eméritos, me ha conferido el encargo de traer a esta ceremonia el testimonio de su admiración y de su condolencia. Al cumplir este encargo, no puedo menos que llamar a evocación la más preciada característica de la tradición arequipeña: La ciudad del Derecho vio una vez más confirmada su estirpe jurídica con la aparición de Belaunde; y tras la reseña de esa vida tan afanosamente consagrada a la defensa de los fueros humanos y de la fraternidad en la justicia viene a las mentes la certidumbre de que, una vez más también, la tierra de Martínez y Pacheco ha añadido en la figura de Belaunde un nuevo eslabón de honor a sus ya viejos lauros de tierra de juristas.

Y los amigos de Belaunde reclamamos, finalmente, un rincón de este homenaje para decir nuestros adioses a ese entrañable camarada que fuera en vida para todos un profesor de sana alegría, un señor del buen consejo y un poseído de la eterna esperanza. Por el bien que nos hicieron vuestras palabras, por el ánimo que nos infundieron vuestras actitudes, por el recuerdo que nos deja vuestro afecto, gracias. Maestro amigo. Si en el conjunto de voces de despedida que mudamente vibran en el silencio de este cementerio quisiéramos los aquí presentes deciros algo que, más allá de este sarcófago, pueda halagar vuestro oídos terrenos, os diríamos sin vacilar, doctor Belaunde, invocando vuestra vocación de hombre pacífico y bueno: ¡Que la paz dé sombra a vuestra tumba!











PALABRAS DEL R.P. FELIPE MAC GREGOR A NOMBRE DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA - HOMENAJE

Discursos en el Cementerio

Formando parte del cuerpo de nuestra nación, de sus leyes, instituciones, disposiciones administrativas, pero formando parte sobre todo del alma de nuestra nación de sus ideales, sus aspiraciones, sus angustias como del pulso de sus días, unida con una maternidad intelectual y moral a muchos hombres en quienes parece como anhelar más hondo el espíritu de la patria, vive hace 50 años, la Universidad tuvo en el Maestro Belaunde un apoyo, una inspiración y una guía.

Comprenderéis por qué al callar ahora su voz, el silencio nos sobrecoge primero y nos obliga después a oír los otros modos, a buscar los otros vestigios, cómo su inspiración, su guía pueden llega hasta nosotros.

Nos sobrecoge el silencio de quien fue voz, palabra ardiente, imagen modulada por la emoción, la inteligencia.

Nos sorprende la rigidez de un cuerpo cuya actividad pasmosa lo hacía casi diáfano, transparente, dócil al espíritu.

Nos confunde la falta de la luz en sus ojos, esa luz que no sólo era el fulgor, el brillo de su inteligencia, sino también la mirada amiga, amable, la que censura, como la que atrae.
El frío de su cadáver contrasta tanto, es tan opuesto al calor ardiente de su afecto de amigo, de maestro, de creyente, de buscador incansable, de peregrino del mundo!

Esto es irreversible: Cuando vuelvan su voz, su mirada o el calor de su cuerpo se habrá acabado el tiempo que contamos los hombres, y empezará el día del Señor, cuando Él marcará el tiempo si orillas.

Es cierto, pues, que no podemos ya ir tras el llamado de su voz amiga, ni podemos leer en su mirada la decisión de su voluntad, ni sentir la fineza de su afecto; por otros vestigios hemos ahora de andar para encontrar su inspiración.

La Universidad es la certeza firme que se afianza en el saber iluminado por la fe.

La Universidad es la búsqueda incesante de las verdades a que ese saber se extiende y con las que se ilustra.

La Universidad es el amante, apasionado empeño, de que la verdad ilumine la vida de las naciones, los pueblos, o la humanidad entera: por eso la Universidad es la patria hecha lección, preocupación y amor intelectual como el que Spinoza reserva para las más grandes entre las cosas.

La Universidad es, además, el trabajoso esfuerzo, el trajín sin desmayo para que aprender y estudiar, dialogar y buscar la verdad, puedan ser hechos con decoro, libertad y seguridad.

El testimonio de su vida, la “Palabras de Fe” ó “El Cristo de la Fe” del Maestro Belaunde, son algunos de sus muchos testimonios, de cómo la tensión entre saber y creer es una tensión real, son además, la prueba viva de que esa tensión tiene solución, pero que la solución no es una fórmula sino un espíritu, una actitud que la Universidad Católica tiene la misión y la obligación de crear.

No hay Universidad donde no hay búsqueda de verdad, ya sean las verdades de unos límite territoriales, como las leyes internas que dan consistencia y dinamismo a una síntesis que vive. Para la Universidad Católica será siempre una inspiración la inquietud de este constante buscador que enseñó a buscar, despertó en muchos la ambición de conocer.

La fe del Perú, la vida del Perú, la historia del Perú, los hombres del Perú, conformamos una síntesis viviente que es la peruanidad. Belaunde fue el alquimista que estudió esa síntesis y su taller, sus alambiques y redomas para el análisis o las pruebas, fueron su casa y nuestra casa: la Peruanidad y su estudio estarán siempre asociados al Maestro Belaunde y a la Universidad Católica del Perú.

Pero, además de dedicarse en la Universidad a las grandes urgencias intelectuales, Belaunde también trabajó con tesón y desinterés admirables en su gobierno. Su título de Rector Emérito es quizá el más justamente concedido por la Universidad: desde que ingresó a ella fue miembro del Consejo Superior, más de 35 años en el máximo órgano del gobierno de entonces y en los que después se sucedieron al perfeccionarse la estructura y sistema de gobierno de la Universidad Católica.

Por estos caminos de síntesis de fe viviente, ardiente pasión intelectual, amor sin fronteras al Perú y amor a la Universidad leal y sacrificado, como todo amor auténtico, podremos los hombres de la Universidad encontrar la voz amiga, la guía, la inspiración de Belaunde.

Estas palabras no son nuestro homenaje, su homenaje es la obra por él hecha y la que muchos otros han hecho y hacen la Universidad inspirados por él.

Con Belaunde muere uno de los hombres que Dios providencialmente asoció con el Padre Jorge para establecer la Universidad, tales fueron José de la Riva-Agüero, Cristóbal de Lozada, Raymundo Morales de la Torre.

Menciono a algunos de los fallecidos. Nos queda a los que vivimos y fuimos testigos de la dedicación de Belaunde y estamos como él convencidos de la importancia de la obra, no sólo continuar sino mejorar la Universidad Católica.

Siento frío ante la grandeza de la misión, afectivamente siento la falta de este amigo y consejero, por eso mi fe de cristiano me vuelve a Dios y a un nuevo intercesor que la Universidad tiene ante Él y le encomiendo, le pido, que continúe velando desde el cielo por lo que tan noble, tan celosa, tan abnegadamente trabajó en la tierra.

ADIOS AL MAESTRO INOLVIDABLE - HOMENAJE

DISCURSOS EN EL CEMENTERIO

César Pacheco Vélez, en nombre de sus discípulos

De pronto, una ráfaga fulminante se ha llevado a Víctor Andrés Belaunde, como si un rayo hubiera caído sobre el viejo árbol enhiesto, pletórico de fronda, cuajado de frutos todavía, a cuya sombra hospitalaria todos nos acogíamos y al que nos abrazábamos intentando preservarlo de las contingencias inexorables del tiempo. Lejos de esta patria peruana que fue su pasión y fue su ensueño, per a unos pasos apenas de ese foro mundial en que se debatían los destinos de su patria ecuménica y donde su palabra, unánimemente reconocida y respetada, encarnaba la milenaria prestancia de esta tierra, al caer la noche, junto a su esposa y compañera, ha dado su última batalla y ha pasado de la juventud a la eternidad, casi de pie, al concluir la última jornada de su prodigiosa ancianidad, que no conoció la fatiga ni el lento declinar de la senectud.

A él no lo ha sorprendido la muerte: la esperaba como buen cristiano y dialogaba diariamente con ella en sus vigilias, en la dulce compañía de sus propios muertos, de sus sabios y de sus santos, Bossuet y Pascal, Martín de Porras y Teresa de Jesús. Se ha despedido con serenidad de esta vida que amaba entrañable y desbordantemente. Y aunque estaba adherido a la tierra, al paisaje y a sus gentes con entusiasmo y alegría, trashumante incansable, se ha ido preparado para este viaje que ya lo urgía y apremiaba, vislumbrando con resignación y con nostalgia el desasimiento final de los seres y las cosas queridas de este mundo. Era un exultante amador de la vida, pero en su sangre y en sus huesos la había transido luminosamente de espíritu. Vida era para él la liturgia y la plegaria cotidiana de su fe conmovedora; vida el paisaje con su contorno y su confín, inundando los estadios de su alma; vida, el diálogo abierto a todos los horizontes que animaba con el fuego de su comunicación diáfana, de su simpatía rebosante; vida la tarea intelectual, de idealidad fervorosa, de intuitiva creación incesante, de expresión apotegmática; vida, la lectura fecunda, el trabajo estimulante, el servicio abnegado de su causa; vida, la contemplación de la belleza que siempre lo deslumbraba y conmovía, en el crepúsculo o el sosiego del campo, en la mujer, que consideraba la más hermosa creación divina, o en las acciones buenas de los hombres; vida el yantar afable y sencillo, rodeado de los suyos; vida en fin, la vida misma, particular y concreta de cuantos lo rodeaban para descubrir en todos sus virtualidades positivas ¡con qué generosidad y nobleza!

No sólo ha culminado una biografía eminente, con sus luchas y sus abatimientos, sus ilusiones y sus desengaños, sus glorias y sus triunfos extraordinarios: se ha ido una humanidad de leyenda, una manera anchurosa, cálida y confortante de vivir y de amar, una forma auténtica y cabal de ser bueno. Dice el Eclesiastés que “la sabiduría del hombre ilumina su rostro y muda la rudeza de su semblante”. Así, iluminada por su sabiduría y su bondad, queda indeleble en mi memoria conmovida su imagen patricia y venerable de claro patriarca, hidalgo arequipeño universal de hondos surcos y mirada penetrante y vivaz, que agitaba los brazos para estrechar la amistad efusiva y la comunidad de los ideales o para sellar sin discordia la altiva y honesta discrepancia. Así lo veo: volviendo a su sitio el rebelde mechón que le caía sobre la noble frente, o el supérstite lazo negro de la corbata, expresivo de la simbólica trabazón de las generaciones que en él confluían y desde él se proyectaban; su caminar increíblemente ágil y erguido; el énfasis, el vigor, el pastoso don suasorio de su voz y su palabra, rica de matices, desde el grito enardecido hasta el susurro, cuya elocuencia nunca puso al servicio del rencor ni la envidia; la eficacia definitiva de su ademán y de su gesto, que ejercitaba espontáneo y libérrimo, sin el mezquino freno de los respetos humanos; la vertical reciedumbre de su talante, que surgía desde sus más profundas raíces telúricas y atávicas, prodigando el aroma de su buen humor, eufórico y risueño, sencillo y de verdad humilde.

Más allá de las ceremonias convencionales y de las honras póstumas, se ha ido un hombre excepcional y por eso nos hiere un dolor lúcido y desgarrado que ningún homenaje puede disipar. Los peruanos, aún aquellos que no han vibrado con su oratoria, ni aprendido la lección medular de sus libros, ni comprendido en toda su dimensión el desamparo de esta hora, saben que él era un hombre grande y bueno en quien la Nación había concentrado muchas de sus virtudes seculares para que él las expresara luego en la maravilla de sus fórmulas y de sus iluminadas teorías. Trabajó sin descanso por la paz y fraternidad entre los pueblos, y por eso una onda de emoción ha recorrido los cables de todos los confines para traernos el testimonio de un sincero duelo internacional.

¿Qué voy a decir Víctor Andrés ante tus restos mortales, en nombre de tus discípulos, que fueron tantos y mejores que yo? Apenas la promesa balbuciente de mantener vivas esas parcelas de tu hermosa heredad que nos hiciste compartir contigo: las páginas de la revista que fundaste hacen ya casi cincuenta años y en las que nos enseñaste a comprender que el tiempo es experiencia y no distancia, porque supiste ser el vínculo cordial de cinco generaciones y nos diste la lección de tu perenne juventud y de tu insobornable voluntad de forjar las solidaridades en el trabajo, en el amor y en la fe; las aulas del Instituto que creaste para perpetuar la memoria ejemplar de tu compañero de ideales, pero sobre todo para acendrar la esencias del Perú, sin impíos olvidos, para afirmar y enriquecer la síntesis viviente que tú has descubierto y rescatado para siempre del fondo de los siglos, dándole un sentido primaveral a nuestra historia.

Te has ido Víctor Andrés, súbitamente, conforme nos lo habías anunciado. Ante tu muerte idónea, como la ansiaba Rilke para sí, podemos decir que se ha cumplido la parábola de tu vida como tú la quisiste: inquietud incesante, que es el ansia de Absoluto; serenidad, de trecho en trecho, que es la ilusión o la esperanza de poseerlo. Y en ese ritmo espiritual de inquietud y serenidad que ha dado sentido a tu existencia, al culminarla y presentarte ante Dios: la Plenitud a que estabas llamado, para decir las palabras de San Agustín, tu predilecto: “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no repose en Ti”.

Adiós maestro noble y querido, maestro inolvidable. Te has ido, pero bien sabemos que no estarás ausente de nosotros. Vives ya en la conciencia de la patria peruana, que palpita de dolor en este día triste, pero también de fe en los destinos que tú le iluminaste. Vives ya en los corazones de los hijos de tu espíritu, como una llamarada que abrazaremos siempre con devoción y con ternura.

EL DEBATE CONSTITUCIONAL - EL PROBLEMA INDÍGENA

EL PROBLEMA INDÍGENA

Sesión del 2 de Setiembre de 1932

El señor BELAUNDE.- El dictamen de mayoría ha consagrado ya le reconocimiento jurídico de las comunidades indígenas y ha aceptado el principio en mi concepto inconcuso sobre la propiedad colectiva, expresando el propósito olvidado en cien años de vida independiente, de dar para el indígena una legislación que reemplazara a la antigua. Si bien es cierto que el dictamen en mayoría contiene esos principios fundamentales, ha omitido dos, que eran esenciales y que completan el imperioso programa del momento actual. La comisión presidida por el doctor Villarán y a la que tuve el honor de pertenecer, respondiendo no sólo a vieja convicción de muchos de sus miembros, sino al ambiente espiritual que se había creado por obra no sólo de escritores de extrema izquierda, como el señor Mariátegui, sino de derecha, o centro, como el que habla, aceptó el principio que no era nuevo en la legislación peruana, ni en los antecedentes de la reforma americana, en virtud del cual el Estado debería procurar dotar de tierras a las comunidades indígenas que carecen de ellas, tomándolas de la propiedad particular en caso necesario. La comisión incluyó también otro principio fundamental, consecuencia lógica del primero: “La Constitución reconoce la autoridad de los funcionarios indígenas elegidos en la forma en que acostumbran las poblaciones campesinas; ejercerán funciones municipales en los “ayllos” y serán amigables componedores en la forma consuetudinaria”. Estoy de acuerdo con la tesis que sostiene que no puede incluirse en la Constitución el articulado detallado que corresponde a la ley; pero al mismo tiempo creo que existe un compromiso moral y en cierto modo un compromiso político de incluir en la Constitución los fundamentos de la legislación indígena que el Perú está obligado a dar.

Estos principios de respeto a las autoridades consuetudinarias, o sea el derecho consuetudinario indígena, y la promesa de que faltando tierras para las comunidades el Estado procurará dárselas expropiándolas aun del dominio particular, no son ninguna novedad que pueda alarmar a los conservadores. En primer término, ese respeto al derecho consuetudinario no supone para el indígena una posición de inferioridad sino al contrario una posición de privilegio. Es una realidad que nuestros indígenas no han sido asimilados por la nacionalidad, y el error de la revolución, fue querer aplicar al indígena aquel concepto de igualitarismo geométrico para el cual no estaba el indígena preparado. No son hombres de derecha, sino de izquierda, los que afirman que la legislación española, y la misma política general de la Colonia respecto de los indígenas ha sido superior a la política general de la República. Ha llegado, pues, el momento en que nosotros debemos rectificar la preterición y el injusto olvido en que se encuentra la raza aborigen, estableciendo las bases de una nueva legislación.

Acepto la tradición en un sentido evolutivo para depurarla y superarla. Así traigo a la Cámara el recuerdo de hermosos precedentes reformistas del siglo 18. Tomar la tierra del Estado para darla al indígena, cuando el indígena no tiene tierras, y no solamente esto, sino expropiar el latifundio inexplotado o el latifundio inconvenientemente explotado, no es una idea socialista de hoy. Hace más de un siglo, en 1798, Fray Antonio de San Miguel, Arzobispo de Michoacán, presentó un informe el Rey de España, acerca de la raza indígena, informe que fue obra de su vicario Abad y Queipo. En él se decía que las tierras del Estado que son baldías y las improductivas de particulares había que darlas a los indígenas. Ya veis que la idea de la expropiación del latifundio es una idea de 1798, y no es una idea radical. Esa idea debe ser consignada en la Constitución del Perú. El gran Humboldt elogia aquel informe de 1798. En el famoso libro sobre “Nueva España”, trascribe el texto completo del famoso documento. Desgraciadamente la reforma se orientó en el sentido de procurar la propiedad individual para el indígena, porque en aquella época dominaba el concepto individualista. Siguiendo esa tendencia las Cortes de Cádiz establecieron la propiedad con carácter individual. Reproduciendo lo ordenado por las Cortes de Cádiz, Bolívar dictó su decreto estableciendo la división de la propiedad de las comunidades. Pero lo principal en este movimiento, no fue la individualización de la propiedad que, como he dicho, fue una desviación; lo principal era defender al indio propietario ya hacerlo propietario con las tierras del Estado o con las tierras del latifundio improductivo. ¿Qué excusa tendría la Constituyente de 1932 si no toma en cuenta un movimiento a tono con el sentimiento de justicia social que hoy reina en el mundo y que tiene tan hermoso precedente en lo que podemos llamar el reformismo autóctono de América? Yo, hombre de derecha en moral y en religión, siento orgullo de traer ese precedente a la Cámara y decirle a esta Asamblea, principalmente izquierdista: señores de derecha e izquierda, hagamos una Constitución justiciera y declaremos que el Estado dará tierras suficientes a los indígenas que no las tengan, tomándolas de los latifundios o de las tierras del Estado. (Aplausos). En esto no me aparta un punto del magnífico código social del Instituto de Estudios Sociales que presidió el Cardenal Mercier en Bélgica, porque acepta la expropiación de las tierras improductivas, con indemnización. Y aquí me separo del señor Feijóo Reyna. Creo que es necesario establecer el principio de la indemnización; porque sólo dentro del concepto de que toda propiedad pertenece al Estado no cabe la indemnización; pero yo no creo que toda propiedad pertenece al Estado, pues acepto el principio de la propiedad particular con el control de normas jurídicas para castigar los abusos de este derecho. De acuerdo con aquel mismo Código Social y con nuestra tradición jurídica, podemos aceptar el artículo que formuló el ante-proyecto, tan injustamente desdeñado por la comisión de Constitución.

La adición se impone. No es posible que dejemos a una legislación que puede o no darse, el principio aquel que representa una promesa que el Estado debe hacer y que representa, la parte social del programa indígena; porque al indígena hay que defenderlo cuando es propietario, y cuando no es propietario, hacerlo propietario. (Aplausos).

El otro punto, señor, a que se refiere la adición que presento con el señor Vara Cadillo, es el relativo al respeto del derecho consuetudinario. Nosotros tenemos que rectificar el criterio geométrico, el criterio de absurda simetría artificial que ha inspirado nuestra legislación. No es desdeñar al indígena aceptar la situación especial en que el indígena se encuentra. Al contrario, aceptar esa situación realista para proteger al indio y defenderlo, imponiendo al Estado especiales obligaciones y aún limitando el ejercicio de ciertos derechos que en el indígena serían un mero convencionalismo, no es colocar al indio en condición de inferioridad desde que la ley le da los elementos para que hallándose en capacidad y en la condición de los demás ciudadanos ejerza los mismos derechos. Es algo muy curioso, nos preocupamos sólo de darle al indígena un voto cuando el indígena no necesita voto: lo que el indígena necesita es cultura y pan. Ahora bien, si estamos de acuerdo en que no es ofensivo para el indígena aceptar esta situación especial en que se encuentra; si estamos de acuerdo en que poco a poco aquellas instituciones consuetudinarias deben evolucionar hasta armonizar con las demás instituciones del país, si estamos de acuerdo en que la legislación debe colocar al indio en pie de igualdad con los demás, o mejor diré, darle un privilegio hasta que obtenga ese pie de igualdad, no encuentro inconveniente para que se diga que aceptamos la personería de las comunidades indígenas y que la Constitución reconoce la autoridad de los funcionarios indígenas elegidos en la forma en que acostumbran las poblaciones campesinas y agreguemos que ejercerán funciones municipales en los ayllus y serán amigables componedores en forma consuetudinaria. La situación de la raza indígena exige que se mantengan aquellas autoridades porque esas autoridades los conocen mejor y los tratan mejor.

El problema indígena representa dos aspectos más que yo no puedo dejar de tocar en la Cámara: la lucha contra el alcoholismo y la formación de escuelas especiales. La lucha contra el alcoholismo entraña salvar la salud y el vigor de la raza indígena. Me decía el señor Campusano, un boliviano ilustre cuando era yo Encargado de Negocios en La Paz: quizá fuimos derrotados en la guerra del 79 como una especie de sanción inmanente porque el Perú y Bolivia no trataron de asimilar definitivamente la raza aborigen a la nacionalidad peruana y a la nacionalidad boliviana.
Si aquella asimilación se hubiera realizado, habríamos tenido recursos inagotables. El concurso de la raza aborigen nos permitió la resistencia heroica de 4 años, pero quizás si hubiéramos asimilado aquella raza no sólo habríamos tenido esa resistencia heroica sino que habríamos obtenido la victoria definitiva. (Aplausos prolongados).

El alcohol envenena al indígena. En un estudio que publiqué el año diecisiete, probé que el Estado le sacaba al indígena en razón del impuesto al alcohol la misma suma que le había sacado proporcionalmente la Colonia por el tributo. Quiero decir, que el Estado republicano había revivido el tributo en una forma hipócrita. Hubo una época en que la quinta o la sexta parte del presupuesto nacional, estaba representado por el producto de los alcoholes que pagaban principalmente los aborígenes. Una quinta o una sexta parte del presupuesto colonial, estaba representado por el tributo de los indígenas.

Este problemas, señor, tiene que estudiarse y tiene que resolverse. Los grandes ferrocarriles que se construyeron y que han determinado el progreso de la región del Centro y de la región del Sur, tuvieron el inconveniente de hacer posible la conducción del alcohol de caña de la costa y facilitar que el indio consumiera el alcohol de caña en lugar de consumir su tradicional chicha. (Aplausos prolongados). Esto exige una reforma, quizá heroica. Castilla dio un paso radical cuando prescindió de los dos o tres millones que daba el tributo en 1854. Es verdad que tuvimos en esa época la compensación providencial del guano; alguna otra compensación providencial podemos obtener en esta época recaudando mejor las rentas públicas. Hay que ir franca y decididamente al monopolio del alcohol, para que éste se emplee en fines industriales e impidiendo el consumo del alcohol por la raza aborigen…

El señor FREIRE (por lo bajo).- Suprimamos las fiestas religiosas…

El señor BELAUNDE (continuando).- Si estas fiestas religiosas son causa de trastornos, en buena hora que se supriman; por eso es conveniente que el Estado esté unido a la Iglesia.

El otro punto fundamental es el relativo a las nuevas escuelas indígenas; y como esas escuelas deben tener un carácter religioso, mi empeño es establecer la mejor armonía entre la Iglesia y el Estado, para transformar las antiguas parroquias individuales en las parroquias conventuales que sean a la vez escuelas. El párroco individual, en medio de las inclemencias de la sierra, no está en aptitud moral para conservar su celo religioso, ni está en aptitud física para atender suficientemente a la cultura religiosa y a la instrucción de los feligreses. La idea es establecer parroquias escuelas, para dar a los indígenas la instrucción religiosa, y al mismo tiempo la instrucción cívica y la instrucción general, reviviendo la obra de los primeros misioneros, de la que ha dicho Vasconcelos que no sólo no ha sido superada, ni igualada siquiera. (Aplausos). Me refiero a estos dos puntos, pero creo indispensable agregar además otro concepto de la ponencia del señor Vara Cadillo que me parece muy apreciable, respecto de que los concejos municipales no intervengan en la administración y recaudación de las rentas de los bienes indígenas. Creo que la comisión en mayoría no tendrá inconveniente en aceptar estos tres puntos que representan el compromiso que nosotros, como hombres modernos, hemos contraído con el país, de darle una legislación que en este caso no sólo esté a tono con las ideas de la época sino que responda a las más hermosas tradiciones reformismo americano. (Aplausos).

LA REALIDAD NACIONAL - EL PROBLEMA DE LA TIERRA

CAPÍTULO III

EL PROBLEMA DE LA TIERRA


EN EL LARGO ENSAYO que Maríátegui dedica al problema de la tierra, hay que distinguir el proceso histórico, la descripción de la situación presente y la solución.

Sólo el presente nos es dado pintar, y aun esto de un modo particular, con visión directa e inmediata. Para lo pasado nece­sitamos el apoyo de teorías e hipótesis y para lo futuro, la pro­yección de la luz de una doctrina. Mariátegui se muestra un ex­celente realista cuando nos describe la comunidad bajo la repú­blica, la comunidad y el latifundio y el colonialismo en la cos­ta; pero cuando se remonta al pasado, surgen los prejuicios y los claros de su andamiaje intelectual.

La historia de la propiedad territorial en el Perú no está escrita y, por lo mismo, todo ensayo de reconstrucción debe co­menzar por la confesión de inevitables deficiencias e ignoran­cias. La primera forma de propiedad en el Perú es la comunal: el ayllu o la marca: sistema generalizado en todos los valles de la sierra y la costa. El ayllu precedió al imperio; el mérito de los incas consistió en respetar las comunidades, tomando sola­mente parte de las tierras que dedicaron al estado y al cul­to. La constitución del imperio supuso una cercenación de la propiedad comunal.

¿Cuál fue la proporción de los territorios cercenados? No lo sabemos; pero sí tenemos testimonios histó­ricos que hablan específicamente de tierras de comunidades to­madas por los incas. Que a pesar de esta expoliación, los incas, por su política de eficiencia en el trabajo y de irrigaciones, crea­ron una situación de prosperidad y de mayor rendimiento, no hay la menor duda. Exagerada, sin embargo, para la población, es la cifra de diez millones. El cálculo más optimista que co­nozco es el de ocho, incluyendo Quito, Charcas, el norte de Argentina y de Chile.

Cuando los españoles llegaron al Perú no encontraron sola­mente la propiedad de las comunidades indígenas, sino también la numerosa propiedad estatal o nacional que los incas dedica­ban al sostenimiento de su burocracia civil y eclesiástica. Al apo­derarse de un modo súbito de toda la extensión del imperio y destruir la jerarquía indígena, dispusieron desde el principio de su inmensa cantidad de tierras. El sistema de la gran propie­dad, el latifundio, fue inevitable.

Atribuir la gran propiedad a la psicología o la incapacidad del español, haciendo un paralelo con el proceso de la colonización americana, me parece un gran error. Mariátegui, al incurrir en él, revive el criterio romántico y falso sobre los orígenes y evolución de los Estados Unidos. El divergente proceso de las dos colonizaciones no se debe sólo a diferencia de psicología en las razas, sino a diferencia de situa­ciones y de tiempo. Mientras que los ingleses fueron apoderán­dose parsimoniosa y lentamente de la limitada región entre el Atlántico y los Alleghanys, destruyendo o empujando a la pobla­ción aborigen, España se adueñó, en cincuenta años, de toda la tierra laborable de México hasta Chile. La expansión de los Es­tados Unidos más allá de los Alleghanys, the winning of the West es cosa de fines del siglo XVIII y principalmente de principios del siglo XIX. España, en lugar de destruir o de repeler hacia la hoya amazónica a la raza aborigen, trató de asimilarla y conservarla. Censurar a España por la apropiación de las tie­rras del estado valdría tanto como reprocharle la amplitud de su esfuerzo descubridor. Tan es cierto que el régimen de la gran propiedad en América, con su triste aditamento, la servidumbre, fue el resultado de condiciones objetivas (territorios ocupados y razas existentes) que los colonos ingleses en la región del sur, de tierras más extensas y de climas más favorables, esta­blecieron el latifundio y el trabajo de una raza inferior impor­tada: la negra. Lo interesante en el caso de España es que una vez destruido el imperio incaico, bajo la influencia de las ideas religiosas, que encarnaba la escuela dominica, Las Casas, Vitoria, de Soto y otros, tratara de limitar la distribución a las tierras del estado incaico, respetando las comunidades existentes.

La política de la época constructiva (1550) era adaptar el régimen español al régimen incaico, en lo que se refiere a la propiedad y al trabajo. Respecto de la primera, la masa indíge­na conservaría toda la que tenía, en tanto que la propiedad estatal se daba a los individuos e instituciones civiles y principal­mente religiosas. Respecto del trabajo, éste debería representar prestaciones en especies o en servicios, de ningún modo mayo­res que las impuestas por el régimen incaico. Tal es, en esencia, la famosa cédula expedida por Carlos V a los licenciados Santi­llán, Ondegardo y Matienzo, que deberían responder al más interesante y completo cuestionario que existe sobre la cuestión indígena. ¿Hasta qué punto en la historia efectiva la constitución de las grandes propiedades particulares y eclesiás­ticas respetó la política de esa cédula y el latifundio señorial o eclesiástico salió de los límites de la antigua propiedad esta­tal? ¿Cuál fue el efecto que en las propiedades produjo la po­lítica de reducciones del Virrey Toledo y el mantenimiento de las encomiendas? La falta de estudio sobre datos históricos, estadís­ticos, impide científicamente llegar a conclusiones terminantes; pero es de presumir, como lo sostiene Ugarte, que gran par­te de la propiedad indígena pasara legal o ilegalmente a manos de los españoles y criollos, por obra principal de las encomiendas.

La gran tragedia para la raza aborigen fue la siguiente: la política de protección inspirada por la Iglesia, debida al regalis­mo español no quedó encomendada a ella en su aplicación. Es un error muy corriente, y del que no está libre el propio Ma­riátegui, considerar al estado español, en esa época, como el ti­po del estado medioeval. Nada es menos cierto. El estado es­pañol antes de la conquista realiza la moderna evolución hacia el absolutismo. El estado español, un siglo antes que Francia y dos antes que Prusia, es el tipo de Estado que lo absorbe y lo domina todo: el Estado que podríamos llamar monista en opo­sición al Estado plural de la Edad Media. Este Estado no se ha­lla sometido a la Iglesia, sino al contrario. A pesar de su fe ca­tólica, España, en esto, como la Francia galicana, no se diferen­cia de los estados protestantes o de la Iglesia nacional. Por el patronato la Iglesia perdió en parte el carácter corporativo de la Edad Media y quedó convertida en un rodaje de la máquina política. Por eso hay que distinguir, en la colonia, la jerarquía eclesiástica sometida al rey, de la Iglesia relativamente libre de las órdenes religiosas. La tendencia regalista, que es una ten­dencia imperialista, fue eliminar las órdenes religiosas de los territorios habitados por quechuas y aimarás, indios de paz, que habían evangelizado, relegándolas a las regiones de frontera, indiOS de guerra, de las hoyas del Orinoco, del Amazonas y del Paraguay. Los reyes de España daban apenas diez años para con­vertir una misión en doctrina en la región del antiguo Perú. Al terminar ese plazo, el grupo indígena escapaba al misionero y quedaba bajo la jurisdicción del cura, sometido al obispo, el cual lo estaba más al Rey que al Papa. El indio peruano necesitaba de la permanencia indefinida del misionero como maestro y de­fensor. En lugar de organismos misionarios para defender a las comunidades, creó Lope de Castro la nueva institución de los co­rregidores de indios, destinada a controlar a los encomenderos; pero que, careciendo del celo religioso y de sentido corporati­vo, resultó a la postre una especie de encomienda temporal. A pesar de todo esto, la propiedad eclesiástica (conventos e igle­sias) y la legislación sobre las comunidades, atenuaron eviden­temente los resultados desastrosos del latifundio. La propiedad eclesiástica de rentas moderadas o de censos o de cánones re­ducidísimos favoreció la constitución de una clase agrícola me­dia. Además, esa propiedad respondió a fines de orden esencial­mente colectivo: el culto, necesidad espiritual y estética; la beneficencia, hospitales y hospicios, y, sobre todo, a la educación. A todo lo cual habría que agregar que la renta eclesiástica, como lo ha probado Pereyra, se invirtió siempre en las colonias, en tanto que de la renta del Estado, buena parte iba a la pe­nínsula. Desde el punto de vista económico, puede llegarse a esta conclusión: la propiedad eclesiástica realizó una función na­cionalista y democrática.

Por eso fueron tan desastrosos los efectos de la supresión de los jesuítas, a quienes con tanta justicia elogia Mariátegui, des­de el punto de vista económico. Las propiedades de éstos pa­saron a incrementar el latifundio laico. El caso fue notable en Arequipa, en donde la propiedad jesuítica pasó a manos de la familia Goyeneche, y una renta que ha llegado a la suma de 300,000 soles al año, en lugar de emplearse en el debilitado organismo de esa ciudad, salía todos los años al extranjero.

La acción misionaria, la misma obra de la Iglesia secular, a pesar de su sumisión al Estado, la preservación de las comuni­dades, el monumento no superado de legislación tutelar y sus tentativas de aplicado constituyen la parte luminosa de la épo­ca colonial.

Mariátegui ha reconocido parcialmente este cuadro, al re­vindicar, con legítimo orgullo, la constatación relativa a las ór­denes religiosas que le ha correspondido hacer, “a pesar de ser marxista convicto y confeso”. La parte sombría del cuadro la constituyen la encomienda, la mita para las minas y la introduc­ción de la esclavitud en la costa. Aquí no caben ni excusas ni paliativos; pero no hay que suponer que el régimen colonial es­pañol tuvo el monopolio de estos sistemas de explotación. Bas­taría la comparación con otros países y la historia reciente del contacto de las razas superiores con los pueblos de color, para probar nuestro aserto. La revolución americana, desde el punto de vista de los fac­tores económicos internos, es fruto de los intereses, no sólo de una aristocracia territorial criolla, que buscaba salida para sus productos y al mismo tiempo influencia política, sino también de la clase media de los mestizos dedicados a la pequeña pro­piedad, o a ciertas profesiones liberales o anhelosos de posicio­nes burocráticas. En el Perú, me parece exagerado atribuir la independencia, como lo hace Mariátegui, a factores puramente externos. Aunque nos faltó el factor decisivo de una per­sonalidad genial, no puede dudarse que después de la decep­ción que trajo la restauración absolutista de 1814, la aristocra­cia territorial y el mestizaje, o sea la clase media, se orientaron definitivamente hacia la independencia. En la revolución no hu­bo evidentemente un programa de carácter agrario; no apare­ce tampoco exigido por las condiciones económicas en ese mo­mento, ni por ninguna reivindicación de clase. Con un criterio de relativismo histórico, no cabría censurar a los leaders de la revolución par la falta de división de propiedades. La aristocra­cia territorial se sumó a la revolución y estaba empobrecida des­pués de la guerra; el latifundio eclesiástico desempeñaba una función social. Las nuevas ideas y necesidades de la circulación de la riqueza exigían la abolición de las vinculaciones y de los mayorazgos; se siguió esa política, que fue coronada por el có­digo civil. Con el mismo criterio de relativismo histórico no po­día exigirse más de ella. El Perú estuvo libre felizmente de la orientación jacobina que dominó en otros países de América, orientación que respetó el latifundio privado y se adueñó del latifundio eclesiástico, como en México: la llamada política de las leyes de reforma. Hoy sabemos cuál fué el resultado. La confiscación de la propiedad eclesiástica no favoreció ni al arren­datario ni al peón y sirvió únicamente para acentuar el latifun­dismo laico. Si en el Perú hubiera gobernado el radicalis­mo, se habría producido idéntico fracaso.

Pero si no seguimos una orientación jacobina, acentuamos el regalismo de la época colonial. La Iglesia continuó esclaviza­da y burocratizada; las misiones fueron abandonadas aun en la región de frontera. La república no necesitó, respecto de la ra­za aborigen, importar la ideología humanitaria de la Revolución francesa; le hubiera bastado revivir la tradición vernácula de la escuela dominica. De esto tuvo una clara visión Bolívar y de ahí su culto por Las Casas. Para defender al indio psicológica y económicamente, bastaba proteger las comunidades y revivir las misiones. A ello se opusieron la ilusión igualitaria y revolucio­naria y la atenuación de los sentimientos religiosos en la clase dirigente y en la clase media. Las nuevas generaciones fueron escépticas y materialistas o indiferentes y la religión era rele­gada a las mujeres o al pueblo ignorante. Era imposible, den­tro de este ambiente depresivo, que la Iglesia conservara auto­ridad y eficiencia.

Por el abandono de aquella hermosa tradición, la parte cen­surable, en la política republicana, es lo relativo a las comuni­dades indígenas. Puede decirse que la revolución fué un avance desde el punto de vista nacional, pero no desde el punto de vista de la justicia social. No olvidemos que el tributo y la es­clavitud se conservan hasta el año 54. Al mismo tiempo el la­tifundio se extiende a las tierras de comunidad al amparo de las leyes y decretos que hacían ficticiamente al indio propieta­rio. Sería un estudio interesante el de fijar el número de comu­nidades y su extensión territorial a principios del siglo XIX y a principios del siglo XX. Todo induce a pensar que la diferencia sería muy grande en contra de la época actual. El autor, que señala bien las fases de este proceso, no deduce sin embargo, la tremenda lección que de él se desprende. No basta tener un ideal generoso, y lo era el de hacer al indio propietario indi­vidual; es necesario un criterio realista. La utopía del individua­lismo no se aparta de la utopía socialista con su igualitarismo económico. El indio no fué ni ciudadano, ni propietario con el sufragio universal; mañana, en que sin criterio realista se na­cionalice toda la tierra y se le lleve a los soviets, como antes se le llevaba a las ánforas, no será tampoco propietario, ni ciu­dadano. Si la revolución se basó en los intereses de la gran propie­dad y respondió a las finalidades burocráticas del mestizaje me­dio, fue hecha por el ejército y de aquí que el poder político no tenga una sola base, como cree Mariátegui: la gran propie­dad; sino dos bases: la aristocracia territorial y la burocracia militar. En el Perú se agregaron pronto dos factores: uno, por la formación de una nueva oligarquía, a consecuencia del gua­no, y otro, por el funcionamiento político que tenía que crear a la larga el tipo del pequeño gamonal político o cacique provincialista. Un partido de clase media y de profesionales no pu­do formarse; así fracasaron el partido liberal y su continuación: el primer partido civil de Ureta y de Arenas. Sólo la nueva plu­tocracia, más bursátil que territorial, logró cristalizarse en un partido político para luchar contra la clase militar, al principio, entendiéndose con ella, después. La democracia desarrolla el ti­po del político, de caciques, propietarios o no, que llegan a formar artificial y momentáneamente fuerzas de consideración. Clientela en unos casos de la burocracia militar, en otros de la plutocracia, ha revelado a veces tentativas de emancipación, co­mo en el año 90, en que Rosas representaba la oligarquía; Morales Bermúdez, la burocracia militar, y Valcárcel, el caciquis­mo parlamentario. En regímenes de corrupción, el caciquismo parlamentario está destinado a enriquecerse y a agregarse a la plutocracia territorial absorbiéndola. De esos ritmos de lucha entre esos tres elementos o de sus más peligrosos contubernios, que nos explican perfectamente los factores económicos, sólo se sale en la historia del Perú por la influencia de las grandes per­sonalidades: Castilla y Piérola. Su obra no puede ser, por eso, explicada por el materialismo histórico. La abolición del tributo y de la esclavitud representaba para el fisco una seria dismi­nución en la renta y un serio golpe para la agricultura. Si Cas­tilla hubiera sido el simple agente de una burocracia que ne­cesitaba ser bien pagada o de los propietarios costeños, no ha­bría ni reducido sus entradas, ni quitado a estos últimos el bra­zo seguro y barato. Puede decirse lo mismo respecto de la obra esencial de Piérola: la abolición de la contribución personal y la estabilidad monetaria.Tales son las reservas y rectificaciones que cabe hacer des­de el punto de vista de la evolución histórica. Ellas se refieren principalmente a matizar la visión colonial destacando en ella la tendencia ético-realista en el problema, indígena y a atenuar algunas exageraciones del materialismo histórico en la interpre­tación de la historia republicana. Pero es justo reconocer que son inatacables las afirmaciones de Mariátegui, respecto del papel de las comunidades indígenas en la economía incaica, de la legislación tutelar, de la obra misionaria en la colonia y los car­gos que formula sobre la política republicana destructora de la comunidad. El interés, la exactitud, la profundidad de visión del autor, se acentúan cuando describe la época contemporánea. Los capítulos sobre el latifundio y la comunidad, el régimen del trabajo, servidumbre y salario y sobre todo el dedicado al co­lonialismo de la agricultura costeña contienen páginas de antología política. Establece la clara diferencia entre el latifundismo de la costa industrializado y modernizado y el primitivo e infecundo latifundismo serrano. Habría que hacer sólo la ex­cepción de las nuevas ganaderías que son la iniciación de ese proceso de modernización en la sierra. Con los datos del inte­resantísimo estudio de Castro Pozo, sostiene la vitalidad y plasticidad de las comunidades y la estagnación del latifundio serrano.

El latifundio costeño, aunque industrializado, conserva un régimen feudal de trabajo por el enganche y el yanaconado. Sa­gaces son las observaciones del autor respecto al latifundio y la despoblación y la nueva tendencia de los grandes propieta­rios de crear núcleos de pequeña propiedad a su alrededor. Pa­vorosa y exacta la pintura que nos hace de una producción agrí­cola orientada hacia el mercado extranjero y controlada por és­ta. Alarmante la cifra de cuatro millones de libras que el Perú importa en víveres y que revela hasta qué punto ha llegado nuestra dependencia económica. Sus proposiciones finales son en general inobjetables, cuando condena el absentismo por injusto y por los obstáculos que presenta al progreso agrícola, (falta de estímulo en el arrendatario); cuando afirma que una nueva política inmigratoria es incompatible con la intangibilidad del latifundio; cuando sostiene la necesidad de una política inter­vencionista en la costa frente a la imposición extranjera; cuan­do señala la inaplicación de las leyes higiénicas y de protec­ción obrera (inaplicación que revela en el Perú lo que podría­mos llamar la abdicación del estado) y cuando asevera que si el gamonal o feudal no resulta productivo, ha perdido su título aun dentro del criterio capitalista.

Todas estas conclusiones conducen lógicamente a un progra­ma realista sin utopías y sin dogmatismos que suscribirían mu­chos que no son comunistas; protección y vitalización de las co­munidades, expropiación del latifundio improductivo o retarda­do, conversión del yanacón o aparcero en propietario, defensa y extensión de la pequeña propiedad, constitución de un banco agrícola para los fines anteriores y para sustituir la habilitación extranjera, gravar el absentismo, aplicar rigurosamente las le­yes de protección obrera, fijar una proporción al capital nacio­nal en toda empresa, establecimiento de parroquias conventua­les y escuelas misionarias, y culminando todo este sistema y co­mo clave de él, sustitución del parlamento, pseudo-demo-liberal, por la representación de todos los organismos vivos en los que el trabajo tendría una gran mayoría.

No es esta por desgracia la solución del autor, entusiasta adherente al programa marxista. En éste hay que distinguir la fi­nalidad ortodoxa, la nacionalización de la tierra, que es la so­lución definitiva, y los medios o métodos que constituyen la so­lución de estrategia. Es evidente que no sólo la pequeña pro­piedad sino la comunidad son opuestas al dogma de la naciona­lización absoluta de la tierra. El programa comunista adoptado el 1º de setiembre de 1928 en Moscú, en lo referente a los países semi-coloniales de América Latina, no precisa soluciones estratégicas, pues habla sólo de “lucha contra el feudalismo y las formas precapitalistas de explotación. . . de una serie de eta­pas preparatorias, como resultado de un período de transforma­ción de la revolución democrática burguesa en revolución socia­lista”. En síntesis, nada definitivo. No son más precisos los comunistas peruanos. Inferimos que no se trate de defender las presentes comunidades sino de ex­tenderlas y de reconstruir las extinguidas. . . Respecto de la tie­rra no comunal y no fácilmente atribuible a antiguas o nuevas comunidades, ¿será la solución entregar al peonaje el latifundio serrano y al obrero los fundos industrializados de la costa para que por falta de técnicos y capital se paralice la producción y reine el hambre? En uno u otro caso, queda el problema de la organización del estado y del contenido y espíritu de la Nación. Aquí la solución comunista trasciende del punto de vis­ta económico y obrero y aborda un problema más hondo: el pro­blema de la nacionalidad, problema relativamente fácil en los países de unidad racial, problema complicadísimo en los países de mestizaje. Por gravitación natural, por surenchére demagó­gica, el programa socialista se ha hecho en el Perú programa del indigenismo radical. El indio no es una parte esencial de la na­cionalidad, sino la nacionalidad misma. Lejos de todo progra­ma de “occidentalización”, se trata de revivir la civilización in­caica, haciendo de ella una pintura idealizada. La tesis indigenis­ta en su origen fué una simple manifestación romántica: primitivismo, amor del color local, y tuvo, hasta ahora, expresiones estéticas más que políticas.

Nadie soñaba reconstituir la nacio­nalidad sobre bases y direcciones exclusivamente indigenistas; pero he aquí que las necesidades de la estrategia de la revo­lución mundial ponen a la orden del día el problema de la li­beración de las razas de color. El indigenismo radical adquiere así un nuevo aspecto que podríamos llamar pragmático. En la lucha contra el capitalismo asume una importancia de primer plano la rebelión de las razas sometidas. El socialismo abando­na su criterio humanitario y adopta, con inconsecuencia palma­ria, lo que podríamos llamar el nacionalismo racial.

La aplicación de este nacionalismo racial no presenta obs­táculos en los países en que se puede establecer una ecuación entre raza y nación, como en la India o mejor todavía en la China, en que el elemento de las razas extrañas se ha mantenido en la periferia ejerciendo apenas la hegemonía política o económica. En esos países racismo es nacionalismo.

En la América andina, en que la raza española ha convivi­do y se ha mezclado con la raza aborigen durante tres siglos, creando el tipo del mestizo, que constituye la mayoría de la po­blación, y del criollo, que por influencia del ambiente es mestizo por ósmosis, la aplicación del racismo no es la afirmación de la nacionalidad, sino su desintegración o ruptura. La conquis­ta no fué un hecho político, como cree Mariátegui; la conquista fué sobre todo un hecho biológico. No cabe ya moralizar sobre él, sino partir de él. El Perú de hoy, el Perú real, no puede ser comparado ni con la China ni con la India. De la civilización primitiva se pueden respetar el Esthetos y cierto Teknos, pero sería monstruoso e imposible intentar revivir el Logos y el Ethos y sacrificar a ese sueño parte de la población que, por herencia biológica y espiritual, pertenece a la civilización cristia­na. El nacionalismo racial lleva a la barbarie. Sus gestos sim­bólicos en América serían sacar la piedra sacrifical del museo de México y ponerla de nuevo, anhelosa de víctimas, en lo alto del Teocali; o tomar los huacos de los museos peruanos y, re­partiéndolos en el territorio, revivir los adoratorios fetichistas: renegar de la liturgia, que es ascensión por la materia al espí­ritu, para volver a la magia, que es inmersión del espíritu en la materia.

No insistamos en el pavoroso cuadro: el comunismo perua­no no tiene en esto la aprobación de la Internacional. Parece que en Moscú no han perdido del todo el sentido de la reali­dad. Leemos en el Nº 16 de La Correspondencia Internacional (15 de abril de 1929, número dedicado especialmente a la Amé­rica Latina): “La consigna propagada por la organización nacio­nalista pequeña burguesa A.P.R.A.: América Latina para los in­dios es una utopía irrealizable. El desenvolvimiento histó­rico, económico y social de América Latina ha creado una situa­ción de hecho: millones de negros, de blancos, de emigrados, de mestizos y de mulatos viven y trabajan en América Latina. Pensar expulsarlos para reservar la América Latina únicamente para los indios, guardando la pureza de su raza y restableciendo sus costumbres, su lenguaje y sus organizaciones sociales en tribus, etc., es querer remontar el curso de la historia y puramente utópico”.Contemplando el problema indígena en su doble aspecto económico y nacional, cabe decir, sintetizando, que pueden reducirse a tres los puntos de vista y las soluciones: la tesis im­perialista, la antítesis indigenista y lo que podríamos llamar la síntesis verdaderamente nacional de la tradición histórica. Para la teoría imperialista, el indígena constituye la infraestructura del organismo nacional.

Las teorías biológicas modernas, imbuidas en el concepto de la superioridad de ciertas razas, vinieron a acentuar la concepción imperialista. Para ella la nación es sólo el elemento blanco y el elemento mestizo. El elemento indígena está destinado a ser absorbido o a desaparecer. La tesis imperialista ha tenido más adherentes de lo que se supone. Pocos tenían la franqueza de enunciarla; pero ella gravitaba en la subconsciencia de una inmensa mayoría, inspirando diversos hechos legislativos, políti­cos o sociales. Frente a la tesis imperialista, que excluye del alma de la nacionalidad al indígena, aparece la tesis indigenista radical, o sea la antítesis: el indio es el país.
Apartada igualmente de la concepción imperialista, del feu­dalismo colonial y del biologismo moderno, y de la tesis indi­genista, inspirada por la estrategia revolucionaria, surge la vieja concepción que encarnó la vida de Las Casas y el pensamien­to de Vitoria. Esta concepción es ética por la inspiración y rea­lista por las aplicaciones. La tesis imperialista tiene una ins­piración económica; la tesis indigenista, una finalidad demagógi­ca y política la síntesis cristiana, surgió sin representar intere­ses o pasiones. Fué la generosa aplicación al descubrimiento de América de los principios del Derecho Eterno, de la Philosophia Perennis. Esa doctrina proclamó con Vitoria el derecho de las razas aborígenes no sólo a la propiedad y a la libertad, sino a la soberanía política.

Y luego de establecido el dominio español, con Montesinos y Las Casas mantuvo para los indios el carácter de libres vasallos de las monarquía y se opuso al establecimiento de las encomiendas y del trabajo forzado y defendió a las comunidades. Esta concepción puso en la colonización es­pañola la nota ética que la diferencia de las otras colonizacio­nes. En tanto que Inglaterra en el siglo XVII y otros países en el siglo XIX siguieron sin vacilaciones una línea económica que los llevó a la extinción del elemento aborigen, España sintió el deber y la misión de protegerlo legislando sobre él. El primer intento de esa legislación produjo la formidable crisis que casi destruye el imperio colonial: las guerras civiles, conflicto entre los intereses de los conquistadores y el ideal de justicia inspi­rado a la corona por la escuela dominicana. El materia­lismo histórico podrá explicar el primer elemento, pero jamás el segundo. La concepción cristiano-nacional se mantiene viva en los continuadores de Las Casas, de Vitoria y Soto: en el padre Agia, tan citado por Solórzano Pereyra, en el padre Avendaño, autor de Thesaurus Indicus, condenador de la esclavitud, y lle­ga hasta Villalba, el precursor, el gran enemigo de la mi­ta. Filosofía de lucha en la conquista, filosofía vencedora en la legislación tutelar, filosofía aplicada en la obra misionaria, lle­ga hasta nosotros como una gran fuerza viva y de perenne ju­ventud de la tradición colonial. A esos títulos de vitalidad his­tórica habría que agregar las cualidades que le señalaría, en comparación con las soluciones contrarias, un análisis imparcial. Es lógica en su inspiración ética porque sólo sobre la igualdad moral y espiritual se pueden basar los derechos políticos y las reformas económicas. El socialismo, al relegar como un mito la unidad espiritual de la humanidad, no tiene base para estable­cer la igualdad política y la igualdad económica. Como el hu­manitarismo de la escuela utilitaria inglesa, el humanitarismo marxista es una flagrante contradicción. De la concepción ma­terialista de la vida, el único que ha sacado las consecuencias lógicas ha sido Nietzsche, el niño terrible de la filosofía. In­dividualismo y socialismo se han decorado de un ideal cristiano despojándolo de su fuente misma.

La concepción católica es más completa porque contempla en el problema no sólo el aspecto económico, sino también el pedagógico y el técnico. No es dogmática y unilateral, sino rea­lista y flexible. Por último, no desintegra la nacionalidad, sino que la salva. Lo que necesita hoy es ser aplicada con un crite­rio moderno y frente a los datos concretos y actuales, sin la perturbadora visión de privilegios que mantener o deposiciones que alcanzar.

Bien sé que aunque ella representa la razón y el sentido de lo posible, no es la que está más cerca de nuestra realidad. Es la historia universal y principalmente nuestra historia, el trá­gico diálogo del interés y de la pasión. La razón, desoída antes del conflicto, sólo es llamada tardíamente para salvar pobres despojos entre la destrucción y las ruinas.

No desconocemos que la historia contemporánea está domi­nada por las formas del materialismo: capitalismo y socialismo. Si desapareciera la civilización occidental en este duelo terri­ble, al cristianismo le correspondería, como dice Berdiaeff, una misión parecida a la que le cupo después de la invasión de los bárbaros. Por eso en definitiva y a la larga el porvenir es del cristianismo. De esto tuvo una visión profética Chateau­briand, cuando decía, en Memorias de Ultratumba, que estando para escribir El Genio del Cristianismo lo había compuesto de diferente modo: “En lugar de recordar los beneficios de las ins­tituciones de nuestra religión en el pasado, yo haría ver que el cristianismo es el pensamiento del porvenir y de la libertad hu­mana y que este pensamiento redentor es el solo fundamento de la igualdad social. El cristianismo actúa con lentitud por­que actúa por doquiera. No se adhiere a la reforma de una so­ciedad en sus oraciones más comunes, en sus votos cotidianos, cuando dice a la multitud: roguemos por todo el que sufre so­bre la tierra. El Verbo no se encarnó en el hombre del pla­cer, sino en el hombre del dolor, con el fin de la liberación de todos, de una fraternidad universal y de una salvación in­mensa”.