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jueves, 7 de octubre de 2010

LA MUERTE DE UN NOVECENTISTA - HOMENAJE

VÍCTOR ANDRÉS BELAUNDE

Por HUGO NEYRA

De Estampa, suplemento dominical de Expreso, 18 de Diciembre de 1966


Ha muerto Víctor A. Belaúnde. Ha muerto pues, el último de los novecentistas. Destaco este hecho entre otros aspectos que son contingentes a este duelo. Porque el silencio ha descendido no sólo sobre un hombre, sino también, sobre una generación. He aquí, pues, lo esencial y significativo de este acontecimiento con Belaunde se extingue la generación del 900. La generación, es preciso decirlo, que funda el Perú contemporáneo. La historia viva de nuestro tiempo, de la Guerra con Chile a nuestros días, el derrotero intelectual del Perú, moderno, la aparición de toda meditación radical sobre el país, el inicio del ensayo y la reflexión social, en suma, el quehacer de las generaciones siguientes, son el legado que nos dejó la “elite” intelectual del 900.

Así, con los libros de los García Calderón, de Riva Agüero, de Javier Prado, de Encinas y Manuel Vicente Villarán, de V.A. Belaunde, arranca la preocupación por la esencia del país, por el paisaje, por la conquista, por la conquista de nuestra geografía, por el conocimiento de nuestra historia. Son ellos el origen del compromiso. Del arraigo, Fundan los novecentistas, entre nosotros los peruanos, la moderna Historia, la Sociología y la Economía. Preparan el país a las grandes ideas y corrientes del siglo. Esos “profesores de idealismos” que sin embargo, en el Perú actual tan poco se conocen y leen. Son, en suma, nuestros primeros intelectuales. Pero eso no es todo. La obra de los novecentistas no sólo tiene un primado intelectual y magisterial. Ellos están unidos a la raíz y los cimientos del Perú actual. El Perú moderno comienza con los novecentistas. Y el período de apogeo de éstos, entre 1895 y 1919, es decir, entre Piérola y Leguía, coincide también con uno de los períodos más estables y dinámicos de nuestra economía. En esos años se dibuja definitivamente el actual paisaje productor y social del Perú. A este período de auge social y financiero que coincide con el auge intelectual de esta elite, Basadre ha de llamarlo “período de reconstrucción y progreso”. No se puede hacer, pues, ni historia económica ni social, ni trazar el itinerario de las ideas en el Perú contemporáneo sin relevar a Belaunde y a su generación. Ellos marcaron el rumbo cultural del país desde los albores del siglo. El signo de la obra y de la vida de Víctor Andrés Belaunde se explica pues, ubicándolo en el horizonte de esa generación a la que encarnó y prolongó hasta nuestros días.

UNA REPARACIÓN

Esta nota, es también, una reparación. La obra y el valor de esa generación, a excepción de Riva Agüero, no ha sido suficientemente destacada. Se les ignora en nuestras Universidades. Están ausentes en los libros de enseñanza. No existe el estudio, tesis o antología que reúna los textos de estos pensadores, sin cuya obra no se explica la aparición de Mariátegui, Haya, ni todo pensamiento y meditación posteriores.
Bajo las grandes bóvedas de la Biblioteca Nacional de París leí, con doble congoja de peruano y escritor, el admirable ensayo de Francisco García Calderón, “Le Perou Contemporain” (1907) hasta hoy sin traducir. La obra misma de Mariano H. Cornejo, cuyo aniversario se cumple en este año, sus discursos parlamentarios, esos dos tomos de sociología general que dieron lecciones de positivismo desde la Argentina a México, son sólo conocidos por eruditos o curiosos. La misma obra de Belaunde merece ser recopilada. Y aquel admirable ensayo de 1914, “La Crisis Presente”. O “Meditaciones Peruanas”. Sin embargo, ¿por qué este olvido?

1923: LA GENERACION POLÉMICA

Porque los novecentistas fueron víctimas de la querella entre generaciones. El drama y la gloria de este “elite”, se puede resumir en dos frases: señorearon sobre la vida y la cultura peruanas, desde 1895 a 1919. Pero, la llegada de Leguía de un lado, y del otro, la emergencia de la generación de 1923, provocó el desplazamiento, el voluntario exilio, la muerte civil de los positivistas y liberales del 900. El oncenio los desalojó del poder político. La generación de la Reforma Universitaria, el Marxismo, el Apra, Amauta y la CTP, los desalojó del poder político y también del liderazgo ideológico. Lo sabemos, Riva Agüero y Belaunde parten al destierro (1919-31). Pero eso no es todo. Al volver al país una generación iconoclasta, que ha descubierto el poder del sindicato y el valor de la masa, la lógica del marxismo y el sabor de la acción directa, los esperan en las universidades, en las curules, en las calles. Frente a los García Clderón, los riva Agüero, los Belaunde, están los Mariátegui, los Haya, los Sánchez, los Seoane. Es una querella de generaciones, cierto. Pero hay algo más: las de la generación del 23 exagerarán sus méritos y harán olvidar al país los de los que les precedieron. Los arielistas no reconocen el valor de los anatolianos. Y sin embargo…

¡La obra misma de la generación de 1923, la que hoy preside nuestras imágenes, nuestros mitos, nuestra interpretación de la literaria y de la historia peruanas, sólo se entiende como una polémica sin tregua con la sombra de los Novecentistas!

Es Mariátegui respondiendo con sus siete ensayos a Belaunde que publicara en 1917 varios artículos sobre esos mismos temas. Mariátegui, además, es el ensayista de la generación de 1923, que ensaya una interpretación de la realidad peruana, para responder en el plano de la comprensión global del país, o la visión elitaria, positivista y pragmatista de García Calderón. Es Haya que recoge la difusión de las ideas de Rodo, por la unidad de la “América Latina”, hecha justamente por esos profesores de idealismo del 900. Es Basadre, y Porras y Sánchez, continuando los trabajos de Riva Agüero, de Wiesse; es una generación respondiendo a otra. Así, el indigenismo, tiene su origen en los primeros trabajos de Riva Agüero, en los ensayos de Encinas sobre legislación indígena; la cuestión social, que ocupa a los hombres de 23, se preludian en los trabajos de una Manzanilla; la preocupación por la educación, en los de Villarán.

Pero no es la intención de esta nota reivindicar por completo a esa generación. Constato tan sólo a la ocasión de la desaparición de Belaunde, el sino trágico que los rigió y los separó, en parte, del país real y su cultura.

¡BALANCE Y LIQUIDACIÓN!

Es preciso restablecer el equilibrio. El equilibrio roto desde hace años por una actitud batalladora pero parcial, por un libro injusto como el escrito por Luis a. Sánchez, que condensa el humor de esos días: “Balance y Liquidación del 990”. Sin publicar sus obras, sin incorporarlos a nuestra cultura cuotidiana, sin librarnos de los prejuicios que pesa sobre ellos, no es posible reconstruir el cuadro espiritual de la vida peruana de este siglo. Es tiempo que la obra de la generación del 900 emerja de la penumbra. A la cual muy interesadamente la sometió los críticos que llegaron al quehacer peruanista en la altura de los años 23. No fueron ellos, sin embargo, los hombres que crecieron bajo el oncenio, los primeros en intentar la comprensión global, totalizante de la sociedad peruana. A los positivistas, que introdujeron Comte y Spencer, que leían a Tarde y a Wundt, corresponde ese mérito. Nuestros primeros científicos sociales fueron en realidad, los positivistas. Los primeros, no digo que los más acertados. Queda en pie pues la necesidad de una empresa: la reconstrucción del proceso ideológico en el Perú contemporáneo. Entonces, los méritos de V.A. Belaunde y su generación serán más visibles por encima de críticos interesados y de fiebres generacionales.

BELAUNDE: EL ORIGEN DE UNA ESCUELA DE SOCIOLOGÍA PERUANA

Víctor A. Belaunde ha muerto. Y pienso en su generación: el viaje por la Sierra de Riva Agüero; a mula; los ensayos claros, cartesianos, bien dibujados, de García Calderón; la obra del mismo Belaunde, que inicia entre nosotros con criterio realista, la preocupación por el problema indígena (La Realidad Nacional) sus ensayos sobre la clase media, y el estado funcional. Y sobre todo, la búsqueda de las características, escondidas, hondas, de la nacionalidad.

¿No fue Belaunde quien pauteó una posible escuela de sociología peruana al señala que el país era dominado por una “plutocracia costeña, una casta militar y un caciquismo parlamentario”?

-Y confieso hallar, por momentos en esa generación una plenitud de síntesis de la que careció la de los años 1919-31. Generación la del 900 que vivió una altura de los tiempos, una plenitud histórica, de la cual Belaunde desde entonces hasta su muerte, ha dado diario y abrumador testimonio.

Debo decir por último, que la derivación del Maestro hacia los temas internacionales no fue sino una consecuencia de ese exilio del Perú, fruto de esa querella de generaciones. El verdadero Belaunde está en sus libros de ensayo, los de 1914, 1917 y 1931.

LOS NIETOS DEL 900

(Otros hablarán, Maestro, de tu obra de profesor trotamundos, de diplomático, de humanista. Habrá quienes, recordarán al político: desterrado por Leguía, al polemista frente a Manuel Seoane en la Constituyente de 1933; no faltará quienes contarán tus anécdotas. Es inevitable, está dentro de los ritos: saldrá a relucir tu encuentro con Vishinsky en las Naciones Unidas.

-Muchos invocarán –por último-, la amistad que desperdigaste generoso. Nada de esto debe salir en esta nota. Nuestra misma amistad es algo que queda entre tu sombra y mi conciencia.

Pero no es eso lo que interesa. Quizá, te interese ahora que dialogas con las Grandes Sombras saber que por curiosa paradoja los nietos del 900, habrán de leer tus libros. Que quizá así, García Calderón será traducido. Que con la ocasión de tu muerte se levantará el veto a los novecentistas, en la final reconciliación y síntesis que es toda cultura. Que es la cultura del Perú).

VICTOR A. BELAUNDE, MAESTRO DE LA TRASCENDENCIA - HOMENAJE

In Memoriam

Por JOSÉ HERNÁNDEZ DE AGÜERO

La Gaceta, Trujillo, 14 de Enero de 1967; trascrito en Correo, Lima, Domingo 22 de Enero de 1967.


Veinticinco de julio de 1921. No sé cómo sería esa mañana lejana de invierno en el Callao. Me la imagino triste y doliente, con girones de niebla flotando sobre el puerto.

Víctor Andrés Belaunde aguardaba la hora de partir rumbo al destierro. Había cometido el delito de no poner su talento al servicio del gobernante de entonces, quien decretó el exilio. El motivo aparente fue una célebre conferencia en la Universidad de San Marcos, donde el fogoso tribuno arequipeño hizo la defensa vehemente de los derechos civiles.

Apenas tuvo tiempo, en San Lorenzo de escribir apresuradamente unas apasionadas líneas de adiós a Teresa Moreyra y Paz Soldán, quien dos años más tarde se uniría a él, mitigando con amor y abnegación su soledad de exilado.

Nadie puede precisar la medida en que los diez años de destierro, con su secuencia de penurias y tristezas, cambiaron el destino de un hombre eminentemente dotado para servir a su país.

Tal era, sin embargo, su vocación de servir, que colocado en cualquier circunstancia, no podía dejar de cumplirse ese destino. Y se cumplió.

La noche del 16 de diciembre de 1966, casi medio siglo después en aquel mismo puerto que le vio partir en plena juventud, el viejo luchador regresó, por fin, del gran exilio, envuelto su cuerpo en la bandera que tanto amó. El Perú, emocionado, recibió sus restos y por un instante se detuvo también el corazón de la Patria. Con su muerte logró efímeramente, la gran ilusión de su vida: la unión de todos los peruanos.

Extraño país el nuestro que tantas veces en el pasado se permitió la dispendiosa práctica de exilar sus más altas inteligencias, sacrificando su “élite” en el ostracismo.

En cierta forma Víctor Andrés Belaunde siempre fue un exilado. Su prestigio en el país nunca rayó a la altura del que gozaba en el extranjero. Fue solamente hacia el final de su vida, cuando la evidencia de este reconocimiento exterior se hizo abrumadora, que le hicimos justicia en nuestra tierra, en su propia tierra.

De esta manera sólo su muerte pudo romper del todo lo que él mismo denunció como “la confabulación del silencio” en un agudísimo ensayo sobre la psicología nacional que conserva intacta su dolorosa vigencia.

Fue, quizás, su largo apartamiento de estas fuerzas negativas que constituyen gran parte de nuestra idiosincrasia nacional, lo que le permitió alcanzar la plenitud de su personalidad.

Cabe como peruanos preguntarnos en un examen de conciencia sincero y no carente de angustia, ¿cuántas figuras cuajadas de promesas, cuántos destinos se han frustrado entre nosotros por lo que el ilustre desaparecido llamó: “nuestros rencores”, “nuestra reticencia”, “el rumor anónimo”, “la suspicacia sutil”, “el frívolo afán de burla y de cháchara?”.

Víctor Andrés Belaunde puede esperar tranquilo el juicio de la historia. Sus libros, sus innumerables discursos, conferencias y ensayos sobre temas tan variados como correspondía a su talento humanista, son ahora material invalorable a disposición de investigadores y biógrafos del futuro.

Lástima grande que muchos de sus momentos más brillantes se perdieran irremediablemente.

Como buen exponente de la inteligencia mediterránea, gustaba de improvisar teorías en amenas tertulias. Era peripatético y departía generosamente en largas caminatas, deteniéndose para contemplar el paisaje, la belleza de un atardecer, la naturaleza, en fin, que aprendió a amar desde muy niño bajo el fulgor del cielo de su ciudad natal, la Arequipa de su infancia.

En aquellos momentos alcanzaba a menudo una originalidad de pensamiento y una claridad de expresión que, de haber alcanzado la forma escrita, hubieran constituido páginas magistrales de antología.

A veces, en la soledad de Chosica o en el íntimo calor de su biblioteca de Lima, tomábamos conciencia de que no siempre estaría entre nosotros. Sentíamos la necesidad imperiosa de aprovechar plenamente su presencia, con las enseñanzas que podía dispensarnos y los invalorables recuerdos que guardaba en su memoria privilegiada. Le hacíamos entonces preguntas de la más variada índole, como hurgando en aquel archivo viviente que una suerte generosa ponía a nuestro alcance por tiempo limitado. A cada pregunta nos gratificaba con una disquisición en la que ponía idéntico entusiasmo y talento del que hubiera exhibido ante una sala colmada de público.

Difícil será encontrar persona alguna capaz de improvisar una conferencia con la erudición, la maestría del lenguaje y el encadenamiento lógico de los argumentos que desplegaba en tales circunstancias. En el calor de la exposición se revelaba como un actor consumado. Tenía un sentido musical o rítmico del discurso que llevaba del “adagio” al “vivace”, acompasando la palabra con movimientos expresivos de las manos.

En ocasiones se lanzaba en una polémica encendida con algún contrincante imaginario. Adquiría entonces una “terribilitá” de gran intensidad dramática y se esforzaba por expresar una determinación implacable de aniquilar al enemigo. Poseído de una santa ira, lanzaba vituperios pintorescos, los que acompañaba con ademanes contundentes. El presunto contrario simbolizaba para él la maldad, el egoísmo, la codicia, la soberbia, la falta de patriotismo, vale decir todos los vicios y defectos que aborrecía.

Aquello hacía pensar en el noble delirio de Cyrano, evocaba los viejos mitos de la eterna lucha entre el bien y el mal, Ormuz y Ahrimán, San Jorge y el dragón.

Pero muy pronto recuperaba la calma, pues pocas personas habrán tenido más fácil la indulgencia y menos vocación para el odio.

Dijimos que en la noche del 16 de diciembre retornó para siempre a la tierra peruana. Si tratáramos de sintetizar su vida; de expresar en pocos conceptos los afanes fundamentales de su existencia, el día siguiente, en que estuvo de cuerpo presente entre nosotros desde la madrugada hasta el anochecer, nos da la respuesta cabal.

De la casa en San Isidro, donde sus familiares y amigos le velaron, pasó al Instituto Riva-Agüero de la Universidad Católica. De allí a la Catedral de Lima. Más tarde al Ministerio de Relaciones Exteriores y, por último, al bucólico cementerio de La Planicie.

Toda su vida está en este postrer itinerario: su amor a Dios, su vocación de maestro y de humanista; su apasionada defensa de los intereses nacionales y su maravillada contemplación de la naturaleza.

Quiso la tarde en su última jornada revestirse de inusitado esplendor. La púrpura y el oro del atardecer eran las únicas pompas que él amaba.

Y ahora ha entrado para siempre en el recuerdo. Su ausencia ha ampliado prodigiosamente nuestra capacidad de evocación y la memoria se niega, entrañamente, a representárnoslo en sus horas graves o solemnes. Más bien lo vemos en sus momentos íntimos, en sus simples quehaceres cotidianos que revelaban la pureza entrañable de una alma infantil.

Le recuerdo en la soleada calleja de Chosica, volando cometas con sus nietos, ante el asombro de los vecinos que contemplaban su figura patricia compartiendo la ruidosa alegría de los niños.

Le veo en su departamento de Nueva York, a la hora gozosa del desayuno que gustaba de preparar él mismo, haciendo el elogio de la toronja a la que atribuía misteriosas virtudes taumatúrgicas.

Se me aparece en la playa sonora de Guañape, bañado en la luz crepuscular que tanto amaba, desarrollando su teoría del contorno y del confín.

Le recuerdo, nuevamente, por las claras mañanas de Chosica, discutiendo animadamente con las fruteras, en el mercado con sabor aldeano donde solía hacer compras para la casa.

Le veo, finalmente, cruzar el gran parque solitario y escucho el golpe acompasado de su bastón sobre las lajas del jardín familiar al regresar de misa, en actitud meditativa, bajo el recogimiento de la noche estrellada.

Ahora que su ausencia se eterniza, qué tristeza nos da la carta que no le enviamos, el abrazo que no le dimos, la pregunta que no llegamos a formularle, la visita que no le hicimos, el pequeño disgusto que le dimos y la noche aquella que le dejamos solo, a él que no podía vivir sin sentirse rodeado de calor humano.

Durante los últimos años le preocupaba, en veces hasta la obsesión, una teoría suya sobre la trascendencia. Decía que éste sería el tema de su último libro y a menudo se explayaba fervorosamente sobre tal proyecto. Citaba a El greco como el pintor que mejor expresaba en sus lienzos la agonía trascendental y le angustiaba el implacable transcurrir del tiempo ante la obra inconclusa.

Si trascender es dejar detrás de sí el ejemplo luminoso de una vida intachable y fecunda en el esfuerzo creador. Si trascender es haber perseguido sin desmayo ideales de justicia y fraternidad entre los hombres. Si trascender es haber dejado su nombre grabado para siempre en el corazón de sus compatriotas, entonces, maestro bueno y querido amigo inolvidable, aquel libro está escrito y su obra está completa.


VICTOR ANDRÉS VISTO POR SU ÚLTIMO SECRETARIO - HOMENAJE

Por Domingo García Belaunde

De Oiga, 23 de Diciembre de 1966 – Nº 205


Muchas y brillantes páginas se han escrito sobre Víctor Andrés Belaunde, el desbordante y catoliquísimo peruano que, al pie de su sepulcro, mereció de otro patricio nacional, José Luis Bustamante y Rivero, estas palabras que reflejan la perenne juventud de ambos: “Buscaba con angustia en las nuevas técnicas nucleares para descubrir átomos de paz”. Muchas otras y muy sesudas páginas se seguirán escribiendo sobre él. Pero nosotros, para rendirle homenaje, hemos preferido los frescos recuerdos de uno de sus jóvenes nietos, de su último secretario.

Escribir sobre Víctor Andrés Belaunde, en momentos como éste, fresco aún el recuerdo de su silueta familiar, a pocas horas de ver su cuerpo inerte, es tarea dura y difícil. Más aún cuando se pierde no sólo al preclaro humanista, sino al amigo, al consejero, al maestro de toda la vida. ¿Qué agregar a los elogios y valoraciones que, sobre su obra o persona, se escribieron antes y después de muerto? ¿Qué escribir para salir más allá del mensaje lacónico del cable? ¿Con qué título sumarse a las expresiones de duelo de tantas y tan ilustres personalidades? Dejo por un momento el lápiz y abandono una cuartilla pergeñada. Sin embargo, cedo al cordial requerimiento de OIGA.

Me apena no tener más tiempo para preparar con calma algo más amplio y completo. Me siento a la máquina de escribir… Fui uno de sus tantos nietos. Lo ví desde que abrí los ojos y aun inconsciente, balbuceaba cuando aparecía en el marco de la puerta.

Con el correr de los años, trascendí el trato familiar y me interné en los tantos libros que son hijos de su cerebro fecundo. Fue recién entonces cuando empecé con él un diálogo que sólo la muerte ha podido interrumpir.

EN LA INTIMIDAD

En una visita ocasional a Washington, departí con él horas inolvidables. Me sentó cordial en su mesa y fue mi cicerone en la gran capital americana. Más tarde, lo acompañé varias noches en su retiro chosicano. En esos días, leía las obras póstumas de Ortega y Gasset. La última vez que lo ví en Chosica, este invierno, repasaba sin cesar el Fausto, sentado al pie de una inmensa palmera que le dio sombra por tantos años.

En el Instituto Riva Agüero, al que siempre asistía, cuando estaba en Lima, me hizo su confidente de tantos recuerdos y decepciones, que algunas veces pienso que su jovial optimismo era realmente un producto heroico. Los domingos venía con frecuencia a almorzar a mi casa. Y últimamente redoblaba su interés, pues ese mismo día venían mi cuñado y mi hermana. Ambos traían el primero y único biznieto que tuvo en vida.

Cuando venía a la casa, generalmente lo recogía. A la una de la tarde tomaba el carro y me dirigía a su casa del Pilar. Él ya estaba en la puerta esperándome. Si era invierno, no abandonaba nunca su abrigo y boina.

En verano, usaba ternos claros y juvenil camisa sport. A veces, el tránsito me impedía llegar a la hora señalada. Me recriminaba cordialmente: “La puntualidad es la cortesía de los reyes”. Y agregaba: “La brevedad es la cortesía del orador, y la claridad la es del filósofo”. Era un conversador eximio. Los días que pasé en Chosica con él, salíamos a pasear en las mañanas por el Parque Central. Comprábamos un queso especial, que era el deleite de su mesa. Después la necesaria lectura de los periódicos del día “con ira e indiganzione per la falsa informazione”, según acostumbraba decir. Seguían lecturas interminables, apuntes en su diario, y una caminata antes del almuerzo.

“Vamos a hacer un diálogo socrático”, me decía. Pero la verdad es que terminaba en monólogo y yo, al final, asentía al igual que los interlocutores del filósofo ateniense.

Lo gocé también en verano, cuando pasó quince días con nosotros en un balneario del sur. Gustaba de pasear a la hora del crepúsculo. Y comenzaba entonces a jugar con las palabras… los esdrújulos y las apotegmas. Era un fisonomista innato. Tenía el don de conocer a las personas con sólo un breve trato. Aun en su recia ancianidad, gozaba haciendo planes para el futuro.

Tenía un fino sentido del humor aplicado en cada ocasión. En cierta oportunidad se levantó alegre de nuestra mesa, tras un simpático almuerzo, y nos dijo: “No existe corazón más agradecido que el que palpita sobre un estómago lleno”. Nos contaba también, que un conocido intelectual peruano le mostró en una reunión cierta antipatía. Él respondió: “Mi amigo, ante Dios uno es lo que es. Mucho menos, por cierto, de lo que uno cree, pero infinitamente más de lo que creen sus injustos detractores”. La clasificación que hizo de los discursos en la Asamblea de las Naciones Unidas se hizo proverbial. Se la escuché varias veces: speechs to listen (discursos para ser escuchados) speechs to answer (discursos para ser respondidos) speechs to sleep (discursos para dormir) and speechs to walk out (y discursos para salir corriendo).

Cierto día, en pleno centro de Lima, divisé a Martín Adán. “Soy nieto de Víctor Andrés” le dije. Se acordó rápidamente de mí. Días antes, Juan Mejía Baca me lo había presentado en su librería. Metió la mano en el bolsillo y extrajo un ejemplar de “La piedra absoluta”. Sacó un lapicero y garrapateó: “El primer ejemplar que he recibido, en justa retribución al primer ejemplo que he recibido, en lo del escribir, que es vivir.

A Víctor Andrés Belaunde, gran escritor…”
“Se lo da Ud. a Víctor Andrés apenas lo vea” me dijo cordialmente.

Durante los últimos tiempos, estuvo cerca de nosotros mi hermano José Antonio. Con un pie en el avión, nos regaló un ejemplar de “20 años de Naciones Unidas” con la siguiente dedicatoria: “A mis nietos Domingo y José Antonio, colaboradores de mi crepúsculo”.

“PERÚ VIVO”

Mi última experiencia con mi abuelo está relacionada con el libro que redactó especialmente para la Biblioteca de Perú Vivo, que es sin lugar a dudas, el último que escribió en vida. (Exceptúo por cierto el prólogo que LIFE le pidió para el libro en preparación sobre América Latina). Mi buen amigo Mejía Baca, en una de mi contínuas visitas a su librería, me comunicó su proyecto de PERÚ VIVO. Ya había hablado con mi abuelo, pero al parecer sin mayores logros.

Me apresuré a escribirle a Nueva York, urgiéndola el cumplimiento de su compromiso. Le expliqué la importancia del libro. Me contestó diciendo que estaba viejo y cansado que no podía hacerlo. Yo le dije –en elogio que le gustó mucho- que él era como el Fénix de la Fábula, siempre renaciente. A su regreso a Lima, me propuse hacerle escribir el libro. Hasta que por fin un día me llamó por teléfono y me comunicó que se iba a su chacra en Huacho para redactar los originales. A la semana estaba ya de vuelta, y empezamos la redacción final. Durante veinte días estuve sentado al pie de la máquina de escribir en su “torre de papel” de 9 a 1 pm. Era difícil en realidad tomarle el dictado. El rodillo se atracaba, pero las ráfagas verbales de mi abuelo no se hacían esperar. Y como si fuera poco, matizaba con citas en latín y frases en francés e inglés. En esos días que tuve el privilegio de verlo trabajar intelectualmente, conocí de cerca su memoria prodigiosa, su asombrosa vitalidad, su bondad infinita. Su corazón era en realidad de una generosidad sin límites. “Si hubiera sido mujer, no habría sabido decir no”, decía con frecuencia. Subía a su escritorio después del desayuno, en pulcro saco de fumar, pantalón sport y zapatillas. Recién afeitado, inauguraba la mañana con una broma o comentario ameno. Luego se sumergía en su trabajo. No podía estar sentado mucho tiempo. Se paseaba inquieto por toda la habitación, mientras me dictaba de memoria todo el libro. Revisaba y ordenaba continuamente los dilatados estantes de su frondosa biblioteca. Repasaba sin cesar sus manuscritos, corrigiéndolos continuamente, para evitar toda posible ofensa. Me enseñaba su nutrido epistolario, sus obras inéditas (El Protocolo de Rio de Janeiro, Sánchez Bustamante Polo, informes y dictámenes, Relaciones con el Brasil, Relaciones con Colombia, la Conferencia de Caracas, etc.) en fin, -¿por qué no decirlo?- rompía sin cesar papeles comprometedores. Me consiguió una preciosa foto neoyorquina, que la habilidad de Pestana ha perpetuado en el libro de PERU VIVO. Preparé con sus propios ejemplares, la biobibliogafía que aparece al final del volumen, sin contar por cierto los prólogos y artículos sueltos. Me dictó una serie de cartas, entre ellas, una a Juan David García Bacca, agradeciéndole el envío de una lograda Antología del filósofo español. Me dio siempre la impresión que en la vejez le vino nostalgia por los estudios filosóficos puros, en contraste con la filosofía aplicada al Perú, que fue tema central de su vida. Le copié también a máquina un ensayo que tituló: “Ante la noche” que por razones que ignoro, no quiso publicar en PERÚ VIVO. Era un texto filosófico de notable profundidad, que traslucía sus últimas inquietudes. Este ensayo trataba sobre lo que gustaba llamar “antropología de la trascendencia”, en la que comentaba su teoría de la maldición implícita del poder, uno de los temas que más le obsesionó en los últimos años. Con humildad poco frecuente, me confesó cierta vez que su filosofía no era más que “un eco simpático de San Agustín”. Mucho me temo que no haya llegado a darle el toque final.
Igual puedo decir de otra conferencia suya, “La utopía y el sentimiento de lo invisible” (1929) que dio en La Habana y que tuvo como oyente en primera fila, al ilustre José Ferrater Mora. Este año, poco antes de su partida a Nueva York, se la pedí para publicarla en el Mercurio Peruano. Se negó. No volví a insistir.

BELAUNDE, MARIÁTEGUI Y RIVA AGÜERO

Quisiera aprovechar esta oportunidad para destacar el aspecto político en la obra y la actividad de mi abuelo. Respecto a Riva Agüero, a quien unió fraterna amistad –nutrida por los contrastes, según escribió- es preciso puntualizar su situación. Si Mariátegui representa la izquierda, Riva Agüero es sin lugar a dudas el ideólogo de la derecha. Belaunde pertenece, como el mismo se definiera en el seno de la Constituyente, al centro. Sólo así se explica su actitud cordial y comprensiva en su polémica con Mariátegui, en contraste con el fuste lapidario de Riva Agüero. La actitud del Mercurio Peruano, revista que fundó en 1918 y dirigió hasta su muerte, fue también de sincera simpatía hacia el escritor socialista, lo cual no invalida la crítica serena y objetiva. Así lo reconoció el mismo Mariátegui, cuando escribió a Raúl Porras (entonces encargado del Mercurio) en carta del 21 de setiembre de 1929: “La indiferencia con que la crítica de Lima ha recibido hasta hoy mis “7 ensayos”, cuya aparición sólo ha sido señalada hasta hoy en periódicos o revistas de aquí por atentas notas de Ud., Luis Alberto Sánchez y Armando Herrera, es una razón más para que yo me siente reconocido a “Mercurio Peruano” que tan deferentemente ha querido llamar la atención de su público sobre lo que en el extranjero se ha escrito sobre mi libro”. El texto parcialmente trascrito, no requiere mayor comentario.

Mi abuelo, antes de morir, se preocupó mucho por reeditar sus principales obras. Siempre tuvo la impresión que en lo esencial su mensaje no había sido comprendido. Me dijo alguna vez: “Espero que cuando muera se forme una gran corriente a mi favor”.

Su vasta producción bibliográfica alcanzó una multitud de temas: Religión, Derecho (en especial el Constitucional y el Internacional) Filosofía, Política, Sociología, Historia.

Queda aún por hacer sobre cada uno de estos aspectos un estudio sereno y objetivo. La hora de la revisión crítica llegará. No adelantemos los relojes. Pero, por encima de cualquier estimativa, quedará siempre de cuerpo entero, la sinceridad indesmayable de sus convicciones y su amor apasionado a la patria.
Lima, 20 de diciembre de 1966

REQUIEM PARA VÍCTOR ANDRÉS BELAUNDE - HOMENAJE

Por ENRIQUE CHIRINOS SOTO

(*) De Correo, 18 de Diciembre de 1966

La vida de Víctor Andrés Belaunde estuvo permanentemente presidida por el signo de fecundidad.

Hubiera podido decir, como Rubén:
“Y la primera ley, creador: crear. ¡Bufe el eunuco! Cuando una musa te dé un hijo, queden las otras ocho en cinta”.

Él tuvo encinta siempre a la musa de la elocuencia. Alguna vez acompañé a Belaunde, a las afueras de Nueva York, para que le impusieran un doctorado honoris causa en una universidad anglicana. Era a la sazón Presidente de las Naciones Unidas. Le tocó hablar en la capilla. Se expresó en inglés. No podía decirse que el tema señalado fuera particularmente ameno: los problemas y las perspectivas del máximo organismo mundial. Pero él tenía la virtud de animar las palabras con el gesto vivaz y con los ojos soñadores y profundos. El idioma de Shakespeare, en definitiva extraño, adquiría, en la versión de Belaunde vivacidad meridional. Lo escuchaba un auditorio juvenil y recogido. A la mitad y al final del discurso, estallaron los aplausos. Nunca antes en cincuenta años de historia, se había aplaudido a nadie en la severa capilla episcopal, según informó el asombrado Rector a los amigos peruanos que rodeábamos al Maestro.
Tanto como las ideas lo entusiasmaban las palabras. Ya he tenido oportunidad de decir que, para él como para Ortega, las palabras valían no por sí mismas sino en cuanto fuesen logaritmos de conceptos. Vivía, con fruición lúdica, en una especie de orbe intelectual aparte, emparentado con el juego de abalorios de la novela de Hermann Hesse. Era un atleta infatigable del pensamiento: y, si conseguía ensartar palabras en la sonoridad de una frase redonda y, en lo posible paradójica, que él elevaba de inmediato a la categoría de apotegma, entonces su deleite llegaba al máximo.
De vuelta de uno de sus últimos viajes, contaba en Lima que, comensal en un banquete en Nueva York, le había tocado pronunciar el primer brindis como al más antiguo de los diplomáticos presentes. Empezó con estas palabras: “The right of seniority is the only right that is excercised with regret”, lo que libremente traducido al español, podría significar: “La preminencia que dan los años es la única que suele ejercerse con pesar”.

En otra ocasión, fue asediado por una periodista noruega. La bella dama quería entrevistarlo y, además ejercer con él alguna forma fascinante de la coquetería nórdica. Como dramático resumen del conflicto, en Víctor Andrés perenne, entre su fuego de varón entero y su sentido religioso del pecado, me dijo este apotegma: “He descubierto que la fidelidad conyugal es más difícil de sobre llevar que el celibato eclesiástico”. El Maestro me perdonará la travesura de esta infidencia.
Era millonario de teorías. De las mujeres, acostumbraba decir que se dividen, zoológicamente, en gatas y gacelas. Gata es la que acomete; gacela es la que huye. La mejor es aquella que, siendo gacela en lo esencial, tiene un elemento indispensable de gata. Respecto de la política, acuñó una enérgica definición quevediana: “el poder es lujuria sin orgasmo”. Inventó una teoría gramatical sobre el uso peyorativo del plural, que en cierta ocasión expuso en Madrid ante el regocijo de los académicos de la lengua.
El singular, decía, es noble en español, en tanto que, con el plural, las palabras se plebeyizan. Así, por ejemplo, la Verdad es Dios mismo, pero verdades son las que se dicen las comadres. Así, el honor es virtud cardinal del alma, pero honores son las condecoraciones y medallas. Y, a propósito del parentesco que pueden tener el inglés y el castellano, al través del latín, observaba que, en inglés, curiosamente, a los heridos los llaman injuriados; a los enamorados, los llaman infatuados; y a los pródigos, los llaman extravagantes; y así sucesivamente.
De la teoría, se elevaba, en brazos de la inspiración fantástica, como un patriarca bíblico, a la leyenda. Yo no sé si ha llegado a escribir la leyenda de la maldición implícita. En todo caso, oralmente la narró muchas veces. La esencia del argumento es esta: en el Paraíso Terrenal, después de la caída, Dios condenó al hombre a ganar el pan con el sudor de la frente; y a la mujer, a parir con dolor. Ambas maldiciones explícitas han sido levantadas. La del trabajo, por el milagro de la civilización. La de la preñez por la recompensa inefable que representa, para la recién parida, el hijo que es carne de su propia carne. He aquí, sin embargo que el dolor no desaparece de la historia de la humanidad. Hay que pensar, por lo tanto, que además de las maldiciones explícitas, ya levantadas, Jehová descargó una maldición implícita, que todavía padecemos. Esa maldición no es otra que la de haber condenado al hombre a ser gobernado por el hombre. En una palabra: haberlo condenado a la política.
Orador por sobre todo y, además, historiador, jurista, filósofo, sociólogo, diletante en el mejor sentido de la palabra, abierto a todas las inquietudes posibles del alma, a todos los placeres del espíritu y de los sentidos, a la buena mesa, al humo del cigarrillo, al dorado vino de Andalucía, al rojo vino de Francia, a la lectura, a la tertulia, me parece, empero, que no lo rondó nunca la musa de la inspiración poética. Si hubo encuentros casuales, no produjeron resultados duraderos ni, en su propia estimativa, dignos de elogio o de recuerdo. No obstante, gustaba intensamente de la poesía. Entre picaresco y melancólico, repetía un dístico que, por fin, nunca supe si era suyo o de Bossuet:

“Por le passé, pas de regrets;
Por l’avenir, pas d’illusions”.

Me atrevo a traducirlo de este modo:

“Para el pasado, ninguna lamentación; por el porvenir, ninguna ilusión”.

Enamorado de Rubén, como todos los hombres de su generación y como todo el que conoce de poesía castellana, citaba de memoria el célebre pasaje del Coloquio de los Centauros:

“Ni es la torcaz benigna ni es el cuervo protervo;
Son formas del enigma la paloma y el cuervo”.

Protervo es un adjetivo ciento por ciento rubendariano: Protervo –“pájaro protervo”- vuelve a llamar Rubén al mismo cuervo en el hermosísimo Responso a Verlaine. Además de conjugar misteriosa y conceptualmente, la palabra “cuervo” y la palabra “protervo” llevaban a Víctor Andrés al delirio. Por eso, puso el nombre de “protervia” –La Protervia- a la peña intelectual que él presidió en Lima en sus años mozos.
No creo, en cambio, que la poesía de César Vallejo se acomodase a su sensibilidad. Pero le profesaba un profundo respeto.

Alguna vez conseguí convertir ese respeto en entusiasmo, lo que en el caso de Víctor Andrés no era tarea de romanos, recitándole las estrofas vigorosas y marciales del Himno a los Voluntarios de la República:

Miliciano de España,
Voluntario de huesos fidedignos,
Cuando marcha a morir tu corazón,
Cuando marcha a matar, con su agonía mundial,
No sé, verdaderamente, qué hacer, dónde ponerme,
Corro, escribo, aplaudo…

Desconfiaba del arte nuevo. O del arte novísimo. Olfateaba el contrabando. “Tengo la impresión –me decía- de que Picasso se burla de nosotros”. Significativamente, acabo de leer que, en opinión del crítico de arte de “The Times” de Londres, la obra de Picasso, de treinta o cuarenta años a esta parte, es una broma deliberada, con excepción de cuadros como “Les Demoiselles d’Avignon” o “El Bombardeo de Guernica”. El descubrimiento de esta coincidencia de pareceres ahora me entristece porque no podrá ya nunca, en este mundo, comunicárselo al Maestro.

A propósito de pintura, no conozco ejercicio intelectual más extraordinario que el de visitar, por ejemplo, del brazo de Víctor Andrés, el Museo Metropolitano en Nueva York. Delante de cada obra maestra, podía pronunciar un discurso. Delante de un bellísimo cuadro de El Greco –un Cristo que apenas carga la cruz como una pluma, y tiende hacia el cielo los ojos inmensos, los ojos inmensamente dolorosos- podía derramar y hacer derramar lágrimas. La espiritualidad castigada, atormentada y a la postre sensual de El Greco, como la de San Juan de la Cruz, lo conmovía particular y poderosamente.

En Nueva York, hace años, compartí con él una habitación a lo largo de semanas. Enemigo de la televisión, del cinema, de todos los agente de la barbarie contemporánea, transigía con la radio como vehículo de noticias y de buena música. “Me acuesto con Bach; me levanto con Beethoven”. Ese era su lema en lo musical. En lo periodístico, lo homologaba con el siguiente: “Me acuesto con el Herald; me levanto con el Times”.
Se iba a la cama muy temprano. Dormía con la facilidad de un niño. Ero se despertaba a las tres o cuatro de la mañana para la lectura cotidiana de San Agustín o de Pascal. A las siete, debajo de su abrigo, acudía a San Patricio para recibir la comunión. Ni los cuidados de su cargo ni la enfervorizada preparación de sus discursos, le disminuyeron nunca las ganas de organizar un buen desayuno a base de huevos revueltos y sazonados por él mismo y de “corn flakes”.
Yo no puedo, por lo menos no podría ahora, decir el elogio del hombre público; del diplomático que se quemó las pestañas en todos nuestros pleitos de límites; del político que sufrió destierro a todo lo largo de la dictadura de Leguía; del parlamentario que contribuyó, con el que más, a la Constitución que nos rige. No. Con Víctor Andrés, he perdido al primero de mis maestros, al mejor de mis amigos, al hombre a quien más quise, después de mi padre.
En la generosidad de su afecto, me confundía a mí con mi padre, al extremo de que nunca pudo llamarme por mi nombre sino por el patronímico de mi padre –Carlos- con quien lo unía, desde la Arequipa de su infancia, una fraterna amistad.
Como no puedo eludir la obligación periodística de escribir sobre Belaunde he tenido que cumplirla desde la ventana de mi más acongojada y traspasada intimidad.
Para despedirme hoy de Víctor Andrés, me vienen a la memoria las palabras que, en ocasión semejante, usó Manuel Machado para despedirse de Rubén:

Como cuando viajabas, maestro, estás ausente
Y llena está de ti la soledad…

¡CUÁNTO LO SIENTO, MAESTRO!

Por LUIS FELIPE ANGELL

De Correo, 15 de Diciembre de 1966

Lo imagino dormitando su muerte con la misma placidez que le reflejaba el rostro cuando, entre los discursos interminables y el aire caliente de los salones herméticos, cedía a la fatiga su atinada vigilia de hombre inteligente y navegaba una siesta, imperceptible tras el rostro senatorial y el adusto gesto acumulado en los dos informes bosques de sus cejas.

Imagino su dinámico brazo pedagógico, muerto con él al movimiento y al trazo de invisibles argumentos en el aire; batuta del índice arrugado con que dirigía la amena partitura de su conversación, torrencial y magnífica; mano cordial la suya, que transmitía, en el saludo o la palmada, un oportuno poco de su optimismo y de su humana cordialidad.
La noticia de su muerte me lo llena de vida en el recuerdo y encadena, caprichosamente, uno con otro, los heterogéneos episodios que a lo largo de varios años me tocó vivir a su lado. Desde que me nombró su “cuasi-secretario” en la Universidad Católica hasta que nos vimos, por última vez, hace poco tiempo, en una calle de Lima. Fui su Secretario Privado –yo tenía 23 años- en la Cancillería y me llevó a las Naciones Unidas, como Secretario de la Delegación del Perú, para que “aprendiera cuál es la forma correcta de no pronunciar un discurso”.

Hablar de su inteligencia es caer, ya –ahora más que nunca- en un lugar común. Era deslumbrante, de una formidable capacidad mímica para reforzar el argumento o robustecer la anécdota. Su memoria electrónica escapa a toda ponderación y todavía recuerdo el impacto que hizo en el canciller colombiano Zuleta Angel, cuando le ganó una discusión jurídica citándole –de memoria y al pie de la letra- párrafos interminables de la Constitución vecina. ¿Qué cosa, en el orden formal del conocimiento, la experiencia, la calidad y su trascendencia en el alto plano cultural de nuestro país, quedará sin señalarse, ahora cuando se ha inscrito en la muerte y comienza a cobrar formas en el bronce?

A mí, cuando muchacho, recién iniciándome en la carrera diplomática, me tocó recoger aspectos de su vida personal y propia, donde pude conocerlo más allá de la periferia absolutista y egocéntrica de su carácter. Tenía un formidable sentido del humor, una gran capacidad para comprender las fallas ajenas y un amor a la vida que trascendía la suya propia y llegaba hasta las más increíbles preocupaciones. Recuerdo particularmente una noche de invierno, en Nueva York. Un diálogo de esa tarde con Vishinsky, Presidente de la Delegación Soviética, lo había mortificado al extremo de llamarme para que lo acompañara a “dar una vuelta”. Recorrimos diez o doce cuadras de la Quinta Avenida y regresábamos por Park Avenue, hacia el Hotel Ambassador, en que se alojaba, cuando encontrábamos una paloma con el ala rota. Ya han pasado diecisiete años pero todavía ahora, mientras escribo estas líneas (pocos minutos después de conocer su muerte) lo estoy viendo quitarse la bufanda, envolver con ella al animalito y entrar en el hotel preguntando por una clínica veterinaria, para llevarlo.

Ya era entonces un hombre maduro y casi viejo, pero ahora lo recuerdo curiosamente moteado de gestos infantiles. Tenía la poco frecuente habilidad del diálogo polifacético, que lo hacía atractivo y ameno interlocutor para todo el mundo. A veces sugería, con la cordial o inteligente presencia de Manuel Félix Maúrtua, que tomáramos un “milkshake”, puntualizando que él no tomaría de chocolate… Cierta vez lo vi enfrascarse en una larga discusión sobre las ardillas con un niño de diez años, al que dejó deslumbrado, un poco por sus conocimientos sobre el tema y otro poco por la forma tan particular que tenía de hablar inglés.

En las Naciones Unidas se le estimaba y consideraba con gran afecto. Hasta su viejo problema con Vishinsky, cuya trascendencia y violencia alcanzó las primeras páginas de los diarios, culminó en un almuerzo al que me cupo asistir y donde el enigmático embajador soviético terminó abrazándolo y ofreciéndole su amistad. Es muy difícil y hasta innecesario juzgarlo a través de una luz imparcial, porque él dejaba una huella cordial y grata por donde pasaba. Tenía, como dijo alguna vez el embajador Luis Fernán Cisneros, que estaba con nosotros, “material para diez conversaciones simultáneas”. Yo diría que, además, era un hombre profundamente bueno y en el calificado sentido de la palabra. Oficialmente, ha muerto uno de los más brillantes internacionalistas del Perú y de América. La noticia dará la vuelta al mundo por los grandes valores propios que con él mueren. Perdemos un hombre muy valioso, un patriarca de la diplomacia, un ex Ministro y un ex Presidente de las Naciones Unidas. Es cierto que su fallecimiento representa una pérdida al país en diversos campos pero fundamentalmente, en lo que atañe al derecho internacional.

Pero en lo atañente al pequeño grupo de estudiantes que lo acompañó desde la Universidad Católica hasta la Cancillería; de ese pequeño grupo en el que sembró raíces hondas de afecto y admiración, y del que fue –al mismo tiempo- un amigo, un profesor y, en cierto modo un padre, su desaparición se envuelve en un halo de pesada nostalgia y la profunda huella que su personalidad y sus enseñanzas dejaron en nosotros, cobra vida en este recuerdo cálido con que se inaugura su muerte.

¡Cuánto lo siento, Maestro…!

DON VÍCTOR ANDRÉS Y YO - HOMENAJE

DON VÍCTOR ANDRÉS Y YO

Por Ciro Alegría

De Expreso, 19 de Diciembre de 1966

El título de esta crónica quizás parezca demasiado presuntuoso. Confieso que me acojo a él para establecer una delimitación necesaria. De otro modo no podría escribir hoy sobre don Víctor Andrés Belaunde, cuyo fallecimiento lamenta la nación. Sus actividades fueron tan múltiples, su actuación tan fecundamente prolongada, (inició su carrera diplomática y literaria antes de que yo naciera), que no me sería posible enjuiciarlo con pleno conocimiento.

Mi ausencia de veinticinco años en el extranjero me impidió, además, leer y observar con la debida atención en todos los casos. Al regresar, para ponerme al día en materia de lecturas solamente, el tiempo me ha resultado corto. Es así como debo escribir acerca de don Víctor Andrés Belaunde en relación conmigo. Mi homenaje será también, aunque fragmentariamente, el testimonio inicial de un escritor de mi generación.

El año 1960, al poco tiempo de haber regresado al Perú para quedarme, fui elegido miembro de la Academia Peruana de la Lengua, correspondiente de la Española, institución de cultura que don Víctor Andrés presidía con acierto y prestigiaba con su nombre de escritor sumamente diestro. Me dirigió entonces una elogiosa nota comunicándome la designación e invitándome a las sesiones. Así lo hice y pude conocer, personalmente, a un anciano de muy avanzada edad que no había mellado su corazón animoso y cuyo pensamiento claro dominaba los más variados temas, discurriendo con verbo fácil y elegante dentro de su sencillez. Era también propenso al humor. Diré mejor que su pensamiento severo a menudo sonreía.

En la Academia de la Lengua, la vasta cultura y la múltiple inquietud intelectual de don Andrés, determinaban que se hablara de todo y no sólo de problemas relacionados con el idioma y la vida institucional. En los últimos tiempos, estaba muy empeñado en que la Academia publicara una serie de clásicos peruanos, comenzando por el Inca Garcilaso. Y así se encontrara en el fin del mundo debido a su actividad diplomática, regresaba siempre a Lima para celebrar con la que “limpia, fija y da esplendor” el día de Cervantes.

A poco de conocernos, me dijo se sopetón: “¿Qué le parece lo que digo sobre Ud. en Peruanidad?”. Admití que no conocía tal libro. Me leyó entonces la siguiente página: “En la Realidad Nacional hicimos una simpática apreciación de la obra de Mariátegui que, es justo reiterar ahora en lo que ella tiene de sinceridad. Pero los marcos y las teorías de influencia marxista no son lo importante en la obra de Mariátegui. Su aporte de valor permanente es su aguda presentación de muchos aspectos de la realidad peruana, sus observaciones e intuiciones concretas y su orientación a la vida nacional en la cual no puede negarse el valiosos antecedente de García Calderón, Riva Agüero y, en general, de la generación novecentista. Las novelas de Ciro Alegría, sobre todo El Mundo es Ancho y Ajeno, dieron respuesta a un anhelo nuestro expresado al final del capítulo de réplica a Mariátegui sobre nuestra evolución cultural: el surgimiento de una obra que recogiera el mensaje de la tierra y el grito de dolor y protesta de la raza aborigen. En estilo cuya modernidad y peruanismo no ahoga las nobles esencias hispánicas, Ciro Alegría ha pintado de un modo magistral e impresionante no sólo magníficos cuadros de nuestros paisajes sino también escenas profundamente representativas de la peculiar vida peruana. En la emoción de la tierra de la raza palpita un aliento de poseís en que se funden el sentimiento telúrico, la nostalgia adolorida y el ansia de infinito del hombre andino”.

Le agradecí sus elogiosos conceptos y luego nos enfrascamos en una discusión larga, un tanto aguerrida y siempre amena. “¡Vaya, Ud. Es un doctor en peruanidad!”, me dijo en cierto momento. No pudimos ponernos de acuerdo en muchos puntos, pero la ponderación que empleaba al discutir y la forma honrada con que admitía algunos ajustes de cuentas a las conservadores del país (Belaunde se decía “conservador democrático”) me hicieron apreciarlo grandemente.

Con el tiempo y a medida que lo fui conociendo más, el aprecio se volvió admiración por el escritor que sostenía con indeclinable honradez sus ideas.

miércoles, 6 de octubre de 2010

PALABRAS DEL R.P. FELIPE MAC GREGOR A NOMBRE DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA - HOMENAJE

Discursos en el Cementerio

Formando parte del cuerpo de nuestra nación, de sus leyes, instituciones, disposiciones administrativas, pero formando parte sobre todo del alma de nuestra nación de sus ideales, sus aspiraciones, sus angustias como del pulso de sus días, unida con una maternidad intelectual y moral a muchos hombres en quienes parece como anhelar más hondo el espíritu de la patria, vive hace 50 años, la Universidad tuvo en el Maestro Belaunde un apoyo, una inspiración y una guía.

Comprenderéis por qué al callar ahora su voz, el silencio nos sobrecoge primero y nos obliga después a oír los otros modos, a buscar los otros vestigios, cómo su inspiración, su guía pueden llega hasta nosotros.

Nos sobrecoge el silencio de quien fue voz, palabra ardiente, imagen modulada por la emoción, la inteligencia.

Nos sorprende la rigidez de un cuerpo cuya actividad pasmosa lo hacía casi diáfano, transparente, dócil al espíritu.

Nos confunde la falta de la luz en sus ojos, esa luz que no sólo era el fulgor, el brillo de su inteligencia, sino también la mirada amiga, amable, la que censura, como la que atrae.
El frío de su cadáver contrasta tanto, es tan opuesto al calor ardiente de su afecto de amigo, de maestro, de creyente, de buscador incansable, de peregrino del mundo!

Esto es irreversible: Cuando vuelvan su voz, su mirada o el calor de su cuerpo se habrá acabado el tiempo que contamos los hombres, y empezará el día del Señor, cuando Él marcará el tiempo si orillas.

Es cierto, pues, que no podemos ya ir tras el llamado de su voz amiga, ni podemos leer en su mirada la decisión de su voluntad, ni sentir la fineza de su afecto; por otros vestigios hemos ahora de andar para encontrar su inspiración.

La Universidad es la certeza firme que se afianza en el saber iluminado por la fe.

La Universidad es la búsqueda incesante de las verdades a que ese saber se extiende y con las que se ilustra.

La Universidad es el amante, apasionado empeño, de que la verdad ilumine la vida de las naciones, los pueblos, o la humanidad entera: por eso la Universidad es la patria hecha lección, preocupación y amor intelectual como el que Spinoza reserva para las más grandes entre las cosas.

La Universidad es, además, el trabajoso esfuerzo, el trajín sin desmayo para que aprender y estudiar, dialogar y buscar la verdad, puedan ser hechos con decoro, libertad y seguridad.

El testimonio de su vida, la “Palabras de Fe” ó “El Cristo de la Fe” del Maestro Belaunde, son algunos de sus muchos testimonios, de cómo la tensión entre saber y creer es una tensión real, son además, la prueba viva de que esa tensión tiene solución, pero que la solución no es una fórmula sino un espíritu, una actitud que la Universidad Católica tiene la misión y la obligación de crear.

No hay Universidad donde no hay búsqueda de verdad, ya sean las verdades de unos límite territoriales, como las leyes internas que dan consistencia y dinamismo a una síntesis que vive. Para la Universidad Católica será siempre una inspiración la inquietud de este constante buscador que enseñó a buscar, despertó en muchos la ambición de conocer.

La fe del Perú, la vida del Perú, la historia del Perú, los hombres del Perú, conformamos una síntesis viviente que es la peruanidad. Belaunde fue el alquimista que estudió esa síntesis y su taller, sus alambiques y redomas para el análisis o las pruebas, fueron su casa y nuestra casa: la Peruanidad y su estudio estarán siempre asociados al Maestro Belaunde y a la Universidad Católica del Perú.

Pero, además de dedicarse en la Universidad a las grandes urgencias intelectuales, Belaunde también trabajó con tesón y desinterés admirables en su gobierno. Su título de Rector Emérito es quizá el más justamente concedido por la Universidad: desde que ingresó a ella fue miembro del Consejo Superior, más de 35 años en el máximo órgano del gobierno de entonces y en los que después se sucedieron al perfeccionarse la estructura y sistema de gobierno de la Universidad Católica.

Por estos caminos de síntesis de fe viviente, ardiente pasión intelectual, amor sin fronteras al Perú y amor a la Universidad leal y sacrificado, como todo amor auténtico, podremos los hombres de la Universidad encontrar la voz amiga, la guía, la inspiración de Belaunde.

Estas palabras no son nuestro homenaje, su homenaje es la obra por él hecha y la que muchos otros han hecho y hacen la Universidad inspirados por él.

Con Belaunde muere uno de los hombres que Dios providencialmente asoció con el Padre Jorge para establecer la Universidad, tales fueron José de la Riva-Agüero, Cristóbal de Lozada, Raymundo Morales de la Torre.

Menciono a algunos de los fallecidos. Nos queda a los que vivimos y fuimos testigos de la dedicación de Belaunde y estamos como él convencidos de la importancia de la obra, no sólo continuar sino mejorar la Universidad Católica.

Siento frío ante la grandeza de la misión, afectivamente siento la falta de este amigo y consejero, por eso mi fe de cristiano me vuelve a Dios y a un nuevo intercesor que la Universidad tiene ante Él y le encomiendo, le pido, que continúe velando desde el cielo por lo que tan noble, tan celosa, tan abnegadamente trabajó en la tierra.

LA REALIDAD NACIONAL - EL PROBLEMA DE LA TIERRA

CAPÍTULO III

EL PROBLEMA DE LA TIERRA


EN EL LARGO ENSAYO que Maríátegui dedica al problema de la tierra, hay que distinguir el proceso histórico, la descripción de la situación presente y la solución.

Sólo el presente nos es dado pintar, y aun esto de un modo particular, con visión directa e inmediata. Para lo pasado nece­sitamos el apoyo de teorías e hipótesis y para lo futuro, la pro­yección de la luz de una doctrina. Mariátegui se muestra un ex­celente realista cuando nos describe la comunidad bajo la repú­blica, la comunidad y el latifundio y el colonialismo en la cos­ta; pero cuando se remonta al pasado, surgen los prejuicios y los claros de su andamiaje intelectual.

La historia de la propiedad territorial en el Perú no está escrita y, por lo mismo, todo ensayo de reconstrucción debe co­menzar por la confesión de inevitables deficiencias e ignoran­cias. La primera forma de propiedad en el Perú es la comunal: el ayllu o la marca: sistema generalizado en todos los valles de la sierra y la costa. El ayllu precedió al imperio; el mérito de los incas consistió en respetar las comunidades, tomando sola­mente parte de las tierras que dedicaron al estado y al cul­to. La constitución del imperio supuso una cercenación de la propiedad comunal.

¿Cuál fue la proporción de los territorios cercenados? No lo sabemos; pero sí tenemos testimonios histó­ricos que hablan específicamente de tierras de comunidades to­madas por los incas. Que a pesar de esta expoliación, los incas, por su política de eficiencia en el trabajo y de irrigaciones, crea­ron una situación de prosperidad y de mayor rendimiento, no hay la menor duda. Exagerada, sin embargo, para la población, es la cifra de diez millones. El cálculo más optimista que co­nozco es el de ocho, incluyendo Quito, Charcas, el norte de Argentina y de Chile.

Cuando los españoles llegaron al Perú no encontraron sola­mente la propiedad de las comunidades indígenas, sino también la numerosa propiedad estatal o nacional que los incas dedica­ban al sostenimiento de su burocracia civil y eclesiástica. Al apo­derarse de un modo súbito de toda la extensión del imperio y destruir la jerarquía indígena, dispusieron desde el principio de su inmensa cantidad de tierras. El sistema de la gran propie­dad, el latifundio, fue inevitable.

Atribuir la gran propiedad a la psicología o la incapacidad del español, haciendo un paralelo con el proceso de la colonización americana, me parece un gran error. Mariátegui, al incurrir en él, revive el criterio romántico y falso sobre los orígenes y evolución de los Estados Unidos. El divergente proceso de las dos colonizaciones no se debe sólo a diferencia de psicología en las razas, sino a diferencia de situa­ciones y de tiempo. Mientras que los ingleses fueron apoderán­dose parsimoniosa y lentamente de la limitada región entre el Atlántico y los Alleghanys, destruyendo o empujando a la pobla­ción aborigen, España se adueñó, en cincuenta años, de toda la tierra laborable de México hasta Chile. La expansión de los Es­tados Unidos más allá de los Alleghanys, the winning of the West es cosa de fines del siglo XVIII y principalmente de principios del siglo XIX. España, en lugar de destruir o de repeler hacia la hoya amazónica a la raza aborigen, trató de asimilarla y conservarla. Censurar a España por la apropiación de las tie­rras del estado valdría tanto como reprocharle la amplitud de su esfuerzo descubridor. Tan es cierto que el régimen de la gran propiedad en América, con su triste aditamento, la servidumbre, fue el resultado de condiciones objetivas (territorios ocupados y razas existentes) que los colonos ingleses en la región del sur, de tierras más extensas y de climas más favorables, esta­blecieron el latifundio y el trabajo de una raza inferior impor­tada: la negra. Lo interesante en el caso de España es que una vez destruido el imperio incaico, bajo la influencia de las ideas religiosas, que encarnaba la escuela dominica, Las Casas, Vitoria, de Soto y otros, tratara de limitar la distribución a las tierras del estado incaico, respetando las comunidades existentes.

La política de la época constructiva (1550) era adaptar el régimen español al régimen incaico, en lo que se refiere a la propiedad y al trabajo. Respecto de la primera, la masa indíge­na conservaría toda la que tenía, en tanto que la propiedad estatal se daba a los individuos e instituciones civiles y principal­mente religiosas. Respecto del trabajo, éste debería representar prestaciones en especies o en servicios, de ningún modo mayo­res que las impuestas por el régimen incaico. Tal es, en esencia, la famosa cédula expedida por Carlos V a los licenciados Santi­llán, Ondegardo y Matienzo, que deberían responder al más interesante y completo cuestionario que existe sobre la cuestión indígena. ¿Hasta qué punto en la historia efectiva la constitución de las grandes propiedades particulares y eclesiás­ticas respetó la política de esa cédula y el latifundio señorial o eclesiástico salió de los límites de la antigua propiedad esta­tal? ¿Cuál fue el efecto que en las propiedades produjo la po­lítica de reducciones del Virrey Toledo y el mantenimiento de las encomiendas? La falta de estudio sobre datos históricos, estadís­ticos, impide científicamente llegar a conclusiones terminantes; pero es de presumir, como lo sostiene Ugarte, que gran par­te de la propiedad indígena pasara legal o ilegalmente a manos de los españoles y criollos, por obra principal de las encomiendas.

La gran tragedia para la raza aborigen fue la siguiente: la política de protección inspirada por la Iglesia, debida al regalis­mo español no quedó encomendada a ella en su aplicación. Es un error muy corriente, y del que no está libre el propio Ma­riátegui, considerar al estado español, en esa época, como el ti­po del estado medioeval. Nada es menos cierto. El estado es­pañol antes de la conquista realiza la moderna evolución hacia el absolutismo. El estado español, un siglo antes que Francia y dos antes que Prusia, es el tipo de Estado que lo absorbe y lo domina todo: el Estado que podríamos llamar monista en opo­sición al Estado plural de la Edad Media. Este Estado no se ha­lla sometido a la Iglesia, sino al contrario. A pesar de su fe ca­tólica, España, en esto, como la Francia galicana, no se diferen­cia de los estados protestantes o de la Iglesia nacional. Por el patronato la Iglesia perdió en parte el carácter corporativo de la Edad Media y quedó convertida en un rodaje de la máquina política. Por eso hay que distinguir, en la colonia, la jerarquía eclesiástica sometida al rey, de la Iglesia relativamente libre de las órdenes religiosas. La tendencia regalista, que es una ten­dencia imperialista, fue eliminar las órdenes religiosas de los territorios habitados por quechuas y aimarás, indios de paz, que habían evangelizado, relegándolas a las regiones de frontera, indiOS de guerra, de las hoyas del Orinoco, del Amazonas y del Paraguay. Los reyes de España daban apenas diez años para con­vertir una misión en doctrina en la región del antiguo Perú. Al terminar ese plazo, el grupo indígena escapaba al misionero y quedaba bajo la jurisdicción del cura, sometido al obispo, el cual lo estaba más al Rey que al Papa. El indio peruano necesitaba de la permanencia indefinida del misionero como maestro y de­fensor. En lugar de organismos misionarios para defender a las comunidades, creó Lope de Castro la nueva institución de los co­rregidores de indios, destinada a controlar a los encomenderos; pero que, careciendo del celo religioso y de sentido corporati­vo, resultó a la postre una especie de encomienda temporal. A pesar de todo esto, la propiedad eclesiástica (conventos e igle­sias) y la legislación sobre las comunidades, atenuaron eviden­temente los resultados desastrosos del latifundio. La propiedad eclesiástica de rentas moderadas o de censos o de cánones re­ducidísimos favoreció la constitución de una clase agrícola me­dia. Además, esa propiedad respondió a fines de orden esencial­mente colectivo: el culto, necesidad espiritual y estética; la beneficencia, hospitales y hospicios, y, sobre todo, a la educación. A todo lo cual habría que agregar que la renta eclesiástica, como lo ha probado Pereyra, se invirtió siempre en las colonias, en tanto que de la renta del Estado, buena parte iba a la pe­nínsula. Desde el punto de vista económico, puede llegarse a esta conclusión: la propiedad eclesiástica realizó una función na­cionalista y democrática.

Por eso fueron tan desastrosos los efectos de la supresión de los jesuítas, a quienes con tanta justicia elogia Mariátegui, des­de el punto de vista económico. Las propiedades de éstos pa­saron a incrementar el latifundio laico. El caso fue notable en Arequipa, en donde la propiedad jesuítica pasó a manos de la familia Goyeneche, y una renta que ha llegado a la suma de 300,000 soles al año, en lugar de emplearse en el debilitado organismo de esa ciudad, salía todos los años al extranjero.

La acción misionaria, la misma obra de la Iglesia secular, a pesar de su sumisión al Estado, la preservación de las comuni­dades, el monumento no superado de legislación tutelar y sus tentativas de aplicado constituyen la parte luminosa de la épo­ca colonial.

Mariátegui ha reconocido parcialmente este cuadro, al re­vindicar, con legítimo orgullo, la constatación relativa a las ór­denes religiosas que le ha correspondido hacer, “a pesar de ser marxista convicto y confeso”. La parte sombría del cuadro la constituyen la encomienda, la mita para las minas y la introduc­ción de la esclavitud en la costa. Aquí no caben ni excusas ni paliativos; pero no hay que suponer que el régimen colonial es­pañol tuvo el monopolio de estos sistemas de explotación. Bas­taría la comparación con otros países y la historia reciente del contacto de las razas superiores con los pueblos de color, para probar nuestro aserto. La revolución americana, desde el punto de vista de los fac­tores económicos internos, es fruto de los intereses, no sólo de una aristocracia territorial criolla, que buscaba salida para sus productos y al mismo tiempo influencia política, sino también de la clase media de los mestizos dedicados a la pequeña pro­piedad, o a ciertas profesiones liberales o anhelosos de posicio­nes burocráticas. En el Perú, me parece exagerado atribuir la independencia, como lo hace Mariátegui, a factores puramente externos. Aunque nos faltó el factor decisivo de una per­sonalidad genial, no puede dudarse que después de la decep­ción que trajo la restauración absolutista de 1814, la aristocra­cia territorial y el mestizaje, o sea la clase media, se orientaron definitivamente hacia la independencia. En la revolución no hu­bo evidentemente un programa de carácter agrario; no apare­ce tampoco exigido por las condiciones económicas en ese mo­mento, ni por ninguna reivindicación de clase. Con un criterio de relativismo histórico, no cabría censurar a los leaders de la revolución par la falta de división de propiedades. La aristocra­cia territorial se sumó a la revolución y estaba empobrecida des­pués de la guerra; el latifundio eclesiástico desempeñaba una función social. Las nuevas ideas y necesidades de la circulación de la riqueza exigían la abolición de las vinculaciones y de los mayorazgos; se siguió esa política, que fue coronada por el có­digo civil. Con el mismo criterio de relativismo histórico no po­día exigirse más de ella. El Perú estuvo libre felizmente de la orientación jacobina que dominó en otros países de América, orientación que respetó el latifundio privado y se adueñó del latifundio eclesiástico, como en México: la llamada política de las leyes de reforma. Hoy sabemos cuál fué el resultado. La confiscación de la propiedad eclesiástica no favoreció ni al arren­datario ni al peón y sirvió únicamente para acentuar el latifun­dismo laico. Si en el Perú hubiera gobernado el radicalis­mo, se habría producido idéntico fracaso.

Pero si no seguimos una orientación jacobina, acentuamos el regalismo de la época colonial. La Iglesia continuó esclaviza­da y burocratizada; las misiones fueron abandonadas aun en la región de frontera. La república no necesitó, respecto de la ra­za aborigen, importar la ideología humanitaria de la Revolución francesa; le hubiera bastado revivir la tradición vernácula de la escuela dominica. De esto tuvo una clara visión Bolívar y de ahí su culto por Las Casas. Para defender al indio psicológica y económicamente, bastaba proteger las comunidades y revivir las misiones. A ello se opusieron la ilusión igualitaria y revolucio­naria y la atenuación de los sentimientos religiosos en la clase dirigente y en la clase media. Las nuevas generaciones fueron escépticas y materialistas o indiferentes y la religión era rele­gada a las mujeres o al pueblo ignorante. Era imposible, den­tro de este ambiente depresivo, que la Iglesia conservara auto­ridad y eficiencia.

Por el abandono de aquella hermosa tradición, la parte cen­surable, en la política republicana, es lo relativo a las comuni­dades indígenas. Puede decirse que la revolución fué un avance desde el punto de vista nacional, pero no desde el punto de vista de la justicia social. No olvidemos que el tributo y la es­clavitud se conservan hasta el año 54. Al mismo tiempo el la­tifundio se extiende a las tierras de comunidad al amparo de las leyes y decretos que hacían ficticiamente al indio propieta­rio. Sería un estudio interesante el de fijar el número de comu­nidades y su extensión territorial a principios del siglo XIX y a principios del siglo XX. Todo induce a pensar que la diferencia sería muy grande en contra de la época actual. El autor, que señala bien las fases de este proceso, no deduce sin embargo, la tremenda lección que de él se desprende. No basta tener un ideal generoso, y lo era el de hacer al indio propietario indi­vidual; es necesario un criterio realista. La utopía del individua­lismo no se aparta de la utopía socialista con su igualitarismo económico. El indio no fué ni ciudadano, ni propietario con el sufragio universal; mañana, en que sin criterio realista se na­cionalice toda la tierra y se le lleve a los soviets, como antes se le llevaba a las ánforas, no será tampoco propietario, ni ciu­dadano. Si la revolución se basó en los intereses de la gran propie­dad y respondió a las finalidades burocráticas del mestizaje me­dio, fue hecha por el ejército y de aquí que el poder político no tenga una sola base, como cree Mariátegui: la gran propie­dad; sino dos bases: la aristocracia territorial y la burocracia militar. En el Perú se agregaron pronto dos factores: uno, por la formación de una nueva oligarquía, a consecuencia del gua­no, y otro, por el funcionamiento político que tenía que crear a la larga el tipo del pequeño gamonal político o cacique provincialista. Un partido de clase media y de profesionales no pu­do formarse; así fracasaron el partido liberal y su continuación: el primer partido civil de Ureta y de Arenas. Sólo la nueva plu­tocracia, más bursátil que territorial, logró cristalizarse en un partido político para luchar contra la clase militar, al principio, entendiéndose con ella, después. La democracia desarrolla el ti­po del político, de caciques, propietarios o no, que llegan a formar artificial y momentáneamente fuerzas de consideración. Clientela en unos casos de la burocracia militar, en otros de la plutocracia, ha revelado a veces tentativas de emancipación, co­mo en el año 90, en que Rosas representaba la oligarquía; Morales Bermúdez, la burocracia militar, y Valcárcel, el caciquis­mo parlamentario. En regímenes de corrupción, el caciquismo parlamentario está destinado a enriquecerse y a agregarse a la plutocracia territorial absorbiéndola. De esos ritmos de lucha entre esos tres elementos o de sus más peligrosos contubernios, que nos explican perfectamente los factores económicos, sólo se sale en la historia del Perú por la influencia de las grandes per­sonalidades: Castilla y Piérola. Su obra no puede ser, por eso, explicada por el materialismo histórico. La abolición del tributo y de la esclavitud representaba para el fisco una seria dismi­nución en la renta y un serio golpe para la agricultura. Si Cas­tilla hubiera sido el simple agente de una burocracia que ne­cesitaba ser bien pagada o de los propietarios costeños, no ha­bría ni reducido sus entradas, ni quitado a estos últimos el bra­zo seguro y barato. Puede decirse lo mismo respecto de la obra esencial de Piérola: la abolición de la contribución personal y la estabilidad monetaria.Tales son las reservas y rectificaciones que cabe hacer des­de el punto de vista de la evolución histórica. Ellas se refieren principalmente a matizar la visión colonial destacando en ella la tendencia ético-realista en el problema, indígena y a atenuar algunas exageraciones del materialismo histórico en la interpre­tación de la historia republicana. Pero es justo reconocer que son inatacables las afirmaciones de Mariátegui, respecto del papel de las comunidades indígenas en la economía incaica, de la legislación tutelar, de la obra misionaria en la colonia y los car­gos que formula sobre la política republicana destructora de la comunidad. El interés, la exactitud, la profundidad de visión del autor, se acentúan cuando describe la época contemporánea. Los capítulos sobre el latifundio y la comunidad, el régimen del trabajo, servidumbre y salario y sobre todo el dedicado al co­lonialismo de la agricultura costeña contienen páginas de antología política. Establece la clara diferencia entre el latifundismo de la costa industrializado y modernizado y el primitivo e infecundo latifundismo serrano. Habría que hacer sólo la ex­cepción de las nuevas ganaderías que son la iniciación de ese proceso de modernización en la sierra. Con los datos del inte­resantísimo estudio de Castro Pozo, sostiene la vitalidad y plasticidad de las comunidades y la estagnación del latifundio serrano.

El latifundio costeño, aunque industrializado, conserva un régimen feudal de trabajo por el enganche y el yanaconado. Sa­gaces son las observaciones del autor respecto al latifundio y la despoblación y la nueva tendencia de los grandes propieta­rios de crear núcleos de pequeña propiedad a su alrededor. Pa­vorosa y exacta la pintura que nos hace de una producción agrí­cola orientada hacia el mercado extranjero y controlada por és­ta. Alarmante la cifra de cuatro millones de libras que el Perú importa en víveres y que revela hasta qué punto ha llegado nuestra dependencia económica. Sus proposiciones finales son en general inobjetables, cuando condena el absentismo por injusto y por los obstáculos que presenta al progreso agrícola, (falta de estímulo en el arrendatario); cuando afirma que una nueva política inmigratoria es incompatible con la intangibilidad del latifundio; cuando sostiene la necesidad de una política inter­vencionista en la costa frente a la imposición extranjera; cuan­do señala la inaplicación de las leyes higiénicas y de protec­ción obrera (inaplicación que revela en el Perú lo que podría­mos llamar la abdicación del estado) y cuando asevera que si el gamonal o feudal no resulta productivo, ha perdido su título aun dentro del criterio capitalista.

Todas estas conclusiones conducen lógicamente a un progra­ma realista sin utopías y sin dogmatismos que suscribirían mu­chos que no son comunistas; protección y vitalización de las co­munidades, expropiación del latifundio improductivo o retarda­do, conversión del yanacón o aparcero en propietario, defensa y extensión de la pequeña propiedad, constitución de un banco agrícola para los fines anteriores y para sustituir la habilitación extranjera, gravar el absentismo, aplicar rigurosamente las le­yes de protección obrera, fijar una proporción al capital nacio­nal en toda empresa, establecimiento de parroquias conventua­les y escuelas misionarias, y culminando todo este sistema y co­mo clave de él, sustitución del parlamento, pseudo-demo-liberal, por la representación de todos los organismos vivos en los que el trabajo tendría una gran mayoría.

No es esta por desgracia la solución del autor, entusiasta adherente al programa marxista. En éste hay que distinguir la fi­nalidad ortodoxa, la nacionalización de la tierra, que es la so­lución definitiva, y los medios o métodos que constituyen la so­lución de estrategia. Es evidente que no sólo la pequeña pro­piedad sino la comunidad son opuestas al dogma de la naciona­lización absoluta de la tierra. El programa comunista adoptado el 1º de setiembre de 1928 en Moscú, en lo referente a los países semi-coloniales de América Latina, no precisa soluciones estratégicas, pues habla sólo de “lucha contra el feudalismo y las formas precapitalistas de explotación. . . de una serie de eta­pas preparatorias, como resultado de un período de transforma­ción de la revolución democrática burguesa en revolución socia­lista”. En síntesis, nada definitivo. No son más precisos los comunistas peruanos. Inferimos que no se trate de defender las presentes comunidades sino de ex­tenderlas y de reconstruir las extinguidas. . . Respecto de la tie­rra no comunal y no fácilmente atribuible a antiguas o nuevas comunidades, ¿será la solución entregar al peonaje el latifundio serrano y al obrero los fundos industrializados de la costa para que por falta de técnicos y capital se paralice la producción y reine el hambre? En uno u otro caso, queda el problema de la organización del estado y del contenido y espíritu de la Nación. Aquí la solución comunista trasciende del punto de vis­ta económico y obrero y aborda un problema más hondo: el pro­blema de la nacionalidad, problema relativamente fácil en los países de unidad racial, problema complicadísimo en los países de mestizaje. Por gravitación natural, por surenchére demagó­gica, el programa socialista se ha hecho en el Perú programa del indigenismo radical. El indio no es una parte esencial de la na­cionalidad, sino la nacionalidad misma. Lejos de todo progra­ma de “occidentalización”, se trata de revivir la civilización in­caica, haciendo de ella una pintura idealizada. La tesis indigenis­ta en su origen fué una simple manifestación romántica: primitivismo, amor del color local, y tuvo, hasta ahora, expresiones estéticas más que políticas.

Nadie soñaba reconstituir la nacio­nalidad sobre bases y direcciones exclusivamente indigenistas; pero he aquí que las necesidades de la estrategia de la revo­lución mundial ponen a la orden del día el problema de la li­beración de las razas de color. El indigenismo radical adquiere así un nuevo aspecto que podríamos llamar pragmático. En la lucha contra el capitalismo asume una importancia de primer plano la rebelión de las razas sometidas. El socialismo abando­na su criterio humanitario y adopta, con inconsecuencia palma­ria, lo que podríamos llamar el nacionalismo racial.

La aplicación de este nacionalismo racial no presenta obs­táculos en los países en que se puede establecer una ecuación entre raza y nación, como en la India o mejor todavía en la China, en que el elemento de las razas extrañas se ha mantenido en la periferia ejerciendo apenas la hegemonía política o económica. En esos países racismo es nacionalismo.

En la América andina, en que la raza española ha convivi­do y se ha mezclado con la raza aborigen durante tres siglos, creando el tipo del mestizo, que constituye la mayoría de la po­blación, y del criollo, que por influencia del ambiente es mestizo por ósmosis, la aplicación del racismo no es la afirmación de la nacionalidad, sino su desintegración o ruptura. La conquis­ta no fué un hecho político, como cree Mariátegui; la conquista fué sobre todo un hecho biológico. No cabe ya moralizar sobre él, sino partir de él. El Perú de hoy, el Perú real, no puede ser comparado ni con la China ni con la India. De la civilización primitiva se pueden respetar el Esthetos y cierto Teknos, pero sería monstruoso e imposible intentar revivir el Logos y el Ethos y sacrificar a ese sueño parte de la población que, por herencia biológica y espiritual, pertenece a la civilización cristia­na. El nacionalismo racial lleva a la barbarie. Sus gestos sim­bólicos en América serían sacar la piedra sacrifical del museo de México y ponerla de nuevo, anhelosa de víctimas, en lo alto del Teocali; o tomar los huacos de los museos peruanos y, re­partiéndolos en el territorio, revivir los adoratorios fetichistas: renegar de la liturgia, que es ascensión por la materia al espí­ritu, para volver a la magia, que es inmersión del espíritu en la materia.

No insistamos en el pavoroso cuadro: el comunismo perua­no no tiene en esto la aprobación de la Internacional. Parece que en Moscú no han perdido del todo el sentido de la reali­dad. Leemos en el Nº 16 de La Correspondencia Internacional (15 de abril de 1929, número dedicado especialmente a la Amé­rica Latina): “La consigna propagada por la organización nacio­nalista pequeña burguesa A.P.R.A.: América Latina para los in­dios es una utopía irrealizable. El desenvolvimiento histó­rico, económico y social de América Latina ha creado una situa­ción de hecho: millones de negros, de blancos, de emigrados, de mestizos y de mulatos viven y trabajan en América Latina. Pensar expulsarlos para reservar la América Latina únicamente para los indios, guardando la pureza de su raza y restableciendo sus costumbres, su lenguaje y sus organizaciones sociales en tribus, etc., es querer remontar el curso de la historia y puramente utópico”.Contemplando el problema indígena en su doble aspecto económico y nacional, cabe decir, sintetizando, que pueden reducirse a tres los puntos de vista y las soluciones: la tesis im­perialista, la antítesis indigenista y lo que podríamos llamar la síntesis verdaderamente nacional de la tradición histórica. Para la teoría imperialista, el indígena constituye la infraestructura del organismo nacional.

Las teorías biológicas modernas, imbuidas en el concepto de la superioridad de ciertas razas, vinieron a acentuar la concepción imperialista. Para ella la nación es sólo el elemento blanco y el elemento mestizo. El elemento indígena está destinado a ser absorbido o a desaparecer. La tesis imperialista ha tenido más adherentes de lo que se supone. Pocos tenían la franqueza de enunciarla; pero ella gravitaba en la subconsciencia de una inmensa mayoría, inspirando diversos hechos legislativos, políti­cos o sociales. Frente a la tesis imperialista, que excluye del alma de la nacionalidad al indígena, aparece la tesis indigenista radical, o sea la antítesis: el indio es el país.
Apartada igualmente de la concepción imperialista, del feu­dalismo colonial y del biologismo moderno, y de la tesis indi­genista, inspirada por la estrategia revolucionaria, surge la vieja concepción que encarnó la vida de Las Casas y el pensamien­to de Vitoria. Esta concepción es ética por la inspiración y rea­lista por las aplicaciones. La tesis imperialista tiene una ins­piración económica; la tesis indigenista, una finalidad demagógi­ca y política la síntesis cristiana, surgió sin representar intere­ses o pasiones. Fué la generosa aplicación al descubrimiento de América de los principios del Derecho Eterno, de la Philosophia Perennis. Esa doctrina proclamó con Vitoria el derecho de las razas aborígenes no sólo a la propiedad y a la libertad, sino a la soberanía política.

Y luego de establecido el dominio español, con Montesinos y Las Casas mantuvo para los indios el carácter de libres vasallos de las monarquía y se opuso al establecimiento de las encomiendas y del trabajo forzado y defendió a las comunidades. Esta concepción puso en la colonización es­pañola la nota ética que la diferencia de las otras colonizacio­nes. En tanto que Inglaterra en el siglo XVII y otros países en el siglo XIX siguieron sin vacilaciones una línea económica que los llevó a la extinción del elemento aborigen, España sintió el deber y la misión de protegerlo legislando sobre él. El primer intento de esa legislación produjo la formidable crisis que casi destruye el imperio colonial: las guerras civiles, conflicto entre los intereses de los conquistadores y el ideal de justicia inspi­rado a la corona por la escuela dominicana. El materia­lismo histórico podrá explicar el primer elemento, pero jamás el segundo. La concepción cristiano-nacional se mantiene viva en los continuadores de Las Casas, de Vitoria y Soto: en el padre Agia, tan citado por Solórzano Pereyra, en el padre Avendaño, autor de Thesaurus Indicus, condenador de la esclavitud, y lle­ga hasta Villalba, el precursor, el gran enemigo de la mi­ta. Filosofía de lucha en la conquista, filosofía vencedora en la legislación tutelar, filosofía aplicada en la obra misionaria, lle­ga hasta nosotros como una gran fuerza viva y de perenne ju­ventud de la tradición colonial. A esos títulos de vitalidad his­tórica habría que agregar las cualidades que le señalaría, en comparación con las soluciones contrarias, un análisis imparcial. Es lógica en su inspiración ética porque sólo sobre la igualdad moral y espiritual se pueden basar los derechos políticos y las reformas económicas. El socialismo, al relegar como un mito la unidad espiritual de la humanidad, no tiene base para estable­cer la igualdad política y la igualdad económica. Como el hu­manitarismo de la escuela utilitaria inglesa, el humanitarismo marxista es una flagrante contradicción. De la concepción ma­terialista de la vida, el único que ha sacado las consecuencias lógicas ha sido Nietzsche, el niño terrible de la filosofía. In­dividualismo y socialismo se han decorado de un ideal cristiano despojándolo de su fuente misma.

La concepción católica es más completa porque contempla en el problema no sólo el aspecto económico, sino también el pedagógico y el técnico. No es dogmática y unilateral, sino rea­lista y flexible. Por último, no desintegra la nacionalidad, sino que la salva. Lo que necesita hoy es ser aplicada con un crite­rio moderno y frente a los datos concretos y actuales, sin la perturbadora visión de privilegios que mantener o deposiciones que alcanzar.

Bien sé que aunque ella representa la razón y el sentido de lo posible, no es la que está más cerca de nuestra realidad. Es la historia universal y principalmente nuestra historia, el trá­gico diálogo del interés y de la pasión. La razón, desoída antes del conflicto, sólo es llamada tardíamente para salvar pobres despojos entre la destrucción y las ruinas.

No desconocemos que la historia contemporánea está domi­nada por las formas del materialismo: capitalismo y socialismo. Si desapareciera la civilización occidental en este duelo terri­ble, al cristianismo le correspondería, como dice Berdiaeff, una misión parecida a la que le cupo después de la invasión de los bárbaros. Por eso en definitiva y a la larga el porvenir es del cristianismo. De esto tuvo una visión profética Chateau­briand, cuando decía, en Memorias de Ultratumba, que estando para escribir El Genio del Cristianismo lo había compuesto de diferente modo: “En lugar de recordar los beneficios de las ins­tituciones de nuestra religión en el pasado, yo haría ver que el cristianismo es el pensamiento del porvenir y de la libertad hu­mana y que este pensamiento redentor es el solo fundamento de la igualdad social. El cristianismo actúa con lentitud por­que actúa por doquiera. No se adhiere a la reforma de una so­ciedad en sus oraciones más comunes, en sus votos cotidianos, cuando dice a la multitud: roguemos por todo el que sufre so­bre la tierra. El Verbo no se encarnó en el hombre del pla­cer, sino en el hombre del dolor, con el fin de la liberación de todos, de una fraternidad universal y de una salvación in­mensa”.

PERUANIDAD - EL LEGADO DEL IMPERIO

III

EL LEGADO DEL IMPERIO

El Perú comprende hoy la mayor parte de los territo­rios a los que se extendió el Imperio incaico y una enorme masa de nuestra población desciende de las tribus que formaron el Tahuantinsuyo. Existe pues entre el Perú actual y el Incario el elemento de la continuidad geográ­fica y, en gran parte, el elemento de la continuidad biológica. ¿Puede afirmarse también que existe continuidad psíquica? ¿Podemos contemplar la peruanidad como la continuación del Incario por lo que se refiere al alma colectiva? ¿Conquis­ta e independencia serán simples episodios políticos que determinaron transformaciones en la superestructura de un pueblo que permaneció el mismo síquicamente hasta el mo­mento actual? ¿Será cierta la frase de González Prada cuan­do afirma: “No forman el verdadero Perú las agrupaciones de criollos y extranjeros que habitan la faja de tierra situada entre el Pacífico y los Andes; la nación está formada por la muchedumbre de indios diseminados en la banda oriental de la cordillera”?.

Como veremos luego, la Conquista representó una trans­formación biológica en la población peruana, por obra del mestizaje y una transformación cultural por el aporte de fac­tores espirituales que han moldeado no solamente a la población mestiza, sino a la propia población indígena. Hay más –y esto es lo fundamental-. No podemos considerar el Incario como una verdadera nación. Es verdad que la unidad política que creó el Imperio constituye un elemento que se ha transmitido a la peruanidad, pero no puede afirmarse que haya existido un alma incaica, una conciencia nacional, en el Tahuantisuyo, que haya perdurado y que pueda considerarse como subsistente hoy mismo, como la forma sustancial, diríamos en términos escolásticos de la peruanidad.

Nuestra entusiasta admiración por la obra de los Incas, desde el punto de vista de la unidad política, de la técnica administrativa, de la justicia social, de los caminos e irrigaciones, no nos puede llevar a atribuir al Imperio incaico algo que éste no pudo, aun por razón de tiempo, formar en las tribus que sometió: una conciencia nacional.

El estado universal andino.

Una visión interesante, desde un punto de vista sinté­tico, del Imperio incaico es la del gran historiador inglés Ar­nold J. Toynbee. En su monumental obra que modestamen­te llama A study of history y que comprende profundos aná­lisis sobre la génesis y el crecimiento de las civilizaciones, es­tudia a los Incas como los fundadores del Estado universal de los Andes, esto es, como los creadores de una magna es­tructura política, de una organización integral en la región Andina de la América del Sur.

Este Estado universal andino que se origina venciendo obstáculos iniciales y se desarrolla con el estímulo de la pre­sión exterior, factores que para Toynbee tienen importancia fundamental, no constituyó una verdadera nación; fue sim­plemente una estructura política comparable a los Estados universales o Imperios creados igualmente por élites genia­les y que no lograron transformarse en verdaderas nacionalidades. La Nación tiene por su naturaleza un carácter limitado, no diré localista, pero preciso y determinado, en tanto que el Imperio tiende por su naturaleza a la universa­lidad. El elemento psíquico, que es el determinante, existe en los Imperios -y en esto no es una excepción el Incaico- solamente en la élite, pero no en la masa. En tanto que el alma nacional, en diversidad de grados, debe hallarse difun­dida en el cuerpo de la Nación. Las modernas naciones apa­recen animadas de un espíritu que se forja a través de una complicada evolución histórica. Este espíritu ha sido acen­tuado por la estructura política peculiar a la índole geográ­fica de cada región. En cambio la estructura imperial supo­ne un régimen rígido y de base principalmente material o guerrera bajo el dominio exclusivo de los núcleos tribales dirigentes sin importar la fusión total de los elementos some­tidos.

Esta maravilla histórica, que es el Estado universal andino, ha transmitido un precioso legado de unidad política, eficiencia administrativa y económica, a la nacionalidad pe­ruana, pero no puede decirse que constituya la plena inicia­ción de la peruanidad tal como existe hoy.

Territorios y tribus primitivas, dispersas o cohesionadas en efímeras estructuras políticas, han sido la materia prima en que se han plasmado la mayor parte de las naciones his­panoamericanas; pero fue indispensable la forma o el alma de una nueva cultura para crear las verdaderas nacionalida­des que se van elaborando lentamente en la colonia y lo-gran perfilarse en la independencia.

Aunque este punto de vista respecto de la relación en­tre la civilización prehispánica y las nuevas naciones no han sido objeto, que sepamos, de estudios especiales, puede de­cirse que él se encuentra ínsito en las más grandes autorida- des que se han ocupado del Incario.

Complejidad de los elementos del incario.

Means, en su documentado libro Ancient civilization of the Andes , pone de relieve la complejidad de la composi­ción del antiguo Perú. Tanto las tierras altas como las de la costa estaban, para Means, llenas de innumerables Estados de un carácter o alcance más o menos localizado. Esta vas­ta variedad iba desde el simple ayllu, común a todos, hasta las más complicadas estructuras. Los grupos de ayllus go­bernados por curacas llegaron a formar confederaciones co­mo las de los Collas del Titicaca, como las de los Chancas en Andahuaylas y las de los Chinchas en la costa. Por últi­mo aparecen los estados señoriales o feudales, como los de Cuismancu, Chuquimancu, el gran Chimú y el propio reino de Quito.

La unidad política establecida por la conquista incaica no pudo determinar la fusión absoluta de esos elementos en lo que podríamos llamar una entidad nacional. El mismo Means lo reconoce cuando dice: “Fue además un Estado muy seriamente organizado y rígidamente sometido a la autoridad central en la persona del Inca; y sin embargo era, por lo que se refiere a la masa del pueblo, fuertemente regionalista en su carácter, teniendo cada tribu su propia organización y sus actividades locales, estando unidos al gobierno impe­rial sólo a través de la jerarquía de los oficiales de la tribu y del imperio”.

En la realidad el Imperio fue una superestructura, una fuerte integración política, pero que dejó persistentes las ca­racterísticas de los elementos locales. En la estructura gene­ral del Imperio se destacó una verdadera dualidad. Luis Baudin, en su fino y penetrante estudio L’'Empire socialista des lnkas destaca esa dualidad con estas palabras que con­viene citar: “El sistema peruano se superpuso a las comuni­dades agrarias antiguas sin destruirlas, como el culto del sol se superpuso a los cultivos locales, el quechua a las lenguas regionales, -el matrimonio por donación al matrimonio por compra”. Como el alma colectiva se refleja en la lengua, la prueba de nuestra tesis se halla en la conservación de la diversidad de lenguas a la cual también se refiere Baudin: “Sin embargo, como una gran parte del Imperio fue conquis­tada solamente poco tiempo antes de la llegada de los españo­les, los pueblos de esos países no olvidaron su propia len­gua, y como por otra parte los Incas establecían en las regio­nes sometidas tribus que venían de muy lejos, que no habían perdido tampoco su propia lengua, resultaba en ciertos luga­res una triple superposición de dialectos”.

La conciencia imperial de la élite incaica

No cabe suponer que pudieran contrarrestar el efecto del localismo lingüístico, religioso, económico y ciertos as­pectos administrativos, las reglamentaciones estrechas y de­finidas del Imperio, la obra de caminos, el admirable sistema de justicia y previsión social y el violento traslado de las tri­bus a diversas regiones para asegurar, más que la asimila­ción general, el orden público. A pesar de esta obra, el mis­mo Baudin tiene que confesar lo siguiente: “En los Incas la vida entera se refugia en la sola clase dirigente y esencialmen­te en el jefe; fuera de él y su familia, los hombres no son hombres, sino piezas de la máquina económica y números de la estadística administrativa”. Y luego agrega, más concretamente: “El Imperio peruano se resumía en un peque­ño número de inteligencias que absorbía la vida entera del país”. Estas citas confirman nuestra tesis de la existencia de una conciencia imperial de la élite, constituida natural­mente por la aristocracia incaica pero sin una proyección efectiva en el resto de la población. No cambió el carácter de esta limitada conciencia imperial la sabia política de los incas, de asimilar a la aristocracia provincial. Recuerda Means que en el Colegio reformado por Pachacútec se re­cibía no sólo a los miembros de la casta imperial sino a jó­venes de la nobleza provincial que podía llegar a ser influida por la idea incaica y convertirse en agente para la propaganda incaica. La educación de la élite provincial en la época de uno de los últimos incas no logró modificar, en la masa, las modalidades y características que tenían antes de su incor­poración al Imperio.

Como los incas se interesaban principalmente en la pre­servación de la unidad política, llegaron a establecer la me­diatización de los jefes naturales incorporándolos a la jerar­quía incaica, como lo reconoce el propio Means al referirse a los reyez:uelos de Cuismancu y Chuquimancu. Dice Jeans que los jefes de Estado que entraban al Imperio, sin rebelar­se, continuaban en sus puestos dentro de la jerarquía incaica.

La política imperial de los Incas, conforme por otra parte a la política imperial general o sea a la orientación de los Estados universales, compaginaba la unidad política y el régimen centralista con esta aceptación de las características de los diversos elementos que iban conquistando. Es posible que la transformación de ellos se hubiera realizado si el Im­perio hubiese durado mucho tiempo. Es indudable que los incas dejaron su sello, con varia intensidad, en todos los te­rritorios que lograron conquistar; pero esa huella que con diversa profundidad se encuentra por doquier en el Tahuan­tinsuyo no llegó a constituir una verdadera, intensa y viva conciencia nacional, excepción hecha tal vez en la región del antiguo núcleo del Imperio en las regiones aledañas al Cus­co. La falta de esa difusa conciencia nacional por estar la conciencia imperial concentrada en una aristocracia, explica el fácil derrumbamiento del Imperio. Así ha podido afirmar Riva Agüero con entera justeza: “Destruida con la conquista la clase directiva, la aristocracia de los orejones, que era la armadura y nervio de la potencia incaica, los súbditos queda­ron rendidos y deshechos, aventados al azar como un pobre rebaño fugitivo de llamas sin pastores”.

Claro está que existió siempre un gran prestigio en todas las tribus, unido al recuerdo de los Incas, prestigio que per­duró, como observa Humboldt, hasta en la revolución de Túpac Amaru, realizada, por otra parte, en una zona en que la influencia incaica fue más antigua y más intensa. Pero ese prestigio semejante al de la autoridad romana en el territorio de ese Imperio no puede confundirse con la conciencia de la unidad nacional.

Invoquemos por último la opinión de Basadre en su es­tudio del derecho incaico, en el cual clasifica al Imperio como un Estado al nivel de los creados en el mundo histórico asiático. Es decir, que el Estado incaico fue un Estado im­perial, con grandes ventajas y características, como veremos luego, pero que no podía asimilarse a este producto típico de la civilización moderna que es el Estado nacional, efecto y sostén, al mismo tiempo, de una conciencia nacional.

La Peruanidad, que ha heredado elementos tan valiosos del Incario, que vamos a tratar de precisar, no puede consi­derarse, en estricto análisis como la continuidad integral y principalmente síquica del Incario. Nuestra conciencia nacional, aunque tenga un antecedente en la unidad imperial in­caica, no es continuación ni resurrección de ésta; es un pro­ducto posterior creado en la evolución histórica subsecuente, sobre la base de elementos que venían del Incario y los de la civilización cristiana traídos por la Conquista.

La unidad política del Incario, unidad imperial y por lo mismo universalista, fue la creación genial de una aristocra­cia efímera, una construcción mecánica que se extinguió con la desaparición de la clase dirigente. No cabe, tampoco, con­siderar nuestra conciencia nacional en relación con las tri­bus que formaban el Imperio, porque esas tribus, como lo hemos notado, presentaban elementos diversos, perfectamente diferenciados, que por la multiplicidad de lenguas y hasta de notas culturales podían estimarse como núcleos de distintas entidades primitivas.

La unidad nacional que hoy reúne todos esos elemen­tos no ha sido el fruto exclusivo de la unidad política, sino el resultado de muchos factores. La unidad política incaica fue reemplazada por la unidad política de la burocracia es­pañola, y ésta como lo hemos dicho, por la burocracia criolla o mestiza. El efecto de esa continuidad, la mayor o menor amplitud en la selección de la clase dirigente y las nuevas transformaciones biológicas, económicas y culturales, han sido las verdaderas forjadoras de nuestra conciencia y unidad nacionales a través de un proceso histórico que ha durado cuatro siglos y bajo la inspiración realmente unificadora de la religión católica.

Esta discriminación casual no significa que olvidemos la continuidad biológica, en buena parte de los elementos de la peruanidad, por lo que se refiere al Incario, ni que dejemos de considerar con orgullo su legado imperial que precisamen­te queremos esbozar en este ensayo. ¡Bello y fecundo lega­do en verdad, que está en nuestras manos aprovechar favo­recidos por un espíritu que los Incas no pudieron tener y por los prodigiosos descubrimientos de la técnica moderna! Legado de honor y por lo mismo de inmensa responsabilidad.

El legado de la unidad política.

Destácase sobre todos los caracteres del Imperio incaico la unidad política, unidad que fue la base de su grandeza, unidad que fue una obra milagrosa, realizada contra las di­ficultades territoriales y las diversidades étnicas. Hemos mantenido ese legado de la unidad política. Podría decirse que España, sobre todo la España de Carlos V, Estado imperial como el Incaico, quiso conservar, bajo un solo mando, el vasto territorio del Tahuantinsuyo. Verdad es que las pri­meras capitulaciones lo dividieron en las fajas paralelas de doscientas leguas conferidas a Pizarro, Almagro y Pedro de Mendoza. Pero la vida se burló de estas geométricas distri­buciones. Pizarro asumió el mando de la Nueva Toledo y conquistadores salidos de Lima, siguiendo las rutas incaicas, penetraron en el territorio de Arauco, llegaron con Benalcázar y sus tenientes a Pasto, al valle de Cauca y hasta Antio­quia e intentaron la conquista de la hoya amazónica. En ese sentido el Virreinato del Perú, entidad imperial, con­tinúa y aun supera al Incario. Fue el pensamiento de Carlos V suceder en la soberanía a los Incas, y así sería cierto lo que dijo el peruano Alvarez, cuando afirmaba en su Preferencia de los americanos en los empleos: “El imperio de las Indias uniéndose por la conquista a la corona de España, no perdió los fueros de imperio”.

En el siglo XVIII abandona España este concepto de la unidad imperial peruana cuando violentamente y contra la geografía y la historia unió Quito a Nueva Granada, y Char­cas al Virreinato de Buenos Aires.

La unidad política que, con tanta sagacidad como efica­cia persiguieron los Incas para su Estado Universal, tenía que ser la base y la armadura de la Nacionalidad que se forja a través del largo período colonial por la fusión de las razas española e indígena y por el aporte de los elementos de la cultura cristiana.

La Peruanidad exige el mantenimiento celoso de esa uni­dad política en los territorios, que en el momento de la inde­pendencia formaban el virreinato de Lima y cuyos habitantes se unieron libremente para formar una nueva nacionalidad. A esta fuerte unidad política no repugnaba la aceptación de diferencias regionales y la intensificación de la vida local. Al contrario, como lo hemos repetido muchas veces, y hoy es nuestro deber repetido una vez más, una Nacionalidad fuerte exige entidades regionales y departamentales fuertes, económica y espiritualmente. Mas ese regionalismo no debe comprometer la unidad de la Patria y la eficacia de sus direc­tivas esenciales.

El regionalismo económico y cierta descentralización ad­ministrativa pueden marchar paralelamente con la acentua­ción de un movimiento que afirme la eficacia del poder cen­tral en el orden educativo, en el orden de los transportes, y, sobre todo, en el orden de la conciencia nacional.

De dos instrumentos se valieron los Incas para avivar la vida regional económica y al mismo tiempo para acentuar la unidad política. A ellos nos hemos referido en el capítulo anterior, cuando dijimos que las dos bases fundamentales de la política incaica fueron: irrigación y caminos. A pesar de los meritorios esfuerzos hechos en este sentido, a que hemos aludido también, falta aún mucho para que podamos de­cir que hemos cumplido el legado del Imperio. Al lado de esas bases naturales de la unidad, tenemos las morales y es­pirituales de la educación, que debe orientarse hacia la afir­mación de la conciencia nacional, y principalmente, la de la unidad religiosa, que debemos mantener respetando los sen­timientos del País.

El legado de una misión civilizadora.

El Imperio nos deja otro legado: su carácter civilizador. En la aristocracia incaica se reunieron dos caracteres que no siempre van juntos: la máxima capacidad guerrera y la máxi­ma cultura en relación con las otras tribus, de un modo gene­ral. No siempre las tribus guerreras, tribus vencedoras, fueron tribus civilizadoras. En muchos casos el mensaje de la civilización lo aportaron los pueblos vencidos y conquista­dos cuando dieron su cultura a sus conquistadores. Es el caso de Grecia respecto de Roma, es el caso de los habitantes de México respecto de los aztecas. En el Perú el mérito de los incas consistió en que atendieron no solamente el domi­nio político sino a la más alta cultura. Nosotros debemos conservar esa tradición. La extensión de la influencia cen­tral no debe ser en nuestro país simplemente la de un más acentuado fiscalismo o la de una más intensa presión políti­ca. Las burocracias centrales deben representar avanzadas de cultura. El atraso en que se encuentran las masas indí­genas que viven en muchas partes no sólo como vivieron en época de los incas sino como antes del Tahuantinsuyo, re­quieren del Estado peruano el cumplimiento de su legado ci­vilizador.

Es motivo de la más grande desolación patriótica com­parar los esfuerzos que se han hecho en México y en Boli­via sobre la educación e instrucción de los indígenas con los que hemos realizado. El país ha purgado, hasta con desas­tres nacionales de tremendas consecuencias, la culpa de ha­ber descuidado su misión civilizadora respecto de la raza abo­rigen. Aún no tenemos, acerca de este gran problema, un programa estructurado. Hermosos y aislados ensayos aquí y allá, pero no se destaca un plan general, como sería el es­tablecimiento en los principales centros indígenas, de gran­jas, escuelas-talleres, que, como las abadías medioevales, edu­quen a las masas indígenas considerando las necesidades de su ambiente.

Este es un legado del Imperio al que no hemos respon­dido aún, no obstante de que ese requerimiento estaba reite­rado con toda intensidad por el aspecto fundamental de la peruanidad, o sea la fe cristiana.

El legado de la justicia social

Basadre, en una bella página de su libro Historia del Derecho Peruano, destaca una característica del Estado in­caico que lo diferencia de las grandes monarquías orientales. Dice el mencionado historiador: “No vivió despreocupado del pueblo como los grandes imperios sangrientos el asirio y el persa... Mientras los demás Estados usaron la vida eco­nómica general para fines de tributación, los Incas hicieron de esta tributación la base de vida económica general. En este sentido fue proporcionalmente la situación de la gente, colocada en los estratos ínfimos de la vida social de los incas, menos abandonada o menesterosa que la de las gen­tes colocadas en plano análogo no sólo entre los Estados antiguos sino aun entre los Estados más modernos”. Recor­demos nosotros las palabras de Polo de Ondegardo: “y ansi jamás obo hambre en aquel rreyno”.

El Imperio nos dejó el legado de un gobierno paternal y humanitario; legado en consonancia con el sentido cristiano que debió tener la conquista, y que lo tuvo desde el punto de vista religioso. Es un valor esencial en la peruanidad el sentimiento y la preocupación por toda obra social. Por un imperativo tradicional, el gobierno estaba destinado a dar pre­ferencia, entre los problemas nacionales, a los problemas de justicia social. Quien estudie de cerca la historia peruana descubrirá, aun en nuestras peores épocas, la palpitación de un sentimiento humanitario y la generosa tendencia hacia obras de carácter comunitario. Ello explica el magnífico de­sarrollo de las obras de beneficencia en la época virreinal. Esta hermosa tradición conservada hasta la época actual se ha manifestado en obras recientes y en la avanzada legisla­ción sobre el trabajo y seguro social.

No es pues anatópica, ni necesita robustecerse con co­rrientes exteriores, la orientación que haga del Perú el país más adelantado de América en obras de justicia social.

Sin perjuicio de respetar la iniciativa y propiedad indi­vidual, base de todo progreso, nuestra estructura financiera tiene que orientarse hacia una más justa distribución de la riqueza a la difusión de la pequeña propiedad y de la pe­queña industria y a la generalización y consolidación del se­guro social.

El legado de la dignidad imperial.

El Incario fue un Estado universal. Supo llevar con su­prema prestancia la dignidad imperial. No se ha borrado este sello de la historia del Perú. Lo mantuvo el Virreinato aún después de las amputaciones realizadas por la dinastía borbónica.

Resurge, sobre todo en la época de Abascal, cuando este virrey, con elementos principalmente peruanos, criollos blancos, mestizos e indígenas, sostuvo el predominio de la autoridad imperial contra la dispersión de las soberanías en la revolución de los cabildos en Quito, Charcas, Chile y Buenos Aires.

Abascal sintió el "imperium" y puso al servicio de él todos los elementos que habían constituido el antiguo virrei­nato y el antiguo estado de los incas. Parecen éstos revivir al conjuro del ideal de la lealtad monárquica.

La orientación equivocada que representaba esa lealtad no puede alterar el criterio histórico en la apreciación de la magnitud de la empresa y del significado intrínseco de los esfuerzos realizados. Ejércitos, peruanos por sus jefes, ofi­cialidad y tropas, debelaban la revolución de Quito, derro­tan las expediciones del Río de la Plata en el Alto-Perú y ponen fin al movimiento chileno restaurando así el virreinato de los siglos XVI y XVII, desde Pasto hasta el estrecho de Magallanes y amenazan las provincias del Río de la Plata, que sólo detienen la invasión peruana en la batalla de Salta.

No puede explicarse la actitud de Abascal, y sobre todo la cooperación de la población peruana, sin la influencia de lo que podríamos llamar el "espíritu del imperio". España en manos de Napoleón, el virrey Abascal fue de hecho abso­lutamente autónomo e independiente; ejerció la plenitud del imperio. La desgracia para el Perú fue que Abascal no die­ra el paso lógico dentro de la realidad creada, de proclamar, si no la independencia, por lo menos la autonomía de ese im­perio, dentro de la gran monarquía española. Aquel paso habría facilitado la independencia de toda la América del Sur, no habría dejado aislado el movimiento de Iturbide en México, que representó después una orientación semejante y habría dado al Perú, en el Pacifico, la situación que Brasil ha ocupado en el Atlántico. Noche trágica y decisiva para la peruanidad aquella en que Abascal, dueño de los destinos del antiguo virreinato y verdadero amo y señor de su vasto territorio, se decidió por la absoluta e incondicional lealtad a Fernando VII en lugar de realizar la idea que se atribuye al conde de Aranda.

El enorme esfuerzo de afirmación nacional e imperial que hace el Perú dentro de la orientación equivocada de la lealtad monárquica nos llevó a la independencia completa­mente agotados. Las energías y la actividad del Perú se gasta­ron en el vano esfuerzo de afirmar la lealtad de la dinastía que no comprendió ni los intereses ni el destino histórico de sus posesiones en América. El carácter trágico y transitorio de ese momento imperial del Perú no puede justificar el que se le olvide, porque él representa, en primer término, la prue­ba del valor e intensidad de la peruanidad en esos momen­tos, y porque explica la posición desfavorable del Perú fren­te a las corrientes emancipadoras en el segundo período de la revolución.

Este legado de dignidad imperial se conservó en la Re­pública. Estaba en la tierra y en el aire. San Martín se re­bela contra el gobierno de Buenos Aires y crea un gobierno independiente en Chile, pero al llegar al Perú no se siente sim­plemente un soldado victorioso; asume el gobierno y sueña con establecer una monarquía que comprendiese el Perú, Chile y el río de La Plata semejante a las provincias unidas de Hispano-América, con un Inca a la cabeza, que propuso en Tucumán el espíritu generoso de Belgrano. A Bolívar le hablaba en el Chimborazo el dios de Colombia, pero cuando atraviesa los desiertos peruanos y escala los Andes y recorre el Collao hasta Potosí, al volver a Lima, le habla el espíritu del Imperio y forja su sueño de la Federación de los Andes. Santa Cruz, vencedor en Yanacocha, pudo pensar que el establecimiento del Estado sud-peruano iba a concretarse en un movimiento secesionista a favor de Bolivia. Llegado a Lima, la Confederación sucesora del im­perio se convierte para Santa Cruz en el ideal sincero de su vida.

Esta tradición imperial del Perú tuvo la nobilísima ex­presión de cierta primacía espiritual. Respondiendo a esta tradición, el Perú sintió palpitar en él conciencia americana cuando convocó a los Congresos de Lima de 1847 y 1866, y adoptó las generosas actitudes de su protesta frente a la invasión de Santo Domingo y de México, reconoció la beli­gerancia de Cuba y suscribió el tratado de alianza con Bo­livia en la condición de que ésta no extremara su política respecto de Chile.

Dentro de esta tradición imperial vieron al Perú los di­plomáticos extranjeros. Duarte D' Aponte Ribeyro, después de haber residido en Lima como Encargado de Negocios del Brasil, al regresar a su patria presentó un Memorial. En ese documento, Duarte D'Aponte decía que el Perú tiene en el Pacífico una posición semejante a la del Brasil en el Atlántico; tradiciones imperiales y de corte que le viene de la época de los Incas y del Virreinato. El Brasil debía man­tener allí su principal agente diplomático con rango de Pleni­potenciario y colocar sólo Encargados de Negocios en los países vecinos.

Nosotros debemos conservar este valor de la dignidad, imperial que no puede tener hoy, consolidadas las naciona­lidades y definidas las fronteras, manifestaciones territoriales, pero sí intensas manifestaciones espirituales. Ocupa el Perú un puesto de primogenitura en América. La civiliza­ción de territorios que son parte de Colombia, del Ecuador, Chile, Argentina y Bolivia fue obra, en la época precolombi­na, del Imperio de los Incas. Y en la colonia, la irradiación cristiana civilizadora a esas mismas regiones tuvo su centro en Lima; y si la independencia surge en la periferia del enor­me imperio, sólo se consolida cuando convergen en el Perú los ejércitos de San Martín y de Bolívar.

La defensa de la Peruanidad supone el celoso y vigilan­te cuidado de todo lo que comprometa o manche la dignidad imperial de nuestra tradición. Hay que educar a las genera­ciones jóvenes en este culto y en la conciencia de la majes­tad moral de nuestra historia. Si no hubiéramos perdido en ciertas épocas esta conciencia, no se habrían realizado los dolorosos acontecimientos que comprometieron no sólo nuestro honor sino nuestra existencia, en 1829 y en 1841, y que han puesto a veces una nota trágica y bufa al mismo tiempo en nuestra evolución política.

Correspondió a esta dignidad imperial el heroísmo en nuestras derrotas y la empeñosa abnegación en nuestra lar­ga resistencia en la guerra con Chile. El sentido imperial de nuestra historia tuvo así, en unos casos, manifestaciones de esplendor material, y en otros, revelaciones de una fuerza moral. El amor de nuestra historia nos impone el incansable denuedo de conservar en nuestra vida el sello que le impri­mió la indiscutible grandeza de los Imperios incaicos y vi­rreinal, de los cuales somos sucesores.