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jueves, 7 de octubre de 2010

MI HOMENAJE A DON VÍCTOR ANDRÉS - HOMENAJE

Por JOSÉ A. DE LA PUENTE Y CÁNDAMO

De El Comercio, 22 de Diciembre de 1966

Con inmensa pena, convocadas por el recuerdo, se agrupan memorias de toda la vida para decir por lealtad y gratitud y como una manifestación externa del dolor, la imagen de Víctor Andrés Belaunde que descubrí desde mis años infantiles en que la vinculación entre nuestras familias me lo presentaba risueño y amenísimo, y que enriquecí en la Universidad Católica y especialmente en los veinte últimos años en el trato diario en el Instituto Riva Agüero, su obra queridísima. En un entretejido aparentemente antagónico al dolor de la pérdida temporal se une la alegría de la esperanza cierta en la resurrección de la carne; y a la muerte de un amigo consecuente y alegre –joven hasta la última hora- la tristeza legítima se alivia al reconocer en su vida la fecundidad de los talentos y la riqueza de una inteligencia que se encarnó con señorío en el amor. La muerte del justo no puede ser triste, nos lo enseña la fe y lo canta la liturgia de la Iglesia.

Vea ahora a Don Víctor Andrés con mayor precisión, que viene del afecto, sin la tangible limitación de la distancia. Lo veo llegar a la Facultad de Letras en su espectacular automóvil gris que conducía con aplomo sin alterar la intensidad y la mímica de la conversación; lo veo en sus clases de filosofía y derecho; lo descubro en la tertulia de los viernes en el Centro Fides; lo imagino cuando “ensayaba” sus discursos y me parece que está en la misma mesa con una taza de té y entre los recuerdos del archivo de límites y textos de Bossuet que tanto amaba, y no olvido sus palabras de esperanza cuando en nombre de la Universidad Católica despidió a Carlos Pareja, a Riva Agüero y al Padre Jorge.

En fin, mi generación universitaria conserva a Belaunde en la íntima entraña de sus nostalgias.

Fue maestro en todos los rincones de su alma y de su múltiple labor sin egoísmo. Enseñó con su vida amor a la lectura que está con él en sus insomnios felices; enseñó del mismo modo, afecto al libro capital que vence al tiempo, y delicado desdén ante los efímeros textos de moda; exhortó diariamente a la fidelidad a la vocación intelectual y al rigor en el método del trabajo, y profesó en su actitud sin rencores –fueron sus palabras en cierta ocasión- la solidaridad en el amor y rechazó la solidaridad en los odios.

Luego de las solemnes ceremonias, después de las legítimas condecoraciones, más lejos de los triunfos diplomáticos y más profundo que la consagración académica, queda de Víctor Andrés Belaunde decantada la sencillez cordial del hombre limpio que vivió la amistad sin excusas ni disimulo, que proclamó su creencia en el Señor sin alarde ni respectos humanos, que encarnó siempre el cristiano y tradicional sentido de familia, y que expresó en fin, con sus libros definitivos, la virtud intelectual que Dios le entregó con largueza.

En la Universidad Católica fue el Instituto Riva Agüero su obra entrañable de los últimos veinte años, cuando dividió su tiempo entre la casa de Lártiga, la ONU, la Comisión Consultiva de Relaciones Exteriores, el íntimo retiro de Chosica y sus proyectos de vital agricultor en Huacho.

Todo en el Instituto Riva Agüero es obra de Don Víctor Andrés, de su vocación de intelectual, de su creencia en el Perú, de su afecto al compañero de generación y de ilusiones. Con diaria constancia y con seguridad en su pensamiento luchó –no sin dificultades- por crear seminarios de investigación donde el alumno ganara libremente certidumbre frente al empeño intelectual y transformara su anhelo juvenil en dedicación permanente; vió con gran alegría cómo la formación de profesores universitarios era constante y cómo la tribuna del Instituto, al lado de la Biblioteca y de las publicaciones de la Casa, era una voz como él la imaginaba siempre, testimonio de seriedad en la vida de la inteligencia y de afirmación de la cultura cristiana y del destino unitario del Perú.

Belaunde gozó en el Instituto Riva Agüero. Lo veo en 1946 en las tareas de reconstrucción y adorno de la casa, en los planes de los primeros seminarios, en la preparación de los programas de becas para los alumnos, y nunca lo olvidaré en el sillón de su despacho en el cual se hermanaban, como en la sobremesa de una gran familia, los serios asuntos académicos, los originales de una próxima publicación, con la visita de un personaje diplomático y con la llegada de una señora sencilla en busca de la recomendación de todos los días. A cada tema le concedía afectuosa dedicación y a todas las personas les mostraba su cariño, su cortesía; le era muy duro decir que no. Buena parte de la biografía de Belaunde queda en su escritorio y en la sala de espera que podría decir mucho de su tomo humano.

Y lo veo seguro y feliz en la tribuna del Instituto al pie del retrato de Riva Agüero y frente a sus amigos Garcilaso, Bartolomé Herrera, y el Padre Jorge; lo veo ahí con sus esquemas y lógica excelentes y con su oratoria que no resistía el apremio del papel, y lo recuerdo cuando visitaba a la Virgen del Rosario antes de llegar a la sala de conferencia siempre con el tono nervioso de creación que vivió en sus manifestaciones intelectuales. De verdad gozaba Belaunde luego de un acto académico al formular la reflexión oportuna, deducir analogías y establecer conclusiones.

Y qué decir del Perú que él nos enseñó en sus libros y en la tertulia frecuente. Para estudiar lo nuestro, hombres de todos los extremos ideológicos necesariamente tienen que acudir a la cantera de doctrina, de erudición y de crítica que se encuentra en los múltiples libros peruanistas de Don Víctor Andrés. Él vivió con gozo la interpretación del Perú como síntesis y afirmación humana. Hispanista, subrayó en el hombre español el sentido del honor y la alegría para encarar la muerte, y defensor de los Incas en Peruanidad enaltece los valores del Imperio Incaico que están presentes en el alma del Perú. Sufría hondamente Belaunde cuando advertía interpretaciones unilaterales y siempre reafirmaba con énfasis orgánico cómo todo el Perú es mestizo y cómo debemos asumir en nuestro afecto los aportes humanos creadores de la nacionalidad.
En su concepción de nuestro país, en el conocimiento de su historia y de su vida, en el cariño a sus tradiciones y a sus formas, en la defensa de los derechos de la República, en su ser completo, íntegro, muéstrase Belaunde como un peruano con todas las consecuencias. Arraigado en la historia y con la mirada alegre cara al porvenir dijo en el siglo XX el entusiasmo frente al ser mestizo que proclamó Garcilaso trescientos años antes; vivió la prestancia académica de Baquíjano y Carrillo, el amor a la naturaleza de Hipólito Unanue, la intensidad vital de Sánchez Carrión o de Vidaurre, la vocación teológica de Herrera, y entendió al Perú con la sonrisa de Palma y la maciza seriedad de Riva Agüero.

En el coloquio inefable de las almas él está muy cerca de nosotros y de sus deudos queridos, y con sus libros y con la prestancia de su ejemplo acompañará a muchas generaciones de peruanos. Él, que amó a Dios y no ocultó su afecto, vive ahora con sus muertos entrañables y sin duda quiere decirnos el bello texto agustiniano: no llores si me amas, si supieras el don de Dios y lo que es el cielo.

LA MUERTE DE UN NOVECENTISTA - HOMENAJE

VÍCTOR ANDRÉS BELAUNDE

Por HUGO NEYRA

De Estampa, suplemento dominical de Expreso, 18 de Diciembre de 1966


Ha muerto Víctor A. Belaúnde. Ha muerto pues, el último de los novecentistas. Destaco este hecho entre otros aspectos que son contingentes a este duelo. Porque el silencio ha descendido no sólo sobre un hombre, sino también, sobre una generación. He aquí, pues, lo esencial y significativo de este acontecimiento con Belaunde se extingue la generación del 900. La generación, es preciso decirlo, que funda el Perú contemporáneo. La historia viva de nuestro tiempo, de la Guerra con Chile a nuestros días, el derrotero intelectual del Perú, moderno, la aparición de toda meditación radical sobre el país, el inicio del ensayo y la reflexión social, en suma, el quehacer de las generaciones siguientes, son el legado que nos dejó la “elite” intelectual del 900.

Así, con los libros de los García Calderón, de Riva Agüero, de Javier Prado, de Encinas y Manuel Vicente Villarán, de V.A. Belaunde, arranca la preocupación por la esencia del país, por el paisaje, por la conquista, por la conquista de nuestra geografía, por el conocimiento de nuestra historia. Son ellos el origen del compromiso. Del arraigo, Fundan los novecentistas, entre nosotros los peruanos, la moderna Historia, la Sociología y la Economía. Preparan el país a las grandes ideas y corrientes del siglo. Esos “profesores de idealismos” que sin embargo, en el Perú actual tan poco se conocen y leen. Son, en suma, nuestros primeros intelectuales. Pero eso no es todo. La obra de los novecentistas no sólo tiene un primado intelectual y magisterial. Ellos están unidos a la raíz y los cimientos del Perú actual. El Perú moderno comienza con los novecentistas. Y el período de apogeo de éstos, entre 1895 y 1919, es decir, entre Piérola y Leguía, coincide también con uno de los períodos más estables y dinámicos de nuestra economía. En esos años se dibuja definitivamente el actual paisaje productor y social del Perú. A este período de auge social y financiero que coincide con el auge intelectual de esta elite, Basadre ha de llamarlo “período de reconstrucción y progreso”. No se puede hacer, pues, ni historia económica ni social, ni trazar el itinerario de las ideas en el Perú contemporáneo sin relevar a Belaunde y a su generación. Ellos marcaron el rumbo cultural del país desde los albores del siglo. El signo de la obra y de la vida de Víctor Andrés Belaunde se explica pues, ubicándolo en el horizonte de esa generación a la que encarnó y prolongó hasta nuestros días.

UNA REPARACIÓN

Esta nota, es también, una reparación. La obra y el valor de esa generación, a excepción de Riva Agüero, no ha sido suficientemente destacada. Se les ignora en nuestras Universidades. Están ausentes en los libros de enseñanza. No existe el estudio, tesis o antología que reúna los textos de estos pensadores, sin cuya obra no se explica la aparición de Mariátegui, Haya, ni todo pensamiento y meditación posteriores.
Bajo las grandes bóvedas de la Biblioteca Nacional de París leí, con doble congoja de peruano y escritor, el admirable ensayo de Francisco García Calderón, “Le Perou Contemporain” (1907) hasta hoy sin traducir. La obra misma de Mariano H. Cornejo, cuyo aniversario se cumple en este año, sus discursos parlamentarios, esos dos tomos de sociología general que dieron lecciones de positivismo desde la Argentina a México, son sólo conocidos por eruditos o curiosos. La misma obra de Belaunde merece ser recopilada. Y aquel admirable ensayo de 1914, “La Crisis Presente”. O “Meditaciones Peruanas”. Sin embargo, ¿por qué este olvido?

1923: LA GENERACION POLÉMICA

Porque los novecentistas fueron víctimas de la querella entre generaciones. El drama y la gloria de este “elite”, se puede resumir en dos frases: señorearon sobre la vida y la cultura peruanas, desde 1895 a 1919. Pero, la llegada de Leguía de un lado, y del otro, la emergencia de la generación de 1923, provocó el desplazamiento, el voluntario exilio, la muerte civil de los positivistas y liberales del 900. El oncenio los desalojó del poder político. La generación de la Reforma Universitaria, el Marxismo, el Apra, Amauta y la CTP, los desalojó del poder político y también del liderazgo ideológico. Lo sabemos, Riva Agüero y Belaunde parten al destierro (1919-31). Pero eso no es todo. Al volver al país una generación iconoclasta, que ha descubierto el poder del sindicato y el valor de la masa, la lógica del marxismo y el sabor de la acción directa, los esperan en las universidades, en las curules, en las calles. Frente a los García Clderón, los riva Agüero, los Belaunde, están los Mariátegui, los Haya, los Sánchez, los Seoane. Es una querella de generaciones, cierto. Pero hay algo más: las de la generación del 23 exagerarán sus méritos y harán olvidar al país los de los que les precedieron. Los arielistas no reconocen el valor de los anatolianos. Y sin embargo…

¡La obra misma de la generación de 1923, la que hoy preside nuestras imágenes, nuestros mitos, nuestra interpretación de la literaria y de la historia peruanas, sólo se entiende como una polémica sin tregua con la sombra de los Novecentistas!

Es Mariátegui respondiendo con sus siete ensayos a Belaunde que publicara en 1917 varios artículos sobre esos mismos temas. Mariátegui, además, es el ensayista de la generación de 1923, que ensaya una interpretación de la realidad peruana, para responder en el plano de la comprensión global del país, o la visión elitaria, positivista y pragmatista de García Calderón. Es Haya que recoge la difusión de las ideas de Rodo, por la unidad de la “América Latina”, hecha justamente por esos profesores de idealismo del 900. Es Basadre, y Porras y Sánchez, continuando los trabajos de Riva Agüero, de Wiesse; es una generación respondiendo a otra. Así, el indigenismo, tiene su origen en los primeros trabajos de Riva Agüero, en los ensayos de Encinas sobre legislación indígena; la cuestión social, que ocupa a los hombres de 23, se preludian en los trabajos de una Manzanilla; la preocupación por la educación, en los de Villarán.

Pero no es la intención de esta nota reivindicar por completo a esa generación. Constato tan sólo a la ocasión de la desaparición de Belaunde, el sino trágico que los rigió y los separó, en parte, del país real y su cultura.

¡BALANCE Y LIQUIDACIÓN!

Es preciso restablecer el equilibrio. El equilibrio roto desde hace años por una actitud batalladora pero parcial, por un libro injusto como el escrito por Luis a. Sánchez, que condensa el humor de esos días: “Balance y Liquidación del 990”. Sin publicar sus obras, sin incorporarlos a nuestra cultura cuotidiana, sin librarnos de los prejuicios que pesa sobre ellos, no es posible reconstruir el cuadro espiritual de la vida peruana de este siglo. Es tiempo que la obra de la generación del 900 emerja de la penumbra. A la cual muy interesadamente la sometió los críticos que llegaron al quehacer peruanista en la altura de los años 23. No fueron ellos, sin embargo, los hombres que crecieron bajo el oncenio, los primeros en intentar la comprensión global, totalizante de la sociedad peruana. A los positivistas, que introdujeron Comte y Spencer, que leían a Tarde y a Wundt, corresponde ese mérito. Nuestros primeros científicos sociales fueron en realidad, los positivistas. Los primeros, no digo que los más acertados. Queda en pie pues la necesidad de una empresa: la reconstrucción del proceso ideológico en el Perú contemporáneo. Entonces, los méritos de V.A. Belaunde y su generación serán más visibles por encima de críticos interesados y de fiebres generacionales.

BELAUNDE: EL ORIGEN DE UNA ESCUELA DE SOCIOLOGÍA PERUANA

Víctor A. Belaunde ha muerto. Y pienso en su generación: el viaje por la Sierra de Riva Agüero; a mula; los ensayos claros, cartesianos, bien dibujados, de García Calderón; la obra del mismo Belaunde, que inicia entre nosotros con criterio realista, la preocupación por el problema indígena (La Realidad Nacional) sus ensayos sobre la clase media, y el estado funcional. Y sobre todo, la búsqueda de las características, escondidas, hondas, de la nacionalidad.

¿No fue Belaunde quien pauteó una posible escuela de sociología peruana al señala que el país era dominado por una “plutocracia costeña, una casta militar y un caciquismo parlamentario”?

-Y confieso hallar, por momentos en esa generación una plenitud de síntesis de la que careció la de los años 1919-31. Generación la del 900 que vivió una altura de los tiempos, una plenitud histórica, de la cual Belaunde desde entonces hasta su muerte, ha dado diario y abrumador testimonio.

Debo decir por último, que la derivación del Maestro hacia los temas internacionales no fue sino una consecuencia de ese exilio del Perú, fruto de esa querella de generaciones. El verdadero Belaunde está en sus libros de ensayo, los de 1914, 1917 y 1931.

LOS NIETOS DEL 900

(Otros hablarán, Maestro, de tu obra de profesor trotamundos, de diplomático, de humanista. Habrá quienes, recordarán al político: desterrado por Leguía, al polemista frente a Manuel Seoane en la Constituyente de 1933; no faltará quienes contarán tus anécdotas. Es inevitable, está dentro de los ritos: saldrá a relucir tu encuentro con Vishinsky en las Naciones Unidas.

-Muchos invocarán –por último-, la amistad que desperdigaste generoso. Nada de esto debe salir en esta nota. Nuestra misma amistad es algo que queda entre tu sombra y mi conciencia.

Pero no es eso lo que interesa. Quizá, te interese ahora que dialogas con las Grandes Sombras saber que por curiosa paradoja los nietos del 900, habrán de leer tus libros. Que quizá así, García Calderón será traducido. Que con la ocasión de tu muerte se levantará el veto a los novecentistas, en la final reconciliación y síntesis que es toda cultura. Que es la cultura del Perú).

VICTOR A. BELAUNDE, MAESTRO DE LA TRASCENDENCIA - HOMENAJE

In Memoriam

Por JOSÉ HERNÁNDEZ DE AGÜERO

La Gaceta, Trujillo, 14 de Enero de 1967; trascrito en Correo, Lima, Domingo 22 de Enero de 1967.


Veinticinco de julio de 1921. No sé cómo sería esa mañana lejana de invierno en el Callao. Me la imagino triste y doliente, con girones de niebla flotando sobre el puerto.

Víctor Andrés Belaunde aguardaba la hora de partir rumbo al destierro. Había cometido el delito de no poner su talento al servicio del gobernante de entonces, quien decretó el exilio. El motivo aparente fue una célebre conferencia en la Universidad de San Marcos, donde el fogoso tribuno arequipeño hizo la defensa vehemente de los derechos civiles.

Apenas tuvo tiempo, en San Lorenzo de escribir apresuradamente unas apasionadas líneas de adiós a Teresa Moreyra y Paz Soldán, quien dos años más tarde se uniría a él, mitigando con amor y abnegación su soledad de exilado.

Nadie puede precisar la medida en que los diez años de destierro, con su secuencia de penurias y tristezas, cambiaron el destino de un hombre eminentemente dotado para servir a su país.

Tal era, sin embargo, su vocación de servir, que colocado en cualquier circunstancia, no podía dejar de cumplirse ese destino. Y se cumplió.

La noche del 16 de diciembre de 1966, casi medio siglo después en aquel mismo puerto que le vio partir en plena juventud, el viejo luchador regresó, por fin, del gran exilio, envuelto su cuerpo en la bandera que tanto amó. El Perú, emocionado, recibió sus restos y por un instante se detuvo también el corazón de la Patria. Con su muerte logró efímeramente, la gran ilusión de su vida: la unión de todos los peruanos.

Extraño país el nuestro que tantas veces en el pasado se permitió la dispendiosa práctica de exilar sus más altas inteligencias, sacrificando su “élite” en el ostracismo.

En cierta forma Víctor Andrés Belaunde siempre fue un exilado. Su prestigio en el país nunca rayó a la altura del que gozaba en el extranjero. Fue solamente hacia el final de su vida, cuando la evidencia de este reconocimiento exterior se hizo abrumadora, que le hicimos justicia en nuestra tierra, en su propia tierra.

De esta manera sólo su muerte pudo romper del todo lo que él mismo denunció como “la confabulación del silencio” en un agudísimo ensayo sobre la psicología nacional que conserva intacta su dolorosa vigencia.

Fue, quizás, su largo apartamiento de estas fuerzas negativas que constituyen gran parte de nuestra idiosincrasia nacional, lo que le permitió alcanzar la plenitud de su personalidad.

Cabe como peruanos preguntarnos en un examen de conciencia sincero y no carente de angustia, ¿cuántas figuras cuajadas de promesas, cuántos destinos se han frustrado entre nosotros por lo que el ilustre desaparecido llamó: “nuestros rencores”, “nuestra reticencia”, “el rumor anónimo”, “la suspicacia sutil”, “el frívolo afán de burla y de cháchara?”.

Víctor Andrés Belaunde puede esperar tranquilo el juicio de la historia. Sus libros, sus innumerables discursos, conferencias y ensayos sobre temas tan variados como correspondía a su talento humanista, son ahora material invalorable a disposición de investigadores y biógrafos del futuro.

Lástima grande que muchos de sus momentos más brillantes se perdieran irremediablemente.

Como buen exponente de la inteligencia mediterránea, gustaba de improvisar teorías en amenas tertulias. Era peripatético y departía generosamente en largas caminatas, deteniéndose para contemplar el paisaje, la belleza de un atardecer, la naturaleza, en fin, que aprendió a amar desde muy niño bajo el fulgor del cielo de su ciudad natal, la Arequipa de su infancia.

En aquellos momentos alcanzaba a menudo una originalidad de pensamiento y una claridad de expresión que, de haber alcanzado la forma escrita, hubieran constituido páginas magistrales de antología.

A veces, en la soledad de Chosica o en el íntimo calor de su biblioteca de Lima, tomábamos conciencia de que no siempre estaría entre nosotros. Sentíamos la necesidad imperiosa de aprovechar plenamente su presencia, con las enseñanzas que podía dispensarnos y los invalorables recuerdos que guardaba en su memoria privilegiada. Le hacíamos entonces preguntas de la más variada índole, como hurgando en aquel archivo viviente que una suerte generosa ponía a nuestro alcance por tiempo limitado. A cada pregunta nos gratificaba con una disquisición en la que ponía idéntico entusiasmo y talento del que hubiera exhibido ante una sala colmada de público.

Difícil será encontrar persona alguna capaz de improvisar una conferencia con la erudición, la maestría del lenguaje y el encadenamiento lógico de los argumentos que desplegaba en tales circunstancias. En el calor de la exposición se revelaba como un actor consumado. Tenía un sentido musical o rítmico del discurso que llevaba del “adagio” al “vivace”, acompasando la palabra con movimientos expresivos de las manos.

En ocasiones se lanzaba en una polémica encendida con algún contrincante imaginario. Adquiría entonces una “terribilitá” de gran intensidad dramática y se esforzaba por expresar una determinación implacable de aniquilar al enemigo. Poseído de una santa ira, lanzaba vituperios pintorescos, los que acompañaba con ademanes contundentes. El presunto contrario simbolizaba para él la maldad, el egoísmo, la codicia, la soberbia, la falta de patriotismo, vale decir todos los vicios y defectos que aborrecía.

Aquello hacía pensar en el noble delirio de Cyrano, evocaba los viejos mitos de la eterna lucha entre el bien y el mal, Ormuz y Ahrimán, San Jorge y el dragón.

Pero muy pronto recuperaba la calma, pues pocas personas habrán tenido más fácil la indulgencia y menos vocación para el odio.

Dijimos que en la noche del 16 de diciembre retornó para siempre a la tierra peruana. Si tratáramos de sintetizar su vida; de expresar en pocos conceptos los afanes fundamentales de su existencia, el día siguiente, en que estuvo de cuerpo presente entre nosotros desde la madrugada hasta el anochecer, nos da la respuesta cabal.

De la casa en San Isidro, donde sus familiares y amigos le velaron, pasó al Instituto Riva-Agüero de la Universidad Católica. De allí a la Catedral de Lima. Más tarde al Ministerio de Relaciones Exteriores y, por último, al bucólico cementerio de La Planicie.

Toda su vida está en este postrer itinerario: su amor a Dios, su vocación de maestro y de humanista; su apasionada defensa de los intereses nacionales y su maravillada contemplación de la naturaleza.

Quiso la tarde en su última jornada revestirse de inusitado esplendor. La púrpura y el oro del atardecer eran las únicas pompas que él amaba.

Y ahora ha entrado para siempre en el recuerdo. Su ausencia ha ampliado prodigiosamente nuestra capacidad de evocación y la memoria se niega, entrañamente, a representárnoslo en sus horas graves o solemnes. Más bien lo vemos en sus momentos íntimos, en sus simples quehaceres cotidianos que revelaban la pureza entrañable de una alma infantil.

Le recuerdo en la soleada calleja de Chosica, volando cometas con sus nietos, ante el asombro de los vecinos que contemplaban su figura patricia compartiendo la ruidosa alegría de los niños.

Le veo en su departamento de Nueva York, a la hora gozosa del desayuno que gustaba de preparar él mismo, haciendo el elogio de la toronja a la que atribuía misteriosas virtudes taumatúrgicas.

Se me aparece en la playa sonora de Guañape, bañado en la luz crepuscular que tanto amaba, desarrollando su teoría del contorno y del confín.

Le recuerdo, nuevamente, por las claras mañanas de Chosica, discutiendo animadamente con las fruteras, en el mercado con sabor aldeano donde solía hacer compras para la casa.

Le veo, finalmente, cruzar el gran parque solitario y escucho el golpe acompasado de su bastón sobre las lajas del jardín familiar al regresar de misa, en actitud meditativa, bajo el recogimiento de la noche estrellada.

Ahora que su ausencia se eterniza, qué tristeza nos da la carta que no le enviamos, el abrazo que no le dimos, la pregunta que no llegamos a formularle, la visita que no le hicimos, el pequeño disgusto que le dimos y la noche aquella que le dejamos solo, a él que no podía vivir sin sentirse rodeado de calor humano.

Durante los últimos años le preocupaba, en veces hasta la obsesión, una teoría suya sobre la trascendencia. Decía que éste sería el tema de su último libro y a menudo se explayaba fervorosamente sobre tal proyecto. Citaba a El greco como el pintor que mejor expresaba en sus lienzos la agonía trascendental y le angustiaba el implacable transcurrir del tiempo ante la obra inconclusa.

Si trascender es dejar detrás de sí el ejemplo luminoso de una vida intachable y fecunda en el esfuerzo creador. Si trascender es haber perseguido sin desmayo ideales de justicia y fraternidad entre los hombres. Si trascender es haber dejado su nombre grabado para siempre en el corazón de sus compatriotas, entonces, maestro bueno y querido amigo inolvidable, aquel libro está escrito y su obra está completa.